Jorge Cano Febles – Constituyentes

Quién: Jorge Cano Febles

Dónde vive: Roma Norte

Qué nos cuenta:

En la oficina, en un cuarto piso –con techos de doble altura–, en Constituyentes. Primero, se movió muy raro el piso, agitando los muebles de abajo hacia arriba. Cuando apenas nos miramos con intriga, la alarma sonó. Corrimos a las escaleras que están en la cocineta. Todo nos tocó ahí: por un minuto estuvimos bajando, en fila, por las escaleras de acero del edificio, lo más rápido que podíamos, los 8 pisos (4×2). Mientras: algo de polvo se desprendía de las paredes y llegaba a nuestras nucas; no podíamos agarrar los barandales porque el edificio nos jalaba de un lado a otro; se desprendieron unos hules de los escalones; escuchábamos que cosas, no sé bien qué cosas, se caían, se rompían, en las otras oficinas; las ventanillas de acero oxidado de tres metros de los muros –que solo se pueden mover con mucho esfuerzo y ambas manos– se agitaban como papeles. Llegamos hasta el sótano y corrimos por nuestras vidas a la luz gris de la calle.

A una cuadra, un OXXO. Los inquilinos del edificio –unas 25 personas– esperábamos noticias, juntos, en la banqueta, asustados. Alguien de mi oficina compró cervezas y yo compré tonterías con azúcar para domar el miedo. Otros hicieron lo mismo. Abrimos las latas en la banqueta. Al principio, intentamos tomar el evento con humor, repasando nuestro desempeño en las endebles escaleras. Hasta que un celular agarró Twitter –había noticias, en el TL, de que algunos edificios en la Condesa se habían caído. La incertidumbre empezaba a restructurar nuestra apreciación de la realidad. Surgió un olor a gas. En ese momento nos separamos.

Le escribí desesperadamente a mis amigos; fueron respondiendo poco a poco. Decidí regresar a casa cuanto antes. Un amigo me acompañó. Tenía miedo de encontrarme una montaña de polvo en vez de una casa (es una propiedad vieja, porfiriana, con pisos de madera; una pared de mi cuarto es de tablaroca). Durante la caminata, mi mente trabajaba en imaginar cómo sería una nueva vida sin posesiones: cómo sería iniciar, con buena cara, materialmente desde 0. Llegamos en un par de minutos a la Condesa. Caminamos por Juan Escutia, en medio de la avenida. Olía a gas en cada calle. Los niños de las escuelas estaban en las banquetas. La atmósfera era inolvidablemente incómoda. Muchas personas caminando apresuradamente en la calle en todas direcciones y hablando por teléfono en voz alta. Desasosiego^3. Pero no vimos nada inusual en las construcciones.

Nos seguimos por Nuevo León. Junto al Parque España, a primera vista, todos los edificios se veían bien, con la excepción de los vidrios rotos en Plaza Condesa; así, hasta que llegamos a Álvaro Obregón y vimos, enmudecidos, el derrumbe. Es una de las escenas más impactantes que me ha tocado presenciar. Ya había un puñado de militares en los escombros del techo, inspeccionando.

Dimos la vuelta por Tabasco, con prisa, rumbo, de nuevo, a Álvaro Obregón. Cruzamos, entre la confusión del tráfico, Insurgentes. Me alivió ver otra atmósfera, con menos alarma, en ese lado de la Roma. Nadie parecía estar (digamos) en crisis, al borde de la histeria. Vivo en Jalapa con Chihuahua. Apreté los dientes cuadras antes. Troté un poco para asomarme. Sobre Álvaro Obregón, en el camellón entre Jalapa y Orizaba, enfermeros estaban acomodando camillas con pacientes y, en los árboles, amarrando sábanas, porque tuvieron que evacuar el Hospital Álvaro Obregón. Volví a respirar cuando vi en pie el edificio rojo de Jalapa con Chihuahua. Encontré a mis vecinos sentados en la banqueta. Entré a la casa y todo se veía, aparentemente, bien. Quedamos, empero, en no habitarla hasta que la revisara un profesional.

En el cuarto, solo la mitad de mi librero se cayó. Nada grave. También aparecieron algunas grietas en el yeso, en mi cuarto y en otras paredes, pero fueron solo daños superficiales.

