Diana García – Metro Miguel Ángel de Quevedo

Quién: Diana García

Dónde vive: Cerca del Metro Miguel Ángel de Quevedo

Qué nos cuenta:

Me encontraba en mi casa, editando unas cosas con mi amigo Lalo, en el estudio del departamento. Estábamos platicando porque la computadora estaba muy lenta, cuando de pronto todo comenzó a moverse. Ambos nos quedamos mirando y poco a poco comenzamos a poner cara de pánico, acto seguido comenzó a sonar la alarma. Nos paramos inmediatamente y nos dirigimos a la puerta de la casa. Le grité que se saliera él primero, pues yo iba a ir por Tuna (mi gata). Escuché a mi mamá gritar «¡¡El Señor es mi Pastor!!» lo cual me hizo sentir escalofríos. Corrí por el pasillo e intenté abrir la puerta del cuarto de mis papás, pero se movía tanto el piso que tardé más de lo usual. Logré abrir la puerta y me abalancé sobre Tuna para cargarla y emprender de nuevo la carrera. La puerta se había quedado abierta y noté que mi mamá ya venía atrás de mí. Al salir a las escaleras del edificio todos los vecinos bajaban corriendo, me encontré de frente con la vecina del 1, que a mi parecer bajaba muy lento, mi papá había bajado desde la azotea y preguntó si todos ya habíamos salido. Mientras bajaba las escaleras con mi gata en brazos escuchaba unos gritos aterradores que después me enteré provenían de la señora que le hace el aseo al vecino del 8. Salimos todos corriendo del edificio, y en el estacionamiento del condominio se comenzaban a juntar los vecinos, con caras llenas de miedo e incertidumbre. En las escaleras antes de llegar al estacionamiento se pararon una señora mayor que lloraba junto con su hija que intentaba tranquilizarla, les recomendé que avanzaran para que dejaran que los que veníamos de los edificios de arriba pudiéramos bajar al estacionamiento donde estaríamos más seguros. La tierra seguía moviéndose un poco, y el asta bandera se seguía tambaleando con fuerza. Mi gata comenzaba a ponerse inquieta y quería que la bajara, pero yo temía que saliera corriendo, aguanté sus rasguños hasta que me acerqué a la escalera donde la bajé para que se sentara. Mi papá estaba muy preocupado por mi hermana Lucero, ya que ella trabaja en la Roma. Mi amigo Lalo estaba muy callado, me imagino que también estaba preocupado por su familia. Después de verificar que en efecto a toda mi familia se le había olvidado bajarse las llaves de la casa, subimos al departamento y encontramos la casa abierta. Entramos y comenzamos todos a comunicarnos vía WhatsApp con quienes conociéramos. Mi hermana había mandado un audio pocos minutos después de que temblara, en su voz se notaba que lloraba y que estaba muy nerviosa, avisaba que estaba bien pero que en un punto creyó que ahí se quedaría, que vidrios y piedras cayeron del techo. A pesar de todo, mis papás se sintieron un poco más tranquilos. En mi casa ya no tenemos cable ni antena, así que prendimos un radio. Yo no me sentía tan espantada como en el temblor del 7 de septiembre, porque me había preocupado y ocupado más en salir. En el radio poco a poco comenzaron a dar el informe de un edificio caído, después dos, una escuela colapsada, niños atrapados. Poco a poco me fue cayendo el veinte que una vez más se repetía una historia que yo solo conocía en libros y fotografías. Mi celular no paraba de sonar, mientras unos preguntaban y otros contestaban que se encontraban bien. En el estudio se cayó un crucifijo y una figura de un Niño Dios al que se le rompió un brazo, en mi cuarto se cayeron algunas cosas de un librero, pero nada extraordinario. Lalo siguió tenso hasta que logró comunicarse con su familia, pasado un rato decidió emprender el camino de regreso a su casa. Conectamos mi iPad a la tele para ver desde YouTube transmisiones en vivo de un canal de noticias, una y otra vez las mismas imágenes, más reportes de edificios caídos. Mi tía que vive en Cd. Juárez nos marcó para preguntarnos cómo estábamos, intentamos que la llamada fuera corta para no saturar la línea. Mi tía pidió que le llamáramos para avisar que mi hermana había llegado a salvo. Al rededor de las 3 de la tarde escuché que subía por las escaleras, abrí la puerta y la vi todavía llorando, al llegar a la puerta nos abrazamos y hasta ese punto me di cuenta lo inquieta que yo también estaba por saber que estaba bien. Me di cuenta que Lucero tenía pequeños rasguños en la frente y en la oreja, y una gota de sangre en su tennis. Pasamos toda la tarde y noche pegados a la tele y al celular, viendo videos, verificando que los que conociéramos estuvieran bien y compartiendo información que consideráramos útil. Ese día dejé mi celular conectado a la corriente, de otra manera seguramente tendría que haberlo cargado al menos 3 veces. Lucero y yo como muchas otras personas publicamos en FB que la casa estaba disponible para quien quisiera o necesitara descansar, comer o lo que fuera necesario. Avanzada la noche ya nos habíamos organizado con más personas para al día siguiente ir a la Roma a preparar comida para los brigadistas y voluntarios. Yo comí por comer, porque realmente hambre no tenía. El canal de noticias que veíamos transmitió un par de veces un especie de recuento de los daños, con los mismos videos que ya habíamos visto miles de veces, pero cometieron el garrafal error de poner de fondo la alerta sísmica; ambas veces se nos hizo un nudo en el estómago y el miedo nos pedía pararnos a correr. Ambas veces les escribí por FB que les imploraba dejaran de hacerlo, ya que solo provocarían el pánico en quienes lo vieran. Antes de dormir mi papá y yo nos ocupamos de armar una mochila de emergencia con lo que teníamos en la casa, que para mi sorpresa era casi todo lo indispensable. Me puse la pijama y me dispuse a intentar dormir. Mi mamá se durmió con la misma ropa y los tennis puestos. Todos dejamos nuestras puertas abiertas y una lámpara prendida en la sala. Sospecho que dormí en intervalos de 3 horas, pues cada tanto creía escuchar de nuevo la alarma, o sospechaba que mi cama comenzaba a moverse. Una vez que amaneció me sentí más tranquila, pero tenía la certeza que todavía faltaban muchas cosas por suceder. Toda mi familia y mis amigos se encuentran bien. Lloré hasta 3 días después, cuando me di cuenta que la normalidad y la rutina tardarían mucho en volver a ser lo que eran, y estaba en lo correcto: más de diez días después sigo brincando cuando se escucha una alarma, me despierto en las noches, uso audífonos solo de un lado y me baño lo más rápido posible. Seguimos buscando las maneras de ayudar en lo que se puede. Me pongo ansiosa de pensar que ahora mismo podría temblar, pero también podrían pasar otros 32 años en que vuelva a suceder.

¿Dónde estaba?