Pedro Valdés Figueroa – Santa María la Ribera

Quién: Pedro Valdés Figueroa

Dónde: Santa María la Ribera

Qué nos cuenta:

Estaba en Condominio Residencial Grand Insurgentes. Insurgentes Norte 1260.

El despertador sonó a la 1pm en punto. Gracias al cielo, decidí salirme de inmediato de la cama sin mi típico pretexto de “los quince minutos más”… La noche anterior me había quedado trabajando en un texto que debía entregar el jueves 21. Sin darme cuenta, leyendo, traduciendo, corrigiendo estilo se pasó el tiempo y, cuando el trabajo pendiente estaba concluido, me fui a dormir; eran las 7am del 19 de septiembre… Me lavé los dientes y me quité los lentes de contacto, pensé, tengo que estar en Polanco a las 3pm, si me despierto a la 1pm, dormiré seis horas y así fue.

19 de septiembre de 2018, 1pm, me despierto; deprisa me salgo de la cama, me lavo la cara y me pongo los lentes de contacto (con 20 dioptrías de miopía, realmente lo primero que hago al despertar es ponérmelos). Desayuno mi típico café y una galleta integral, decido echar ropa a la lavadora, le doy de “desayunar” a mis cinco gatos. Con el tiempo encima, pues a las 2pm debía salir de casa, abro la mezcladora de la regadera, un whats llega a mi móvil…, cosa extraña, cierro el agua tibia y decido salir del baño hacia mi habitación para contestar el mensaje…

—No te preocupes, a las 3pm estoy allí; llego puntual…

No pude enviarlo… Un fuerte, violento e incomprensible movimiento me lo impidió. Tardé cinco segundos en comprender qué estaba pasando… ¡Está temblando muy fuerte! Mi, hasta entonces, nulo miedo a los sismos, me motivó a tomar el móvil y comenzar a videar la situación… Recuerdo que, dos de mis cinco gatos, corrieron y buscaron refugio debajo de mi cama. Sonaba la alerta sísmica y escuchaba gritos de los vecinos. Todo dentro de mi departamento era un caos; la lámpara de pie de mi habitación hizo un giro y, literal, voló para caer de golpe en el piso. Las puertas de los dos closets se abrían y se cerraban. Las lámparas colgantes del pasillo de distribución y de la cocina, golpeaban con fuerza en las paredes y el techo; nunca, en ninguno de los sismos que había vivido a 40 y tantos metros sobre el nivel del asfalto (vivía en un piso 13), había visto tal violencia e intensidad de movimiento. Escuchaba como caían y se rompían objetos decorativos, cosas de la cocina… Logré hacer 30 segundos de vídeo, hasta que el edificio comenzó a moverse de una manera muy extraña, lo definiría como un efecto licuadora: de norte a sur, oriente a poniente y de manera trepidatoria, todo a la vez. Fue entonces que perdí el equilibrio y caí al piso, justo entre mi cama y la puerta del baño de mi habitación… Intenté ponerme en pie y sólo conseguí tirarme un buró, mismo que me golpeó la cabeza; supongo que mi adrenalina estaba al cien, pues no recuerdo dolor alguno ante el golpe. Para ese momento, ya todo era caos, las cosas comenzaron a salirse de los closets y una nube de polvo blanco inundó la habitación… Fue allí que pensé que mi misión en este plano había llegado a su fin; por supuesto, en milésimas de segundo me cruzaron por la mente, caras, nombres, emociones, interrogantes… Por esas cosas curiosas de la mente, mi miedo era caer esos 40 y tantos metros al vacío… Hoy reflexiono y pienso que, de haber colapsado el condominio, yo no hubiera tenido una caída libre… Tenía 12 niveles abajo y uno más arriba de mi departamento.

De pronto, el movimiento disminuyó hasta volverse imperceptible. Deprisa tomé el móvil y continué haciendo vídeo (allí descubrí que tal vez, pudiera ser corresponsal de guerra y no Licenciado en Letras). Todo mi departamento parecía zona de guerra o territorio arrasado por un ciclón… Caminé hacia la estancia para descubrir los daños en los muros y trabes peraltadas (el condominio pertenece a los llamados edificios de marcos rígidos de concreto con trabes peraltadas y grandes columnas, sin muros de carga, como sistema estructural).