Esa tarde recorrí la colonia. Vi a un amigo con su novia sobre Monterrey. Caminé la Roma Sur y vi a vecinos sentados en la banqueta, con maletas, frente a edificios visiblemente deteriorados. Vi confusión: gente confundida, autoridades confundidas. Vi las primeras formas de organización autónoma en el Parque México. Vi a la gente ayudando en el tráfico y pidiendo agua, con desesperación, a gritos, en Insurgentes con San Luis Potosí. Vi en Álvaro Obregón que se formaban grupos de voluntarios, con chalecos, cascos y herramientas, y cómo les aplaudían cuando se subían a la parte de atrás de una camioneta de carga, con dirección a otro punto crítico de la ciudad. Etcétera. Regresé a casa.

Quise emprender otra caminata en la noche pero buena parte de las colonias seguían sin luz y estaban asaltando, según mis vecinos.

Ya acostado en mi cama, me dispuse a seguir el curso del desastre en Tw. Me abstraje buscando más información. En un momento, la luz se fue y sentí como si mi sangre dejara de circular por completo. Todos salimos de los cuartos para vernos en la sala, y decirnos, aunque ya lo supiéramos, que no había pasado nada: que solo se fue la luz.

Por la noche, estuve una hora decidiéndome si me tomaba o no un Tafil: por un lado, la ansiedad siendo un taladro; por otro, me daba miedo que el ansiolítico me tumbara, contundentemente, y no me pudiera despertar si volvía a sonar la alerta sísmica.

En los siguientes días, no pude leer o ver películas. Sentía una suerte de saturación de la realidad y cualquier contacto con el arte me parecía superfluo. (¿Cómo leer cuando a unas cuadras todavía hay personas enterradas en los escombros? ¿Por qué reír? ¿Qué tan cínico es querer escapar de esto –para pensar?) En todas las calles por las que camino diario, desde hace tres años, hay un edificio hecho polvo o algún edificio dañado, que se quedó a segundos de hacerse polvo. No quería ver nada, sentir nada, discutir nada. Solo quería abrazar a las pocas personas que amo. Meterme debajo de la cama, a dormir, hasta que pasaran cinco o treinta semanas. ¿Jaquecas? Sí, diario, en todo momento.

No ayudé porque tengo una hernia. Hubiera estorbado. Para curar la culpa y burlarme del miedo, todos los días intenté emborracharme y caminar por horas hasta que mi cuerpo, aniquilado, ya no pudiera producir pensamiento alguno. Asimismo, comí chatarra diario –papas, tacos, chocolate, aceite– hasta tener reflujo y sentir una fogata en el vientre.

Nunca me había quedado viendo por tanto tiempo y con tanta intriga una grieta, planeando dónde me tendría que esconder si se partiera la pared.
Despertar en la noche con cualquier sonido porque piensas que se colapsó algo, en alguna parte, a unas cuadras.

Sentir que cualquier alarma anuncia, irremediablemente, El Fin.

Quedarte viendo el techo de tu cuarto, pensando en cuántos huesos te fracturaría si se cayera sobre ti.

Observar, con terror, el silencioso edificio Canadá.

Acostumbrarte a saltar las tiras de precaución.

Concluir que no quieres regresar a un edificio, a vivir o de visita, aunque estés en la ciudad más poblada del mundo.

Si hubieran abierto mi cráneo en esos días, sabrían qué tan fuerte sonaba adentro la alerta sísmica.

El sábado en la mañana desperté, como todos, con la alerta sísmica. Mientras tomaba mis llaves y algo de dinero, mi madre me marcó para que me saliera de mi casa rápido, a la verga, cuanto antes. Bajé. Todos los vecinos nos remolinamos en el cruce de Jalapa con Chihuahua, en pijamas, atentos a los postes de luz. La incertidumbre. El culo amarrado. La saliva salada. Afortunadamente, solo fue un susto.

Un vecino y un amigo suyo fueron a una fiesta el viernes en un departamento en la Condesa en un noveno piso, que terminó tarde. Ahí durmieron. Cuando a la mañana siguiente sonó la alerta sísmica, se reanimaron rápido y bajaron. El amigo de mi vecino bajó las escaleras con tanta violencia, con tanta angustia, que traía, cuando nos contó esto, las manos colmadas de rasguños (de las paredes y los barandales) y los pies ensangrentados: bajó los nueve pisos en unos cuantos segundos, aventándose, celebrando los beneficios de la gravedad.

