Ximena Apaez – San Cristóbal de las Casas, Chiapas

¿Quién? Ximena Apaez

¿Dónde vive? San Cristóbal de las Casas, Chiapas

¿Qué nos cuenta?

Estaba en la calle. Caminando a media noche en las calles del centro de la ciudad. Me acompañaba Mauricio, una persona que fácilmente puedo describir como mi compañero de juerga, vicio y destrucción. Minutos antes durante la caminata nocturna, Mauricio me había hecho la atenta invitación que pocos jóvenes pueden evitar -“¿Una chelita mi Xime?”- Bueno va, porque no. Entramos a un expendio de cervezas situado a un costado del mítico bar “Madre Tierra”. La coincidencia con la tierra no sería para menos. Entramos sin saber lo que nos esperaba. En el instante que sustraía la cerveza del refrigerador, Mauricio me miro fijamente a los ojos y se quedo inmóvil. ¿Y ahora que le pasa a este? ¿Qué le picó?. Por un momento pensé que soltaría un comentario tipo -“Corramos sin pagar, Xime”-. Sin embargo al instante sentencio con una voz seca y una mirada penetrante -“Hay que salirnos”-. Lo miré desconcertada, sacada de onda. Decidí hacerle caso a mi intuición y salirme del expendio sin motivo alguno. Deje la cerveza en el refrigerador y corrí a la calle. Instantes después la tierra comenzó a moverse. Todo comenzó a sacudirse de manera brutal. A lo lejos la alarma comenzó a zumbar anunciando el final. Sentí miedo. Sentí que el mundo se iba a acabar. Miré al cielo tratando de conseguir respuestas y fue peor. Las luces en el cielo centellaban de mil maneras siniestras. Rayos de colores diversos se asomaban en el horizonte. La tierra se seguía sacudiendo y mi amigo Mauricio mantenía la calma de manera inmutable. De hecho se reía, le parecía gracioso el espectáculo de la gente paranoica en las calles. Mi vista inmediata era la iglesia de San Francisco. El contraste entre el azul de la fachada de la iglesia y el azul del cielo eléctrico contrastaba el miedo y el terror que sentí. El cielo se volvió tuquesa, negro, blanco y a momentos regresaba la obscuridad. Comenzaron a crujir cada vez más fuertes las paredes y observé como varias esculturas caían del templo. El crepitar de las rocas se hizo patente. El miedo y la desconfianza de perderlo todo me hicieron sentir vulnerable. Mauricio reía como loco, la situación le parecía cómica. Yo cerré los ojos y pensé en Dios, en la inmensidad, y por un momento en la muerte pacífica y ligera. Cada quién reacciona a su manera. A mi lado había una familia de personas resguardándose que se pusieron a rezar. Quizá fue la espiritualidad o el desastre lo que nos unió. Yo los abracé, especialmente a una niña menor. Pasada la hecatombe la hija mayor sentencio “Yo creo que Dios nos está castigando por todos nuestros pecados”. Reconsideré. Doce de la noche, en un expendio de cervezas con mi compañero de juerga a punto de copular, ¿Dios me estará castigando por todos mis pecados?. Recordé una canción de Patty Smith, “Jesus died for somebody’s sins but not mine”. Me pareció una agradable ironía. Si Dios me castiga a mí, los demás no tienen la culpa, en todo caso. Mauricio y yo seguimos caminando para llegar a nuestro destino. Toda la gente estaba afuera de sus casas con miradas de incertidumbre. El alumbrado publico se había ido. Tras una larga caminata hasta el domicilio de mi amigo finalmente llegamos al lugar indicado “Bienvenidos, Posada Inlakech”. Dialecto tzotzil que significa “Tu eres mi otro yo”. Y pienso efectivamente que tu eres mi otro yo y nadie puede castigarnos de esta manera.

¿Dónde estaba?