Los siguientes minutos, fueron llenos de confusión; pero, aún así logré mantener una claridad sorprendente. Abrí la puerta del departamento y me asomé al corredor, alguien me gritó desde el piso 10,

—¡Evacue, está a punto de colapsar el edificio!

La adrenalina, que debí traerla al 100, se fue al 200; sin embargo, fue justo lo que me permitió no entrar en pánico (o al menos, utilizarlo a mi favor), volví a mi depa y tomé (entre todo ese desastre) mi cartera, dinero y, lo que más me ocupaba ante tales palabras, ¡evacue, está a punto de colapsar el edificio!, mis gatos… Como pude, logré meter en una transportadora a dos de ellos… Los otros tres, estaban escondidos, refugiándose en algún lugar en medio de ese caos. No tuve tiempo de buscarlos y salí cargando la transportadora con dos de ellos dentro. Sé que, para algunos, una mascota es sólo un animal; para mí, no, ellos son parte de mi familia; una vida que vale como cualquier otra vida.

Casi por instinto corrí hacia las escaleras de emergencia, acertada decisión; más tarde me enteraría que las otras escaleras, se habían desprendido de sus respectivos entrepisos. Bajé 13 pisos en cuestión de segundos; entre escombros, agua (por las fugas), olor a gas… Aun tengo sumamente claras las escenas: una de las torres de elevadores, tenía grandes grietas en forma de equis; los muros de los departamentos de la torre poniente, totalmente rotos… A la plaza central de condominio escurría agua desde el interior de los departamentos de los primeros tres pisos; sus luminarias estaban tiradas en el piso… Cruce el acceso peatonal del condominio y la lateral de Insurgentes casi sin darme cuenta… Allí en el camellón, justo afuera del Metro Potrero, me encontré con mi vecina Angie y sus hijas… Comenzaba así, lo que sería una larga tarde y noche. Mi móvil quedó sin señal por horas; fue gracias a Erick y Miguel, unos vecinos, que logré textear con las tres personas que quería comunicarme… Acordonaron el edificio, cerraron la lateral de Insurgentes… Para las 3pm, ya habían cerrado el Oxxo que queda enfrente y, a las 4pm, cerraron la salida poniente del Metro Potrero… Ante esas medidas, comienzas a pensar lo peor.

Protección Civil nos daba indicaciones poco alentadoras; como podíamos, tratábamos de organizarnos, allí en el camellón de Insurgentes, los vecinos que, de a poco, iban siendo más… El condominio tenía una población aproximada de 500 personas, repartidas en 165 departamentos; al momento del sismo, se calcula, estábamos 50 en su interior. Largas horas… Por fin, después de peleas, gritos, serenarse, volverse a enojar…, se nos permitió el acceso “sólo una persona por departamento y sólo dos personas a la vez; sólo pueden permanecer dentro, diez minutos contados a partir de que entran al edificio y es bajo su propio riesgo”… Diez minutos para subir 13 pisos, correr hasta mi departamento y, entre el desorden, escombros, la penumbra, tratar de rescatar a mis tres gatos que aún estaban allá arriba; tomar papeles importantes y bajar… Suena imposible en otras circunstancias; no en éstas.

Esa noche, no logré dormir un minuto… No tenía sueño, no tenía dolor, no tenía hambre; mi cuerpo estaba en un estado de alerta sorprendente. A la mañana siguiente, 7am, nos reunimos afuera del condominio; se nos permitió rescatar los autos que estaban, al momento del sismo en los estacionamientos… Algunos, no todos; dependiendo el nivel de sótano en el que estaba cada lugar de estacionamiento. Entre todos los vecinos, pagamos un peritaje exprés; el perito en cuestión, después de dos horas al interior, salió y nos comentó que no iba a colapsar… Había esperanzas. Sobre todo, tomando en cuenta que se trata de un condominio que, al momento del sismo, tenía sólo cuatro años de haber sido construido; a la mayoría de los propietarios aún nos quedaban, en ese momento, más de 15 años para seguir pagando los créditos con los cuales habíamos adquirido nuestras respectivas unidades privativas en un “edificio ecológico y construido con los más modernos métodos y alta calidad”.

