Rocío del Palacio – Roma Norte

Quién: Rocío del Palacio

Dónde vive: Roma Norte

Qué nos cuenta:

Nos preparábamos para salir. Sentí un movimiento y pensé “Un camión”, seguido se volvió a sentir pero más fuerte, ya no pensé, sólo reaccioné. ¡A la pared! Mis alumnos se pegaron al muro como pegatinas, mi asistente acercó a uno que estaba más lejos y todos nos pegamos, la tierra no nos dio ni tiempo de aocmodarnos, todo comenzó a sacudirse y de un momento a otro el movimiento empeoró y todo en la estructura se quejaba, los vidrios, la puerta se abría y se cerraba, el piso crujía y parecía hacer olas, giré la cabeza para ver a mi asistente, se cruzaron nuestras miradas, sabíamos que era un sismo fuerte, juramos que íbamos a morir, no tuvimos que decirlo, simplemente lo sentíamos, la muerte era inminente. Mis alumnos rieron al principio, cómo si estuvieran en un juego de feria. Silencio, atentos a las indicaciones. Fue todo lo que pude decir cuando en mi interior juraba que las paredes se colapsaban sobre nosotros. De pronto entró la coordinadora y nos dijo, hay que bajar, aún se movía todo un poco, pero decidimos bajar, había maestras que gritaban, los niños lloraban, y los retrartos en la escalera se mecían mientras el vitral chillaba de manera amenazadora. Bajé con mis pollos. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7. No paraba de contarlos. Salimos, todos estaban en la canchas, fuimos de los últimos. Los chicos estaban en el suelo cubriendo sus cabezas. Como avestruces y tortugas, les dije a los míos. Terminó el movimiento. 300 niños lloraban y gritaban que querían a sus papás, en la calle se escuchaba el caos y la ansiedad, el temor. Las maestras de guardia comenzaron a gritar nombres de los alumnos que ya se iban, papás que habían logrado teletransportarse y llegar pos sus hijos. La espera fue larga, la tensión al tope. Gritos, llantos, exigencias. Pásenlo rápido, pásenlo rápido. Ya se va, ya se va, ya se va. Gritaban en canon o en eco, aumentando la crisis de los más alterados. El resto de los maestros intentaban comunicarse con sus seres queridos. No había señal. Poco a poco comenzaron a llegar mensajes y noticias, poco a poco se develaba la magnitud de los daños, poco a poco aumentaba el miedo, la preocupación. No me contesta. Nos acabamos de mudar a la Roma. El edificio está hundido. ¿Y si se cayó? Nos acabamos de mudar juntos. No contesta. Traquilo, todo está bien, ya va a llegar mamá. Mi exterior y mi interior se peleaban, quería correr y ver que todo estaba bien, pero no podía dejar a mis niños, sabía que mi prioridad era entregarlos seguros. Está temblando otra vez. Uso mi cuerpo como escudo y escondo las cabezas de mis niños. Ya pasó, ya no se mueve la portería. Uno a uno se van. Lento. Dónde están sus padres. Me quedan tres alumnos, Santi está muy alterado, le canto, lo apapacho, se duerme. Estoy bien, no tengo mucha señal. Me alivia el mensaje y me quedo tranquila, aunque mi cuerpo quiere estallar en lágrimas. Son las cuatro de la tarde y sigo en el colegio, se improvisa una comida para los alumnos que siguen ahí, alrededor de 20, dos son míos, nos dicen que nos podemos ir, no los quiero dejar, tienen miedo, me preguntan que por qué me voy, me quedo. A las cinco llego a casa de mi tío, mis primas están ahí, están bien, mi madre también. Tenemos que hacer algo, tenemos que ayudar. Es muy peligroso, hay mucho tráfico. No podemos quedarnos aquí, se cayeron muchas cosas, se necesita ayuda. No hay luz ni señal, es peligroso salir. Tomo mi bolsa, salgo, cruzo la calle, llego a la comercial, tomo un carrito y lo empiezo a llenar de agua embotellada y suministros médicos mientras pienso que esa no es mi familia y que se confirma todo lo que ya sabía. Las personas me miran como si fuera una loca que va a guardar cosas en su bunker para el fin del mundo. Me vale. Llego a la caja, la tienda está por cerrar, los trabajadores quieren ir a casa a ver a sus familias, todos están alterados, les agradezco sus trabajo, es necesario para llevar cosas a los lugares que las necesitan. Pago, llega Pablo, cargamos todo al carro, nos vamos. En la calle me encuentro con miles de “intensos” o “locos” que decidieron arriesgarse, salir al tráfico, gastar su dinero, y ayudar “porque se tiene que hacer algo” así como yo, me sentí acompañada: esa es mi familia; dejé de sentirme sola o desligada a mi país, por primera vez en mi vida dije: soy mexicana y esta es mi gente. Llegamos a Petén, les decimos que traemos agua, nos dicen que ya les sobra. Les decimos que traermos suministros médicos y nos quitan lo conos a prisa, les urgen. Me