Maurizio Montes de Oca – Centro Histórico

¿Quién? Maurizio Montes de Oca –

¿Dónde vive? Centro

¿Qué nos cuenta?
Yo me tardé más de siete horas en cobrar conciencia de la magnitud de la tragedia. Ese 19 de septiembre de 2017 me levantaron temprano mis gatos, ambos funcionan con la precisión de un reloj suizo a la hora de maullarme para que les dé el desayuno. Ese día sólo les di croquetas porque el atún les toca los viernes. Tomé el almuerzo con mi compañera de departamento y luego me enfilé hacia la oficina en mi bicicleta. La ruta fue la de siempre: Eje central, Arcos de Belén, Cuauhtémoc, Bucareli y Reforma. Recuerdo que me sentía particularmente feliz ese día con el aire en la cara y que hasta pensé en lo feliz que podría ser si ese fuera mi último día con vida, esas cosas que casi nunca pienso porque además de incrédulo y ateo soy amargado. Pero ese día a las 8:45 horas era feliz; quizás porque apenas el viernes 15 estuve con mis mejores amigos viendo desde el balcón de mi casa los fuegos artificiales del Zócalo. Bebimos vino y cerveza; el vino de caja combinado con Coca Cola y hielos y la cerveza de bote mezclada con Clamato. También comimos tostadas de tinta que preparó la mamá de Beba. Ya en la madrugada del sábado 16 escuchamos a Mecano y yo comenté que el sismo pasado sucedió en el día de la banda integrada por Ana, José y Nacho: un 7 de septiembre. Ese viernes mi compañera de departamento le mostró a nuestros amigos un juego que inventamos con las cartas de la Lotería Mexicana en el que éstas funcionaban como baraja de tarot para predecir el futuro. Nuestras reglas eran simples: barajábamos, hacíamos preguntas con el mazo en el corazón y seleccionábamos tres cartas. Ese juego lo inventamos unos días antes con un vaso de vino en la mano cada uno. Decidimos que cada carta representaría dos lados de un mismo presagio dependiendo de si estaba derecha o de cabeza. Por ejemplo: la mano significaba promesa y promesas incumplidas; el borracho significaba la fiesta y también el vicio; la estrella significaba la luz y también el exceso de ésta; el venado significaba la pureza y también la ingenuidad. Y así estuvimos inventando esta tontería hasta que nos topamos con un problema mayúsculo para el juego: ¿Qué sentido positivo podría tener la carta de la muerte? El juego siguió ese viernes y varios amigos pasaron por ese tarot que nos inventamos, en el que al final había que sacudir las cartas para no quedarse con malas vibras. Todos reíamos. El sismo del 7 de septiembre había pasado hacía sólo una semana pero la tragedia, aunque dolorosa, se sentía lejana. Ese día nos sinceramos Ariadna, Dulce, Esteban, Omar y yo sobre las personas que solíamos admirar y que luego nos decepcionaron; la regla de ese otro juego era no reírse del personaje, pero nadie lo logró. Fuimos felices. El 19 de septiembre fue un martes. Esa semana tenía anotado en mi agenda trabajar en una nota sobre Ayotzinapa, más adelante tenía anotados unos trámites, la junta semanal, la guardia de cada mes que hacemos en fin de semana. Para trabajar en una de estas notas, un amigo y compañero muy querido vino a mi oficina a que juntos hiciéramos una entrevista y yo pedí que nos reservaran la sala del piso más alto para tener señal. Eran las 12:40, mi compañero llegó tarde y al entrevistado le habíamos dicho que la llamada sería a las 12:00. Mi plan era terminar eso, transcribir la mayor parte e irme a comer a Montichela, una fonda poco glamurosa donde atienden un español y un argentino en la que siempre hay el mismo menú, milanesa empanizada de res, milanesa de res sin empanizar, milanesa de pollo empanizada, milanesa de pollo sin empanizar y pescado a la talla; las sopas son las que lucen de vez en vez: caldo de camarón, crema de frijoles con queso, pasta de elote… Tenía un plan para ese día muy delimitado para poder tomar la bicicleta temprano y volver con mis gatos porque la veterinaria Eli me dijo que lo más probable era que tuviéramos que buscarle una nueva casa a Buñuel, quien se estaba poniendo muy territorial y a cada rato le sacaba sangre a Hamlet, su hermano. La entrevista empezó tarde y se hizo desde mi teléfono porque seguía sin haber buena señal. Dimos el santo y seña general: somos tal y tal, reporteros de tal y tal, le hablamos sobre el tema tal y queremos preguntarle tal. Pero fue interrumpida. –Está temblando, ¿verdad? Inquirió el entrevistado. –No. Dije yo con toda la intención de evadir el comentario y seguir con la conversación para resolver todas las dudas que nos habían surgido. Mi compañero miró hacia arriba y esas pinches lámparas modernas me contradijeron. Se movían pendiendo de unos alambres que algún interiorista le parecieron buena idea. Aquel 19 de septiembre hicimos un simulacro más temprano y una amiga me dijo: “Sí está bien esto, pero imagínate que venga al edificio alguien que no conoce”. No, no estuvo bien el simulacro y, sí, llegó al edificio que no conocía y al sentir el temblor salió volando de la sala de juntas hacia el pasillo con un folder de documentos en las manos y con su iPad en otra. Yo tomé mi computadora y lo seguí. La mochila de él se quedó en la sala. Llegamos al pasillo donde una minúscula alarma apenas si sonaba. Quisimos hacer lo mismo que los demás y colocarnos en el muro de los elevadores pero ya no había espacio. Luego nos cayó otra de esas putas lámparas en la cabeza y, aunque no nos dolió porque era de palma, nos espantó como la