Itzel G. Vázquez – Tláhuac

Quién: Itzel G. Vázquez

Dónde: Tláhuac

Qué nos cuenta:

SOMOS COMO EL AVE FÉNIX

Vivo recordando el pasado
pasado que quiero olvidar,
entre ello está el terremoto
lo que en mi vida hizo vibrar.

Se conmemora el 32 aniversario del terremoto del 85, la alerta sísmica suena a las once de la mañana para hacer un simulacro y recordar lo sucedido, sin embargo, esto parece solo publicidad, lo tomamos a la ligera al no evacuar con presteza los espacios donde nos encontramos, volviendo este ensayo de temblor un juego o un simple break para estirar brazos y piernas; incluso en algunos lugares no es obligatorio salir a la zona de resguardo. Quizá mi familia la excepción. Me encuentro en casa justo en el momento en que suena la alerta sísmica, mi hermano mayor con toda tranquilidad hace que mi madre, mi hija y yo salgamos a la calle y esperemos como si fuese en realidad un temblor. Al paso de unos minutos me despido de ellos, como siempre lo hago cuando salgo de casa, sólo que las vibraciones que mi cuerpo dispara son diferentes, me tiemblan los pies y me sudan las manos constantemente, las miradas ajenas me parecen tristes o sumergidas en otro planeta, mi corazón se acelera al acercarme más y más hacia mi destino que es la UACM del plantel San Lorenzo Tezonco.

Al llegar a la escuela, con sensibilidad saludo al policía que desgasta su saliva al pedir la credencial que amerita ser estudiante y que nadie muestra. Como veo que el reloj marca las 12:50 pienso que aún me da tiempo de ir al servicio social a dejar unos documentos pendientes, pero en esa oficina tan pequeñita se hace el tumulto como cuando vas a formarte para la leche Liconsa, y sucede que te atienden hasta tarde; siento que tal vez no llegue a tiempo a la clase de Retórica, manejo mi tolerancia que a veces me falla y gracias a mis pensamientos positivos, quiero creer, me atienden inmediatamente. 1:07 pm, la maestra Azucena comienza su clase con toda actitud, somos pocos alumnos y demasiadas bancas. Ella nos informa que se ausentará en las próximas sesiones y nos pide que no faltemos a la presentación de su libro que se llevará a cabo en el plantel. También comenta sobre el trágico terremoto del 85. Mientras toma asiento, (me sorprende porque ella es de las que da la clase parada) de pronto siento una sacudida en mi banca, pienso que alguno de mis compañeros me está moviendo o aventando, pero reacciono al oír las palabras de la profesora que aún están grabadas en mi cabeza: “en la madre, está temblando”.

El salón A-305 es testigo de mi cobardía y de un miedo incontrolable. Al salir todos del salón, ya no pude moverme, me recargo en la pared del salón de junto, allí mismo está la maestra Azucena tomada del brazo de otra persona, sus ojos me indican el fin. Lo único que hago es agacharme mientras sujeto fuertemente la llave que traigo colgada en mi cuello. Me digo a mí misma “Dios, en tus manos estoy”. Me inclino y abrazo mis cosas que, por cierto, debía haber dejado para mi mayor seguridad, ¿Por qué no bajo las escaleras? Todos quieren escapar del edificio, entre unos y otros se empujan, los gritos y el tronido de los vidrios que dan al pasillo me dejan estática.

Las ganas de llorar son suprimidas al ver las sonrisas y el alboroto de los demás estudiantes que están en la zona en que nos piden permanecer. Tengo en mi mente a mis padres y hermano, pero en especial a esa pequeña inocente que vive conmigo, mi hija. Trato de contactarme con ellos y nada, la red se pierde por completo, las piernas son testigos del colapso sentimental que a mi ser invade al no saber nada de mi familia. Por fin nos dicen que podemos evacuar la universidad, las calles aún teniendo gente, me resultan ausentes: como si todos los que ahí se encuentran estuvieran en realidad en otro lugar. No me alarmo tanto pues días atrás pasó otro temblor que no causó daños mayores. El camino a casa es tardío, la presión de la gente que camina en busca del transporte me pone más de nervios. Los minutos parecen horas. Me subo a un micro que está medio vacío, todos los pasajeros comentan cómo han vivido el temblor, observo que algunas bardas de tabique están tiradas, otras cuarteadas, las casas con grietas, el pavimento levantado. Estas imágenes me revuelven la poca comida que tengo en el estómago.

En casa todos están bien, no hace falta pedirles una muestra de afecto, enseguida nos abrazamos y consolamos. Cada quien platica lo que le pasó, el llanto no deja de parar en mi madre; por otra parte, mi padre rompe el que ha sido su lema sentimental: “los hombres nunca lloran”. Sus ojos caen en lágrimas. La luz de unas velas es lo que nos ayuda a ver, un radio de pilas viejo es nuestro medio para estar al tanto, el locutor menciona que varios edificios han colapsado, hay gente atrapada entre escombros. En las horas siguientes, todos los mexicanos se unen para rescatar a las personas que están bajo los ripios, comienza la recolecta de víveres, agua, medicamentos, palas, picos, carretillas, todo lo que un hermano hace por su otro hermano sin esperar a recibir algo a cambio. Deduzco que la naturaleza no se fija en la clase social, edad, sexo o religión y que al final de todo este desastre que me marcó, que nos marcó, somos como el ave fénix; cada uno de nosotros ha renacido de nuevo con la esperanza de que todo esté bien.