bajo con las cosas, corro hasta el punto médico, y lo veo… mi piel se llena de electricidad, todos los cabellos y vellos se erizan ante la duna de memorias. Veo a los rescatistas escalándola, dejo las cosas, pregunto que necesitan y me dicen: manos, pero no tienes botas. Sí tengo, corro al carro y me dirijo a casa de mi tía a unas calles a recoger mis botas. Nadie abre, no hay luz y nadie me escucha, espero, me voy, tengo que seguir ayudando. Manejamos a Gabriel Mancera, el tráfico es una locura, llegamos y nos estacionamos, cargamos el agua y preguntamos que más necesitan, la calle es caótica, tomo una bandera y ayudo a un oficial a dirigir el tráfico. La ayuda llega en olas. Traigo agua. Pásenle. Traigo palas. Pásenle. Qué les falta para traer. Faltan herramientas y pilas/baterías. A la derecha, a la derecha. Alto. Alto. Dejen pasar a la ambulancia. Abran paso. Aváncele. Aváncele. Cadena, hay que descargar, cadena. Nos formamos, bajamos cajas de una camioneta. Cadena hay que cargar. Nos formamos cargamos cajas, agua y medicnas a una camioneta que entrará a la zona cero. Aplausos, trece niños con vida en Rébsamen. Esperanza. Silbatos, hay que dejar pasar a las excavadoras. Aváncele. Aváncele. No sé en qué momento terminó esa noche, no sé en qué momento pasaron el resto de las cosas, pensé que unos días después podría acomodar todo en la memoria, pero no es más que remolino de recuerdos y sensaciones. ¿En qué momento un tatuaje de sharpie con mi tipo de sangre y el teléfono de mi madre? ¿En qué momento ese olor a descomposición que revolvió mi estómago y azotó mi espíritu? Desesperada, entre un viaje de víveres y otro, intento conseguir cosas que faltan. Botitas, botitas. Llego a Chimalpopoca, entre los gritos de la gente que no quiere máquinas me apresuro a ponerle botas a Maya, una perra rescatista que entre los escombros busca a mujeres sin nombre. Ella Maya, ellas ¿Cuántas?. Te duele todo, pero no sientes el cuerpo. Quieres llorar pero no te da tiempo. Se necesitan voluntarios para relevo en Álvaro Obregón. Corro, ya tengo botas, ya tengo casco y alguien me da un pico. Vamos en carro, el tráfico no nos deja llegar, nos bajamos y trotamos. No sabemos cuánto tengan que esperar. No importa, venímos a ayudar. Va a llover. Aquí esperamos el relevo. Ayude a cargar madera, tú no, eres mujer, te lastimas. Se me olvida la tristeza y me vuelvo fuego. No me lastimo. Tomo la lámina de madera y camino, dos militares tratan de ayudarme, les pregunto que si es por que voy de rosa, no saben cómo reaccionar, se dan cuenta de la ofensa y me dejan pasar. Día, víveres para mascotas. Necesitamos quién revise a los perros que vienen, ¿te puedes quedar? Me quedo, sobran manos en zona zero y faltan manos para los perros. Llegan 12 pequeños, llenos de polvo, con cortadas. Uno por uno los limpiamos, los revisamos y les damos agua. Llegan voluntarios a darles hogar temporal, ellos también quedaron damnificados. Día, caminando por la Roma se derrumba la pared de un edifico, por suerte no fuimos aplastados. Comenzamos a limpiar, al poco tiempo llega un camión para llevar el cascajo, se cargan cubetas, se reparten tapabocas, se turnan los brazos y las manos. Falta material para escalar en 286, no pueden seguir. En mi memoria, resuenan como cascabeles los ochos y los fierros guardados, los últimos tesoros que conservo de mi hermano el guerrero: su equipo de escalar completo. Lo consigo, lo llevo, lo dono, lo llevan de inmediato, y me quedo sin un pedazo de mí, me quedo sin él, pero él así lo habría querido. Así se arremolinan los recuerdos, soy incapaz de ponerlos en orden o de saber cuándo pasó qué. Falta tanto por contar. Después de 5 días no podía más, arrastraba el espíritu, me dolía la existencia. Decidí atender la segunda emergencia: la espiritual. Unos amigos y yo organizamos un círculo para hacer una ofrenda en parque México. Llegamos, quizá éramos veinte, cantamos, rezamos a las distintas deidades, había Hare Krishnas, Cristianos, Católicos, judíos, new agers, todos pusimos flores alrededor de un árbol, un viejo eucalipto que sirvió de vórtice para entregar el dolor a la tierra y, esperamos, abriera una puerta para que los que pasaron a otro plano pudieran partir en paz. Bajo la lluvia, nos limpiamos un poco el dolor y nos despedimos así, sin saber los nombres de muchos, sin foto, sin selfie, en silencio pero unidos. No pude dormir en casa varios días, la Roma era el nido de las sirenas, y los helicópteros acrecentaban mi ansiedad. Hoy todavía me despierto con el movimiento que provoca el camión de Coca Cola a las cinco de la mañana.

¿Dónde estaba?