Javier Castañeda- Metro Ermita

¿Quién? Javier Castañeda

¿Dónde vive? Iztapalapa

¿Qué nos cuenta?

Metro Ermita, L-12. Como todos los días, me dirigía a tomar clases en Ciudad Universitaria, y como todos los días, un libro y la música sonando en mis audífonos hacían más ameno el viaje desde Iztapalapa. Jamás sentí el temblor, al menos no de inicio. El tren se detuvo en la estación Ermita y mucha gente salió corriendo del vagón, cosa que vi perfectamente normal, ya que Ermita es un transbordo. La música aún sonaba, pero algo en mi cabeza me dijo claro «no, no leas». Se fueron las luces en el tren y en el andén y aún más gente salió corriendo. Fue ahí donde las palabras en mi cabeza tuvieron sentido. Instintivamente me quité los audífonos y me levanté del asiento mirando hacia todos lados. Amablemente una chica me dijo «está temblando amigo». Mi respuesta fue sencilla y coloquial: ¡Nah! Tres letras, una sílaba y una sacudida pronunciadas al mismo tiempo. Casi caigo al suelo al tiempo que las personas que seguían ahí calculaban la magnitud. Nadie lo sintió tan fuerte ahí; 6.1, 5.9, 6.5 el más atrevido. Por alguna razón dentro de ese tren el sismo fue soportable, tanto que nos sorprendió que desalojaran la estación. Al salir nos dimos cuenta que calculabamos muy abajo, muy muy abajo. Mi primer paisaje al ver la luz de la calle fue la Calzada de Tlalpan y edificios derrumbados parcialmente, a lo lejos nubes de polvo y gente corriendo. Me sentía en un escenario apocalíptico y yo, aún con la intención de ir a clases ingenuamente. Entre más caminaba peor idea me parecía llegar a C.U., pero ¿cómo regresar a Iztapalapa? Luego de tres horas caminando sin rumbo y topándome con edificios caídos, gente herida y asaltos en el tráfico, fue una pick up la que me dio esperanza de reencontrarme con mi familia, con la que llevaba horas incomunicado. «¿Quién va para Iztapalapa?» grita el conductor de la camioneta y sin sentir miedo o desconfianza levanto la mano entre todo el mar de gente que caminaba sobre el eje central. «Sube, pero te dejo en Atlalilco porque ahí me desvío para Tlahuac» y yo «Si, a donde sea pero más cerca de mi casa». Nunca pude agradecerle a esa persona. Al llegar a casa la encontré vacía. Se venían otras dos horas de angustia: toda mi familia había salido a buscarme, no sé a dónde.

¿Dónde estaba?