Enrique Urbina – Hipódromo Condesa

¿Quién? Enrique Urbina

¿Dónde vive? Lindavista

¿Qué nos cuenta?

Trabajo en un cuarto piso. La oficina se movía cuando pasaban camiones. Hubo una milésima de segundo donde pensé «qué camión tan grande». Después hubo silencio y todos nos miramos (vi realmente los ojos de los demás). Al instante, al segundo (muy tarde) supimos qué pasaba y todos nos levantamos corriendo. Yo di unos pasos y regresé por mi celular. La entrada del piso era un caos. Las puertas de cristal se movían con violencia. Pensé que nos explotarían a todos. Todos: éramos unos quince: el número estaba conformado por los que queríamos salir, los que entraban de pisos superiores (pensé que qué pendejos) y los que no se movían y sólo lloraban y abrazaban (también pendejos). Empujé a un par de personas para que bajaran y corrí hacia los escalones. Me di cuenta de que se caían pedazos del techo y las paredes. Rebasé a un par que, obedientes al simulacro, venían bajando caminando. Un amigo las tomó y las jaló para que corrieran. Yo no lo hice por egoísta porque aquí viene el recuerdo que se quedará conmigo durante toda mi vida: tenía la famosa «visión de túnel» que llega cuando tenemos golpes de adrenalina. Entonces sólo veía las escaleras y pensaba dos cosas: 1.»se me va a caer el edificio encima» y 2.»no me voy a morir aquí». Es la primera vez que me siento en una situación real de muerte. Alcancé a salir antes de que terminara el temblor. Después el caos y la solidaridad. Corrimos por fugas de gas, dimos agua a niños pequeños y mujeres que los cuidaban. Buscamos a nuestros familiares y, al final, todos nuestros cercanos estaban bien. Pero se hicieron heridas muy profundas. Lo peor es ahorita, que quisiera ayudar todo el tiempo, que quisiera estar en brigadas partiéndome la madre por la gente que quedó sepultada porque sé que yo podría estar ahí. Sé que, si esto hubiera sido el terremoto del 85, no estaría escribiendo esto. Mi cuerpo sería carne molida bajo escombros. Estaría muerto. Y siento la culpa de vivir. Y la felicidad también. No soy ni seré el mismo.

¿Dónde estaba?