Rosalba Velásquez – Centro

Quién: Rosalba Velásquez

Dónde vive: Delegación Benito Juárez

Qué nos cuenta:

Va mi testimonio: el martes 19 de septiembre llegué tardísimo a la oficina, no participé en el simulacro que conmemora el temblor de 1985 porque preferí quedarme a desayunar tranquila, y cuando salí del metro Zócalo ya estaban regresando todos a sus oficinas y lugares de trabajo. Mi equipo de trabajo fue a contarme cómo había estado todo, la actitud de la gente y que no habían tenido una reunión posterior al simulacro.
Yo les dije que no se preocuparan, que esa casa (que perteneció a Leona Vicario, la mujer que participó en el movimiento de Independencia) no se iba a caer, que quizá el techo, pero que al edificio como tal no le iba a pasar nada. Bromeamos y una de las chicas dijo que deberíamos tener sogas para bajar a rapel en caso de emergencia.

Regresaron a su cubículo, empecé a trabajar la programación del mes de noviembre y sentí como si alguien pegara con un palo desde el techo de abajo. La casa empezó a vibrar y a crujir, cabe destacar que tiene tres salidas para llegar a la escalera principal y decidí irme por la menos concurrida. Salí y encontré al chico de la brigada de Protección Civil y me dijo que caminara cerca de la pared, lo hice y cuando llegué al pasillo-marquesina que te lleva a la escalera principal empecé a sentir que el piso era como un puente de cuerdas… se mecía todo y yo no podía llegar a la mano del brigadista.

Cuando por fin pudo jalarme y llevarme a las escaleras, vi que estaban llenas de compañeras inmóviles por la crisis nerviosa que atravesaban, creo que uno de los motivos es que las abrazaron y así se engarrotaron más.

Cuando pasó el movimiento, bajamos y salimos a la Plaza de Santo Domingo que ya estaba llena de comerciantes, oficinistas, turistas y vecinos; los que no salían eran los chicos del Palacio de Medicina. Salieron cinco minutos después (una eternidad) porque les dijeron que era más seguro estar adentro y además les permitieron usar elevadores (!).

De pronto una nube amarilla llenó la zona, se había caído una barda de tepetate en Belisario Domínguez casi esquina con Palma, afortunadamente esos edificios son estacionamientos y nadie salió lesionado.

Señoras con bebés preguntaban si sabíamos algo de Tlatelolco… nada, todos preguntaban lo mismo.

Llamé y llamé, pero la red jamás se dejó. Ocurrió una cosa extraña, pero que agradezco infinitamente: la pantalla de mi teléfono decía «Sólo llamadas de emergencia» (todas las llamadas son de emergencia en una situación así) pero las redes sociales funcionaban perfecto. Pude escribirle a mis papás, a mis hermanos, a la persona que amo, a mis amigos más queridos y cercanos. La tranquilidad llegó y sólo esperé a poder sacar mis cosas de la oficina. La instrucción era pasar de cinco en cinco con cascos a retirar lo necesario.

Decidí pasar al final y que todos los demás se fueran, ellos tenían que llegar con niños, papás o hermanos que quizá no les habían contestado.

Cuando nos retiramos de la oficina, caminé con Jonathan Minila, por calle Tacuba y no es nuevo leer o decir que la gente estaba en la histeria total, lloraban gritaban, corrían.

Llegamos al Palacio de Bellas Artes y Eje Central era caos… todos querían llegar a casa y de todos modos no podían. Entramos a la estación del Metro Bellas Artes y era imposible subirse a los vagones, que además se veía que iban lentísimo.

Decidí caminar hasta casa, pero lo primero que pensé fue: ¿y hacía donde es mi casa? No entendía nada y sentí un miedo que he tenido contadas veces en la vida. De pronto recordé que sicaminaba todo el Eje Central ya estaría cerca.

Así lo hice y estaba enojada: enojada porque la gente caminaba lento, enojada porque hacía calor, enojada porque no sabía qué hacer, cómo ayudar, cómo hacer que el miedo y la angustia pasaran.

El Eje Central estaba atascado de coches y de gente angustiada que caminaba a prisa, quién sabe desde donde venían y cuál era su destino… de tacones, zapatos, tenis, huaraches.

Me asomé en la estación del Metro Doctores y pregunté si había servicio:

—Sí, pero la verdad va muy lento, mejor siga caminando.