Hubo un poco de todo; ese apoyo cálido de los desconocidos que nos llevaron agua, comida; víveres en general… También, hubo actitudes terribles por parte de los habitantes del predio contiguo…; para ellos, nosotros representábamos en ese momento, una amenaza a su patrimonio: “si se cae su edificio, arruina el mío”, decían.

No existen las palabras certeras para definir esa sensación de indefensión y extrañeza que causa el saberte en un limbo, en el que –literal- tu ropa es lo que traes puesto… Y sabes que, todo lo material que posees, está allá, arriba, en un departamento al que no puedes entrar… Y, más allá de ello… Tu casa es tu refugio, tu lugar; ese punto que tiene y contiene historias, emociones… No era sólo lo material; esa incertidumbre conllevaba bastante más de emocional de lo que se pudiera creer…

Ha pasado un año. Un año de trámites, denuncias, abogados, fiscalías, dependencias institucionales, ministerios públicos… Un año de gastos impresionantes; de un constante enfrentamiento a la corrupción de una constructora que no da la cara; a las tácticas poco éticas y poco humanas de las aseguradoras que pretenden cubrir con montos irrisorios, daños por mucho más… Un año de peritajes, de estudios realizados al inmueble… De versiones contradictorias; de burocracia delegacional. Hoy sabemos que nuestro condominio sufrió graves daños no estructurales y estructurales; hoy sabemos que se requieren más de 50 millones de pesos para volverlo habitable…

Mientras tanto, la vida ha continuado; a pesar de todo y más, reafirmo aquello que siempre he pensado: soy un consentido de la vida. Hoy, vivo en un departamento rentado en Santa María la Ribera; barrio mágico que ha conquistado mi corazón con sus cafés, historia y armonía. Hoy, he creado un bello cotidiano en la calle Nogal. Finalmente, meses después del sismo, pude rescatar mis muebles y plantas; pude comenzar a reescribir, mediante retazos de historias, mi historia.

La lucha continúa, las asambleas de condóminos siguen puntuales. También el pago del crédito de ese inmueble que no puedo habitar ha seguido puntual junto con el pago de la renta del lugar que habito en este quinto piso… Sí, continúo en las alturas; después de todo, mi filosofía ante la vida siempre ha sido defender mis gustos y manías. Amo las alturas y una experiencia como la vivida, por más fuerte que haya sido, no va a cambiar mi percepción.

Agradezco siempre a cada una de las personas que me brindaron su apoyo, calor y amor ese 19S, los días posteriores y hasta hoy… Mi amor y gratitud enteros a mi madre, a David, a mi compadre Julio, a Alfredo, a Lety, a Ivonne y familia, a Sandra; a todos y cada uno de los maravillosos seres que me dieron palabras y hechos de aliento (vosotros sabéis quiénes sois); a todos los que me ofrecieron su casa. Agradezco a mis Seres de Luz tanta protección. Como lo escribí a los pocos días: ¡Agradezco a la vida por la vida!

Hoy, confío que, tal vez un día, supere ese escalofrío que recorre mi cuerpo cuando el edificio en que ahora habito se mueve ligeramente cuando pasa un camión pesado enfrente de él; hoy confío que, tal vez un día, tome un trago en La Condesa y lo disfrute como antes de aquel martes 19… Hoy confío que, tal vez un día, mi amada CDMX, sea una ciudad verdaderamente resiliente ante este tipo de eventualidades.

Dedico este texto a todos aquéllos que perdieron su hogar, sus cosas, seres queridos o, aún más total, su vida, aquel martes. A Angélica, Michelle y Fernanda porque si la vida nos hizo vivir una experiencia así, es porque un inmenso aprendizaje debíamos sacar de ella. Pero, sobre todo, lo dedico, a esas dos décimas de segundo que me permitieron seguir, estar y poder escribir esto, hoy.