Desde el terremoto de 2014, he tenido un sueño recurrente. Sueño que me encuentro en una alta torre, en los últimos pisos. A veces algunas personas me acompañan. Se trata de oficinas o de espacios desiertos. No tiembla, sino la torre se cae. No se derrumba, es decir, no se viene abajo, colapsándose: se mueve a un lado, hasta llegar al piso, como si el edificio fuera empujado. Es eso: el edificio no se destruye, se acuesta. No muero: la pesadilla es vivir, otra vez, la inestabilidad del piso; estar /sintiendo/ el caer; estar cayendo sin poder hacer nada; sentir cómo el vértigo deshace mi estómago onírico. Ni siquiera puedo decir que sea una pesadilla, pues ya no me despierto sudado y con angustia, sino es, ese sueño, por su perdurabilidad, un algo inherente de mi vida adulta. Hace varios años quería dormir, cuanto antes, para soñar con alguien que vivía en otra ciudad y solo ahí, en el teatro oscuro del inconsciente, podía ver; ahora, los pisos se deshacen frecuentemente en mis sueños –desde 2014, el miedo es el nuevo y alegre demiurgo de esas fantasías.

Hasta el domingo se me ocurrió escribirle a Francisco, mi asesor de tesis. Sentí un extraño alivio al ver que se había conectado en la mañana, horas antes. Me acordaba que vivía sobre Ámsterdam, pero, según yo, no en una esquina. Resulta que sí: me dijo que estaba bien, pero que el edificio donde vivía desapareció. Se mudó del edificio de Laredo con Ámsterdam hace seis meses.

Alguien que conocí el jueves estuvo de voluntario en ese edificio. Me contó que: muchos inquilinos se salvaron porque (azarosamente) estaban en otro lado; que, cuando se empezó a mover todo, una señora de edad le pidió a su ayudante que le sirviera un whiskey y que se saliera del edificio –fue de los últimos cuerpos que encontraron; era suya la biblioteca–; que un inquilino que pasó el terremoto del 7 de septiembre en la azotea notó que el edificio se movía muy raro, que algo estaba mal. El resto de las historias prefiero contarlas en persona.

En general, odié: la falta de periodismo de calidad; ese escupitajo perpetuo que es la clase política mexicana; los charlatanes de siempre subiéndose al Tren del Mame del protagonismo moral (gracias por salvarnos otra vez, buenxs para nada); no haber participado en algo; (en lo que escribieron Escritorxs e Intelecuales) el superávit de cursilería literaria y el déficit de reflexión política; el oportunismo empresarial; que gente muera tan fácil: que la suerte destruya con tanta indiferencia.

Me gustó: la respuesta de los ciudadanos y el cariño de mis vecinos; la irrupción política de una subjetividad sistemáticamente negada, incluso por la izquierda mexicana: el hombre común (el héroe anónimo fue el gran protagonista de la jornada); re-encontrarme con mis amigos; la esperanza de saber empíricamente que la sociedad puede responder (colectivamente) a las adversidades –y que, por tanto, /puede/, en algún momento futuro, participar en procesos de transformación política y económica–; vivir una realidad anormal, un tiempo interrumpido; el poema de Villoro.

No entiendo: qué cambios urbanos le esperan a la ciudad; cómo afectará todo esto la agenda anticorrupción; qué repercusiones en nuestra convivencia tendrá la aparente politización de la ciudadanía; si el país, después de mostrar estos niveles de solidaridad, volverá a la normalidad de antes, es decir, a un arreglo político que comprende diferentes subsitemas de muerte (que consume rutinaria e impunemente a mujeres, centroamericanos, narcomenudistas y a la población de clase baja, etcétera); cuál es la historia de la fábrica que se colapsó en la Obrera.

Lloré: cuando vi por primera vez, y por sorpresa, a una hora del temblor, el edificio de Álvaro Obregón venido abajo; cuando vi, desde el Parque México, a un voluntario rescatando a alguien en el edificio con un piso colapsado en la avenida Sonora; cuando vi que en un restaurante de por la casa hacían, con apuro, cientos y cientos de sándwiches, a las siete de la mañana; una noche, leyendo y viendo cosas en Tw; en casi todos los aplausos colectivos que me tocó vivir;

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Esperaba que la rutina del lunes se sintiera como un fuerte abrazo de un Tafil de tamaño humano, pero no.