Seguí abrazando mi bolsa y atenta a las notificaciones del teléfono, no quería dejar pasar nada, dejar de avisar que estaba bien, dejar de saber que los demás estaban bien.

En la estación del Metro Obrera, una señora se me acercó y me preguntó por el servicio del Metro y de mala gana le contesté que estaba lento, que no se metiera y me seguí, pero ella se emparejó y empezó a platicarme su experiencia: estaba en esa plaza de las estrellas y en su local se rompieron los vidrios, se quejaba de que el simulacro no sirvió para nada y que todo era como una película de acción, cada que pasaba por un lugar se desgajaba el piso o el techo; tenía que llegar a la altura de Xola y Plutarco Elías Calles.

Me dijo que el culpable de todo era el sol, que estaba generando «impulaciones», que a su vez mandaban radiación a la tierra, pero que toda estaba dirigida a México, que por eso estaba temblando, que mirara al sol y viera «qué feo estaba brillando, seguro es por la impulación».

Y así fue todo el camino hasta Xola, donde dimos vuelta para dirigirnos a Calzada de Tlalpan, pero nos encontramos con el edificio del Potzolcalli se estaba desgajando de la parte de en medio… acordonada la zona, tuvimos que caminar por calle Navarra hasta la calle Correspondencia y así llegar a Tlalpan.

La señora me contó de su pequeño hijo de cinco años, que ya va a la primaria, pero que no le apuraba tanto porque era un espacio abierto, que no le iba a pasar nada, pero si quería verlo. Después de hablar por casi hora y media, me preguntó cómo estaba y dónde «me había agarrado el temblor», cuando intentaba contarle me interrumpía para dar más detalles de su experiencia. No dije nada y la seguía escuchando, sólo hacía pausas para decirme que fue acertada mi decisión de usar tenis aunque trajera vestido.

Llegando a Tlalpan me dijo: ¿crees que esté abierto el paso a desnivel? Le respondí que sí, que si no, se pasara por el puente del metro, que no le cobraban.

Siguió hablando y hablando hasta que encontramos el paso, me agradeció por escucharla y me preguntó mi nombre; no recuerdo el suyo, pero me alivió caminar con alguien cuando estaba por romper en llanto cada que veía edificios acordonados o personas tratando de comunicarse con su familia sin conseguirlo.

Llegué a la estación del Metro Villa de Cortés y quise llorar todavía más: la gente estaba regalando los productos de sus tiendas, comida, golosinas, agua, refrescos. Sólo acepté una bolsa de agua para ponérmela en la cabeza y mitigar el dolor que traía.
Las prostitutas estaban espantadas tratando de hablar por teléfono sin conseguirlo, mientras los morbosos decían: mira, nos está llevando la verga y ni por eso descansan las putitas.

Llegué a casa y revisé por fuera el edificio: todo bien. Subí las escaleras: todo bien. Entré al departamento y había un tiradero de libros… se había caído de la A a la C de mi sección de narrativa (la más amplia). El libro del Rey Babar se había mojado un poco del lomo, pero estaba bien; entré a la recámara y se había caído una plancha de vapor que uso como perchero, la cajonera se había movido hacia el frente y el buró también. La cocina, el baño y la zotehuela estaban bien.

Me senté a comer y lloré mucho, no dejaba de pensar en el retiemble del piso, en la secretaria abrazada a un poste rezando con los ojos apretados, en la muchacha que se quedó atrapada en un elevador del Palacio del Arzobispado, en la mujer con una bolsita de limones partidos para el susto y mucho menos en mi compañera de camino que tenía que volver al otro día a un centro comercial viejísimo.

No había luz y la señal de mi celular se fue a las 19:30 horas aproximadamente; traté de dormir, pero sólo lograba descansar por unos minutos y volvía a despertar. Las ambulancias y las patrullas no dejaban de pasar por Calzada de Tlalpan; todo sonido era asociado con la alerta sísmica: las motos que se iban tendidas por Eje 6, el claxon de los trailers, la mente misma.

Las prostitutas no llegaron esa noche, ni las tres siguientes.

Aunque tuviéramos a alguien a lado, pese a que nuestra familia estuviera bien, sin importar cuántas almohadas tuviera la cama, estoy segura que todos son sentimos solos con un montón de escombros reinando en las calles, con el miedo a sus anchas.

¿Dónde estaba?