Magaly Olivera y Emmanuel Vizcaya – Condesa

Quién: Magaly Olivera y Emmanuel Vizcaya

Dónde vive(n): Colonia Condesa

Qué nos cuenta(n):

La vulnerabilidad no es digna. Saberse tan frágiles no aporta fuerza suficiente para sostener una civilización entera que –además de demandante– tiende a lucir bastante absurda. Uno de los temores que quedaron concretados este 19 de septiembre fue el de saber que de un segundo a otro, de forma impredecible y sin ningún responsable al cual señalar, todo lo que construimos durante años puede terminarse. Este tipo de certezas se manifiestan de diversas maneras. Lo sospechamos cuando sostenemos la mano de un familiar muriendo, cuando una balacera ocurre en nuestra cuadra, cuando la víctima de otro feminicidio resulta dolorosamente cercana o cuando un temblor acaba con lujosos edificios en los que fantaseábamos habitar.

Como una pésima broma o una sincronía macabra, dos horas y catorce minutos después del simulacro nacional que rememoraba los 32 años de aquel 19 de septiembre de 1985, tembló de nuevo. Vivo en un cuarto de azotea en un edificio de cuatro pisos en la calle Campeche, colonia Condesa, y para el simulacro de las once de la mañana, había decidido quedarme sólo asomado a la ventana, mirando a vecinos desganados frente a sus portones, esperando que la alarma dejara de sonar mientras miraban ansiosos sus celulares. Nadie imaginaba que ese simulacro sería la antesala de un terremoto real dos horas y catorce minutos después.

El 19 de septiembre del 2017 caminé por la mañana rumbo al hospital Dalinde. Mi abuelo necesitaba con urgencia donadores de sangre y quise acompañar a mis amigos que pudieron cooperar. Así es la tragedia. Nos sorprende desprevenidos pero llenos de angustia cotidiana. Con la prisa que distingue nuestra rutina, volví a mi oficina en la colonia Condesa pocos minutos antes del simulacro que conmemoraba otro terremoto ocurrido en la misma fecha, pero de 1985. Ya sabemos que las teorías conspiracionales sobre esta coincidencia carecen de fundamento, pero gracias a ese sutil gesto del cinismo de algún dios, aprendimos a qué punto debíamos acudir si temblaba. Y fue así que cuando sonó de nuevo la alerta sísmica tan sólo dos horas y 14 minutos después desobedecí al no corran, griten ni empujen teórico, y pasé a correr mientras gritaba y empujaba hasta cruzar la avenida Nuevo León, donde experimenté segundos de genuina angustia.

Yo tenía un minuto, no miento, de haber salido de la regadera, sentado en la cama todavía con la toalla a la cintura cuando sentí que todo se agitaba, primero levemente como si dos camiones pesados circularan por la calle, y de inmediato más intenso, como una flota entera de esos camiones dejándose caer sobre el asfalto. Salí del cuarto a tropezones en sandalias y toalla en la cintura hasta llegar a los lavaderos donde me detuve al ver cómo el agua salpicaba hacia afuera; mis llaves se quedaron en la mesa y supuse que lo mejor sería permanecer ahí, sujetando con una mano una jaula del tendedero y con la otra mi toalla. No podría decir que el edificio se agitaba o bamboleaba, más bien, vibraba como si estuviera convulsionando, casi era posible ver las pequeñas piedras desprendidas del muro brincando sobre el suelo impermeabilizado. Ningún edificio más alto me obstruía el sonido de los alrededores y por eso pude escuchar perfectamente los gritos de la gente que, imagino, en ese momento salían corriendo de sus casas y oficinas; un par de explosiones me hicieron pensar, de tajo y alarmantemente, que eso no estaba nada bien; un tercer estruendo, como de desplome, me hizo sentir que mi edificio caería, conmigo en su cima, en toalla y sandalias, un atuendo nada apetecible para ser encontrado en las ruinas.