El martes soñé dos veces con sismos. En el primer sueño me encontraba en el último piso de un edificio. Era una escena extraña: los muros estaban demolidos, con las varillas desnudas, solo algunos se sostenían; y no había techo. Yo me encontraba en la pieza, junto a un amigo herido. Había fragmentos de concreto sobre los muebles. Se sentía una tempestad terrible. Era de noche y los rayos serpenteaban las nubes oscuras. Luego, un complemento fantástico: desde otra parte (otro edificio, un avión o alguna nube) nos tiraban bombas, nos disparaban. Había, por qué no, fuego y humo. Querían nuestra muerte. En este sinsentido, todo era ruinas pero servía el elevador. Decidimos utilizarlo. Bajamos por el elevador, yo cargando al herido, y en el primer piso el sueño cambio de tono: se hizo otro sueño, se licuó el sinsentido, como a menudo sucede. Y, entonces, en ese otro sueño, con un nuevo escenario y nuevos personajes, tembló. Me desperté sudando, delirando, a las 3 am. No quise volver a la cama en una hora.

En el segundo, no temblaba, digamos, pero todos platicaban sobre /un/ temblor reciente. Era un nuevo escenario, uno que no recuerdo. Era de día. Todos esos espectros deformes caminaban. Y hablaban del temblor. El temblor esto, el temblor lo otro. Uno: el temblor, el temblor. Otro: el temblor, el temblor, el temblor. Hablaban del temblor para no hablar de la muerte. Desperté, a las 6 am, con los párpados morados.

El miércoles, regresando del trabajo, me encontré a un amigo arquitecto, sobre Insurgentes. Venía cojeando. Se le amarró un nervio en la pierna izquierda por el estrés. Me contó que estuvo el fin de semana checando edificios en estas colonias (en la Juárez, en la Roma, en la Condesa, en la Zona Rosa). Estimaba que hay unos 300 edificios con daños estructurales por aquí. Su edificio también tiene daños estructurales en el primer piso; el edificio de junto está a punto de caerse; el de la esquina, de cuatro niveles, se cayó el martes 19. Por el momento, duerme en un despacho de arquitectura, donde le prestaron un cuarto.

Para distraerme y pensar en otra cosa, en la noche del miércoles fui a ver Eso: una aceptable obra sobre el miedo como espejismo.

A partir de los videos que revisé en internet y de los testimonios que escuché, puedo concluir el siguiente instructivo.

1. No guardes la calma. Entra en pánico. Y utiliza ese saludo de la adrenalina para correr más rápido y salir de donde estés. Cuando salgas, no te quedes en la entrada del edificio o la casa (porque todo se puede colapsar).

2. No reces. Mejor racionaliza los peligros o ayuda a alguien.

3. El triángulo de la vida, si estás en un edificio alto.

4. Si te encuentras en uno chaparro, de unos 6 o 10 niveles, no subas al techo, aunque ese sea el protocolo para los habitantes de los últimos pisos. En vez, aprovecha los 30 segundos que te da la alerta sísmica –recuerda que muchos edificios se vinieron, completos, abajo: o el techo se partió en dos o el edificio entero se deshizo, piso por piso– y desciende con toda la energía de todos tus músculos por las escaleras.

Todavía me paraliza saber que debajo de mí hay banquetas que se mueven como olas, si se reacomoda la tierra en Oaxaca o Guerrero. O pensar que todo está chueco en mi colonia porque esta ciudad es una grosera y hermosa necedad. O que, si viene otro temblor de mierda, el suelo se pueda partir en 2 y todos nos vayamos al carajo, al lodo, al agua subterránea, a la lava, porque nadie en este país sabe hacer una ciudad habitable. Me paraliza pensar que puedo morir entre paredes trituradas, con varillas atravesando mis pulmones, arbitrariamente aplastado como una cucaracha, ateo, solo, /so young/ y sin proyectos realizados.

Ya.

Hasta aquí.

Ya no quiero escribir.

A unas cuadras de mi cuarto, están durmiendo, en catres improvisados, decenas de familias que esperan noticias de Álvaro Obregón 286.

217 muertos.

El Rébsamen.

Tengo los hombros dormidos de tanta ansiedad.

Escribo esto porque no tengo terapeuta.

Quiero mudarme a una palapa.

[29/SEP/2017;11:47]

¿Dónde estaba?