Eduardo Cerdán – Xalapa, Veracruz

¿Quién? Eduardo Cerdán

¿Dónde vive? Xalapa, Veracruz

¿Qué nos cuenta?

Llevaba varios minutos leyendo la prensa cuando el vidrio del balcón empezó a crujir. Cuatro días antes, en Santa María Xonacatepec, habían encontrado el cuerpo de la xalapeña Mara Castilla. Sus familiares la buscaban desde el 8 de septiembre, cuando Karen Leticia —a quien conocí muy bien durante los dos años que compartimos en la secundaria— se dio cuenta de que su hermana no había llegado a la casa donde ambas vivían en Puebla. Cuando el 10 de septiembre me enteré de la afanosa búsqueda que Karen había iniciado, me sentí abrumado por la angustia. El mayor temor se adivinaba cada vez que Mara Fernanda Castilla Miranda (apellidos que oí mil veces en el pase de lista) nos sonreía en las redes sociales al lado de sus características físicas y las circunstancias de su desaparición. En el momento del sismo, estaba yo deslizando el pulgar entre las palabras que Gabriela Miranda, otra «madre mutilada» de nuestro país, había dicho el día anterior. El temblor del 7 de septiembre, devastador para varias comunidades del sureste mexicano, ya se había sentido con fuerza en la nueva casa de mi familia y había dejado un vidrio medio roto en el balcón, el mismo que ahora crujía al tiempo que vibraban la cama y la cajonera. Mi proclividad a la depresión, enfermedad que me habita desde hace diez años, hace que en las crisis no persiga sobrevivir. Por eso, aunque pensé en la posibilidad de que la casa nueva se derrumbara, no me preocupó mi muerte. Sólo estábamos ahí Amparo —quien se encarga de la limpieza y de la comida— y yo. Por ella sí me preocupé, así que le hablé desde la planta alta. No respondió: había salido a comprar. Alcancé a oír las copas golpeándose en el minibar del primer piso. Pensé en mi hermana, que a esa hora debía de estar saliendo de la secundaria, y les escribí a mis padres en el chat grupal que tenemos. Ambos se encontraban bien y mi hermana estaba en camino. El temblor cesó, la señal se fue y mis familiares y amigos se comunicaban vía WhatsApp. Como iba a viajar a la Ciudad de México el día siguiente, varios insistieron en que no fuera porque las vialidades eran un caos. Revisé la casa: en los dos pozos de luz quedaron algunas grietas superficiales que, según dijeron los vendedores, aparecerían ulteriormente, cuando la construcción «se asentara». Volví a la recámara. Amparo llegó minutos después sin saber nada (qué bueno: en el sismo anterior, ella había vivido algo similar a un ataque de pánico). Me imbuí en las notificaciones que los periódicos enviaban desde sus aplicaciones. Las redes sociales se saturaban de videos catastróficos; amigos, alumnos y exalumnos hablaban de su espanto desde la Ciudad de México; la generosidad de muchos no tardó en notarse. Enseguida pensé en quienes deben enfrentarse a una sacudida física en medio de una terrible ruina emocional. Karen Leticia penaba por la hermana que un feminicida le arrebató. ¿Cuántos hermanos estarían en esas condiciones? Mientras temblaba en los estados que hoy se encuentran devastados, ¿cuántos padres habrán pensado en los restos de sus hijas vibrando bajo el suelo de los panteones? ¿Cuántos habrán imaginado las cenizas de sus muertas sacudiéndose dentro de las urnas? Una nueva desgracia, de otro orden, se cernía sobre muchos. «Nos llovió sobre inundado», me dijo mi amiga Mirna, que vive en el norte del otrora DF. El 19 de septiembre, poco antes de que el transporte escolar dejara a mi hermana en la puerta de la casa, recorrí las cortinas que velaban el vidrio dañado por el sismo anterior. Ahora, una línea gruesa lo atravesaba de arriba abajo. A través de él se veía una parte de Xalapa, que en casi todos lados había vuelto a su discurrir cotidiano. Ansié que mi hermana llegara de la escuela: ya no debía tardar. Vi la hora —faltaban veinte minutos para las tres— y sentí algo de aprensión. Esperaría.

¿Dónde estaba?