Los brazos de mi jefa y mi compañera de trabajo alrededor de los míos. Sus delicadas manos sosteniendo nuestros hombros. El temblor de las piernas. Los ojos de ellas, llenos de llanto; los míos que apenas se pueden abrir. A un lado, en el piso, la convulsión de una mujer de unos 30 años, la saliva en su boca, cayendo. La sutil súplica en el bullicio. El “mi mamá está en el centro” y el intento por calmarnos. El paso del tiempo, saberse histórico, sentirse solo.

Todo esto, este gran párrafo anterior, es reflejo de apenas 40 segundos aproximados que se sintieron feroces. No pude pensar nada, sólo en la mejor forma de, quizá, saltar de techo en techo, desnudo, para intentar salvarme en caso necesario. 40 segundos que se desintegran en la percepción para dar lugar a un tiempo indefinible donde los únicos pensamientos eran “por favor que esto pare” y “fuck, fuck” y si acaso “Dios mío sálvame”. Terminó el temblor como si se le hubiera acabado la batería, entre estertores, y qué mejor porque algunos segundos más y estoy seguro de que el daño se hubiera multiplicado, un daño que hasta el momento no conocía pero del que ya me enteraría momentos después, sólo que antes debía vestirme a toda velocidad para buscar a Magaly a su oficina, dos calles atrás, en Saltillo. Mientras con una mano cepillaba mis dientes (no sabía cuánto tiempo pasaría hasta recuperar cierta dignidad) con la otra intentaba enviar mensajes a diestra y siniestra: a mi madre, a Magaly, a mis primos, a mi madre, a Magaly. Bajé las escaleras y al salir a la calle encontré la primer manifestación del daño: ambas aceras, la mía y la de enfrente, cubiertas de cristales quebrados y vecinos tratando de replegarlos con los zapatos; metros y metros de cables de luz igualmente en el piso. No me detuve, invadido de pronto por la angustia de llegar a la oficina y encontrar escenarios peores, sin embargo y afortunadamente, sólo encontré a los empleados de todas las oficinas circundantes ocupando las banquetas y parte de la avenida entre llantos y rostros de preocupación, pero Magaly no estaba. En el transcurso de, tal vez, 5 minutos, toda la especulación pudo amontonarse en mi cabeza, comenzaba a imaginar terribles escenas, intentaba con inútil frenesí atrapar una barra de señal en mi celular para avisar y que me avisaran que nada se nos había venido encima porque sí, ansiaba enterarme de eso. El tiempo se distiende y nada respeta su lógica: parado frente a la puerta abierta de la oficina se me detenían las imágenes, las palabras. ¿Qué podía decir o hacer en esos momentos, como no fuera el movimiento automático de mis dedos intentando llamar y mis ojos buscando la cabellera rizada de Magaly entre los gritos y las multitudes? El cuerpo hace eso, activar un modo automático para que no nos invada el terror, un modo automático que trata de encaminarnos, al menos internamente, fuera del peligro. Supongo que estaría en esas cavilaciones cuando de repente, abriéndose paso entre empleados nerviosos, apareció Magaly directo hacia mí. Ese encuentro, en definitiva, quitaba presión a las circunstancias para poder actuar más conscientes y con mayor certeza, sobre todo porque también casi en ese justo momento pude comunicarme con mi madre para avisarnos, ambos, que todo bien.

