Fernanda Quintero Martínez – FES Acatlán

¿Quién? Fernanda Quintero

¿Dónde vive? Naucalpan

¿Qué nos cuenta?

Ese martes 19 de septiembre me encontraba en mi escuela. Había salido de la clase de Introducción al Derecho en la FES Acatlán y me pone la piel de gallina recordar porque, yo como tantas personas en esta basta Ciudad de México, sigo creyendo que fue un sueño que se transformó en pesadilla. En fin, unos quince minutos antes de la 1 de la tarde me había enojado con mi pareja sentimental porque iba atrasado a nuestra cita habitual de los martes a la 1 afuera de mi edificio en donde tomaba clase. Él venía de Ciudad Universitaria. Y enojarme con él fue una de las cosas que más me arrepentí después de la 1:14 de la tarde. Mis compañeros y yo fuimos a la biblioteca de la Facultad para devolver unos libros que teníamos que devolver, y por fallas de sistema no habíamos podido regresar. Estábamos a dos personas de llegar con el encargado y entregar los libros cuando mi compañera nos dijo –está temblando-. Inicialmente no le presté atención porque tal vez se había mareado. Comencé a creerle en ese mismo momento en el que se activó la alarma sísmica adentro de la biblioteca. Me pregunté si era otro simulacro y porque sonó la alarma si en el Estado de México no hay tal cosa… pero no logré contestarme ya que sentí un tiró que me sacó de la biblioteca. Yezbeli me llevó afuera de la biblioteca mientras todos corrían a la salida al mismo tiempo que gritaban ¡está temblando! Fue que por primera vez vi el pánico colectivo, y también la primera vez que sentí miedo ante un fenómeno natural. Oí como la tierra crujía, los edificios que alcanzaba a ver (Arquitectura, Diseño Gráfico y el de Ciencias Socioeconómicas) incluyendo la propia biblioteca se movían al compás de las ondas tectónicas en donde las ventanas se doblaban, incluso creí que se romperían en algún momento. Todo esto acompañado de los gritos de todos los que nos encontrábamos en el punto de reunión. No quedé exenta de gritar. Incluso muchos no podían estar de pie por la intensidad del terremoto y tuvieron que tirarse al piso. Poco a poco todo dejamos de sentir el sismo y pudimos estar de pie firmemente. Todo estaba poniéndose gradualmente en calma. Inmediatamente que acabó el sismo, mis compañeros empezaron a buscar con sus teléfonos de cuánto fue y su epicentro. -Pues dice el Sismológico que fue de 7.1- alertó Carlos. Pensábamos que era imposible que de esos grados pudieran sacudirnos así de cabrón, al menos debía de ser uno de 8. Inmediatamente de consultar esto por datos, seguí pensando: si se sintió tan intenso ¿cómo le habrá ido a la ciudad? ¿cómo se sentirá en el metro? Metro… oh no, ¡mi novio! Él iba viajando por ahí para venir. Me espanté muchísimo e intenté marcarle a través del teléfono de Carlos. No había cobertura. Jamás me había preocupado tanto por él. Sabía que mi familia estaba a salvo ya que vivimos cerca de la FES y nada se cayó por acá. Él fue el que me preocupó porque venía de la ciudad. Por eso les aconsejo que siempre se despidan bien de alguien, jamás sabes cuando será la última vez que lo verás. Para calmarme un poco, Carlos y Henrique comentaron que regresarían a ver nuestro edificio el de Ciencias Socioeconómicas ya que en Whats app nuestro grupo enviaron fotos donde el techo se había caído. Y en efecto, pudimos corroborarlo al mismo tiempo que nos pedían retirarnos de ahí. Inmediatamente comenzaron a evacuar a todos de la Universidad. Pude ver a los de servicios médicos ir de aquí para allá con sillas de ruedas trasladando gente en crisis nerviosa a lo largo del plantel. Esperé en la entrada del plantel a mi novio, ya que era nuestro punto de reunión en casos de emergencia con la esperanza de que llegara. Cuando lo vi lo abracé muy fuerte y comencé a llorar con él. Cuando pude tranquilizarme, comencé a oír de la gente que iba saliendo que se habían derrumbado edificios incluyendo una escuela (el Rébsamen). Mi madre logró contactarnos diciendo que se encontraban bien (como yo lo esperaba) y nos dijeron que nos fuéramos a la casa. Y así fue. Mi novio se fue en la tarde-noche a su casa ya que había disminuido el tráfico, y en ese lapso de tiempo leí ciertas cosas que voy a destacar: 1.- Me sorprendió y me llenó de esperanza las personas que fueron a ayudar a las zonas de desastre de manera desinteresada. No pude evitar llorar cuando vi las imágenes de los edificios caídos. 2.- Destaco y admiro profundamente la respuesta de mis compañeros universitarios al integrarse a las brigadas de rescate, centro de Acopio e incluso quedarse toda la noche a ayudar. Si no me creen, ese 19 por la noche el estadio olímpico de Ciudad Universitaria se llenó de gente para ayudar. 3.- Y sobre todo a la solidaridad de las personas, la ayuda que emprendieron con la Ciudad y a sus alrededores a pesar de que la lacra también haya dado su respuesta. Sí, la mafia política. No me alcanzan las palabras para expresar el gran asombro que lleve al saber que todo mundo estaba ayudando. No tardé en unirme a las labores de ayuda que se mandaron a Morelos y a Puebla. A pesar de que ha pasado más de una semana desde ese día, me siento con ansiedad y desánimo. Mi grupo de la carrera este martes creyó haber oído una alarma sísmica, y de repente todos ya estábamos afuera. Falsa alarma. Esperemos que con el tiempo se nos quite el miedo.

¿Dónde estaba?