chingada. Finalmente nos quedamos en el muro del baño, yo abajo del marco de la puerta, donde alguna maestra de primaria me dijo alguna vez que era seguro. Vimos cómo se movían las puertas de cristal y esas malditas lámparas que penden de un alambre. Después pasó y caminamos a la ventana. Mi compañero grabó un edificio al que le salía humo negro. Yo simplemente pensaba que el sismo se había sentido horrible por las características del edificio pero que los daños habían sido menores, igual que en el temblor del 7 de septiembre en el que –pese al horrible movimiento de los cables del Eje central y la luz morada que alcancé a ver en el cielo– la Ciudad de México no sufrió percances mayores. Por eso no me asusté. Entonces vinieron a evacuarnos y nos obligaron a bajar 41 pisos por las escaleras ante una supuesta fuga de gas del edificio contiguo. No obstante, el descenso fue lento por la gente que veía sus celulares sin avanzar y hacía un embotellamiento en aquellas escaleras de emergencia a las que apenas le caben dos personas a lo ancho. Bajamos lento, escalón por escalón. En algún momento me di cuenta que éramos los últimos y que nadie venía ya detrás de nosotros. También vi una mujer embarazada sofocándose y un anciano. Tardamos más de una hora y media en bajar. Al llegar a Paseo de la Reforma aquello parecía una manifestación multitudinaria. Los coches estaban completamente detenidos y la gente se adueñó de los cuatro carriles de ambos sentidos, de los dos laterales, de la ciclovía y de las banquetas. Ahí había un montón de oficinistas, unos obreros, un grupo de taqueros con mandil negro y estaba el vagabundo de la iglesia con los ojos abiertos como platos, desorbitados, viendo al cielo y con el gesto desencajado. Desde ahí me quedé sin señal. A mi compañero le llamaron porque no encontraban a su padre y salió corriendo después de dejarme su folder y su iPad. Yo traía la computadora en las manos en plena calle. Tardé mucho en encontrar a mis compañeros de la oficina y al parecer ellos también me estaban buscando. Les presté mi computadora para que revisaran Twitter con la red wifi de un hotel cercano. Yo lo único que pensaba era en que mi cartera se había quedado junto con mi mochila y mi casco al interior de la oficina y que no podría comer pronto. Alguien dijo que se había caído una escuela con niños al interior y yo no lo creí, cosas parecidas dijeron en el sismo del 7 de septiembre y resultaron falsas. Luego tomamos todos juntos el camino hacia la Condesa, pero yo me fui a mi casa porque escuché que el Metro era gratis. Estuve más de una hora en el Metro Insurgentes sin poder abordar ningún vagón y decidí caminar. En el camino vi lozas y vidrios rotos en avenida Cuauhtémoc. Seguía sin ver la dimensión de la tragedia. Finalmente llegué a mi casa y supe que se había caído una “bodega”. Mi compañera, su novio y yo fuimos a ver. Pensé que simplemente era otra de esas bodegas vacías antiquísimas que predominan en la colonia y que nadie había muerto. Al llegar, ya había gente con letreros de “No fumar, hay fuga de gas” cuyo contenido era confirmado por el aroma del ambiente. En el departamento no había luz, yo no tenía pila ni señal del celular y sólo entramos a dejar nuestras cosas porque nos vimos obligados a evacuar. Ellos se fueron al sur y yo me fui a Viaducto caminando por horas. Cuando al fin estuve en un lugar seguro y con electricidad, me vino un hoyo en el estómago. Vi el la televisión el derrumbe del colegio, el multifamiliar, el laboratorio. Empezaron a llegarme imágenes y videos en WhatsApp y Facebook cuando tuve pila e internet. Entonces supe de qué tamaño era la catástrofe y sentí una culpa inmensa por no verla antes. No sé si antes no la vi o me resistía a verla. Al día siguiente me enteré de que no podía pasar por mi cartera a la oficina y que seguiría sin dinero hasta que nos dejaran entrar. Vinieron los días subsecuentes y estuve en casi todos los derrumbes del centro enviando reportes. Supe que el hermano y el papá de un amigo perdieron su casa; que el tío y el primo de una amiga quedaron atrapados en el edificio de la calle Puebla; que la hermana de la veterinaria Eli murió en un derrumbe; que la iglesia y las casa del pueblo que está arriba de la casa de mi mamá se vinieron abajo. Pasó el fin de semana y las cosas siguieron igual de tensas. Vi que los lugares a los que amaba ir con mis amigos en las calles Álvaro Obregón y Sonora estaban dañados y no habían abierto desde ese entonces. Cuando recuperé mi bicicleta supe que ya no podía dejarla donde siempre porque el edificio sería demolido. Supe también que la Montichela estaba cerrada y que toda esa calle estaba acordonada con plásticos amarillos que advierten peligro. Supe que la casa donde los martes hacíamos juntas los integrantes de nuestra asociación civil quedó inhabitable. Supe que mi vida cotidiana se rompió. Y eso me está doliendo, saber que la rutina no será la misma, que los edificios que antes estaban ya no están, que el olor a gas me da más miedo que antes, que me angustia escuchar vehículos de emergencia todo el tiempo afuera de mi casa y que una o dos veces al día siento que está temblado y que debo voltear a ver esas malnacidas lámparas que penden de un alambre. Pero sé que todo esto es una nimiedad frente a la enorme tragedia porque por más sentidos que le busquemos en nuestro tarot a la carta de la muerte, la muerte siempre es La Canija Muerte. No hay de otra.

¿Dónde estaba?