Despertar despacio luego del estruendo, comenzar a mover el cuerpo. Abrir los ojos para intentar comprender. La pérdida total de las certezas. La duda. El terror. El olor a gas. El humo del edificio colapsado. Los vidrios reventados. A lo lejos, Emmanuel. Caminé de prisa esquivando coches que avanzaban con torpeza, quise fundirme en él. Recuerdo mi llanto abrupto una vez dentro de sus brazos y la prisa para introducir los objetos materiales que definen gran parte de la vida en una bolsa, y una vez más, a correr. Salimos hacia el hospital Dalinde asumiendo lo peor. Imaginé tubos caídos sobre tráqueas frágiles, sueros desprendidos y familiares llorando en una sala de urgencia. Cruzando locales solitarios y manteniendo diálogos que cambiaron el clima por el caos, encontramos al hospital instalado en la calle. Niños sin cabello, asumir el cáncer. Padres angustiados. Sueros sostenidos por la mano de una madre, familiares buscando con desesperación entre la gente. Prohibido el paso. A mi abuelo lo bajarían al desalojar todo el hospital. Los pacientes de terapia intensiva dependen demasiado de las máquinas, y moverlos supone un riesgo. Emmanuel sugirió que nos fuéramos a un lugar más tranquilo, y tenía razón. Caminar entre la gente, mirar atrás de vez en cuando, esperar el cuerpo de un familiar cercano. Desistir de la búsqueda, rendirse al destino. Observar la grieta en la pared del hospital, y recordar la acechante presencia de la muerte. Pronto encontramos a dos de mis primos y juntos caminamos a mi casa. Cinco horas de recorrido por una ciudad recién colapsada nos mostraron un panorama general del nivel de devastación que la tierra sacudida trajo hasta nosotros. Gabriel Mancera esquina con División del Norte. Gritos de auxilio y personas saqueando las cuerdas y cubetas de un camión. Una fila de 200 personas pasando escombros, nuestros rostros congelados. Reacción inmediata e intento por limpiar pedazos de un edificio que cayó. Conocer, poco a poco, cuáles serían los otros. Seguimos con el camino hasta llegar a casa. Comprendimos la magnitud del terremoto y quisimos pegarnos los unos a los otros. No soltarnos nunca más. Diseñamos planes para salir a ayudar al día siguiente, y pasamos una noche intentando dormir. El ruido de las sirenas. Ambulancias, policías y bomberos. La alucinación constante de la alerta sísmica. Jurar que sentimos el temblor. Llorar de vez en cuando, unir en una sola todas las muertes. Lamentar la pérdida de las personas a quienes buscamos; saber que mi abuelo nunca más estará en un hospital.

El temblor está interiorizado, es humano, es corporal. La Tierra no tiembla, se terremotea, los que tiemblan somos nosotros, tiembla el cuerpo, los nervios tiemblan, pero no la Tierra. Y por eso mismo, porque los nervios tiemblan, es que el terremoto puede instalarse en uno y quedarse ahí para siempre. Desprenderse de él es complicado porque en cada sirena y en cada grito y en cada claxon y en cada perro ladrando los nervios se agitarán, se nos activarán las alertas corporales y, sin duda, sólo buscaremos sobrevivir. ¿Pero sobrevivir exactamente a qué? Tal vez estas sean, en general, aproximaciones, advertencias de la muerte, la posibilidad de la muerte concentrada y representada en un gran terremoto. Nos suenan las alertas corporales porque sí, estamos avanzando hacia la muerte, está todo el tiempo la amenaza, el terremoto es sólo un pretexto más para volarnos la cabeza. No sé si quiero “arrancarme” el temblor, incluso no sé si puedo, quizá sólo “colocarlo” en otro sitio, al final siempre ha estado allí, detrás de otras fobias, detrás de otras ansiedades, quizá un poco más invisible. ¿Debería volver mi terremoto a su sitio original? Porque debo decir que este terremoto es mío aunque lo comparta y hasta pueda sincronizarse con los terremotos de otros. Magaly, tú y yo compartimos de cerca nuestros temblores.

Intentar recuperarse. Forzar linealidad en lo que fue un instante. Escribir para dejar que el miedo recorra el cuerpo y poco a poco construir la explicación. Los psicólogos le llaman resignación a eso que tenemos que hacer todos los días para sobrevivir en este mundo. A aceptar la pérdida, a mudarse a una planta baja, a mover los muebles de entre los escombros. Resignación es anhelar no ser el siguiente en morir, y al mismo tiempo permitirse llorar ante los recuerdos de quienes sí lo fueron. Es colocar la fotografía de mi abuelo a un lado de mi cama y abrazar a Emmanuel antes de dormir, confiando siempre en el siguiente día. Es levantarse, pagar la cuenta, volver a comenzar.

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