Nuria Tovar – Colonia Roma

¿Quién? Nuria Tovar

¿Dónde vive? Colonia Roma

¿Qué nos cuenta?

Ayer tuve que correr al hospital. Un dolor intenso en el pecho y un poco de dificultad para respirar me desataron la angustia más sorda, me obsesioné con un posible infarto. Después de varios estudios se confirmó que no había ningún riesgo, se trataba de un supuesto ataque de ansiedad. A pesar de que el diagnóstico era bastante reconfortante, mi escepticismo me hizo repasar cada detalle de los últimos días, pues siempre asumí que esta clase de episodios se daban entre gente ociosa cuyo único propósito era llamar la atención. Al volver sobre mis pasos, lo más acertado, quizás, sería regresar dos semanas cuando desperté abruptamente a la media noche con el sonido de la alarma sísmica y una posterior sacudida. No me asusté, no perdí la calma. Pero al volver a casa tuve un repentino vómito biliar. Fue amarga esa noche. Días más tarde recibí la llamada de mi hermano para compartirme la noticia de que su matrimonio había acabado irremediablemente, pensé en lo poco estrecha que es nuestra relación y la soledad que debía experimentar para acudir a mí. Pensé también en mi sobrino. Se me rompió el alma. Apenas unos minutos después de terminar la llamada, me decidí a tomar un baño. Dentro de la regadera sentí un brinco… y luego un empujón… y me di cuenta que eran mis miedos confirmados: un terremoto. Quise vestirme pero el tironeo casi me derribaba. Quise rendirme y esperar la muerte. Sentí mucha rabia. Salí enjabonada y semidesnuda. Traté de no resbalar con los pies descalzos y empapados. Quise abrir la puerta pero los tumbos no me dejaban introducir la llave, vi mis manos temblar. El miedo quería apoderarse de mí pero el coraje se imponía. Una señora se desvanecía frente a mí, la sujeté y la senté en la banqueta, dije algunas palabras de consuelo y volví al departamento para buscar ropa. Al subir, la anciana que vive junto a mí sujetaba el muro, en el suelo, sollozando. La abracé fuerte, la levanté, le aseguré que habíamos sobrevivido. Me vestí con lo primero que encontré y salí corriendo rumbo a la escuela de mi hijo. Las calles estaban sobrepobladas, todas las caras estaban pálidas, algunos llantos, mucho nerviosismo. Abriéndome paso entre la multitud y caminando entre vidrios y escombros, llegué al colegio. Reinaba la confusión, tomé a mi hijo y volvimos a casa. Lo primero fueron las llamadas de reconocimiento de la familia para saber que estábamos bien. Yo sentía una aparente calma pues estaba segura que todos estábamos vivos. Levanté los vidrios rotos, los cuadros y los libros que cayeron en la casa. Noté que algunos muros del departamento estaban agrietados. Si fue impactante que las paredes se volvieran gelatina, era más impactante que ahora estuvieran partidas. No había luz, ni tv, ni mucha comunicación. De a poco escuché rumores por la calle diciendo que se había caído éste o aquel otro edificio. Sentí ganas de llorar pero me resistía, era mayor mi incredulidad. Recibí mensajes de ex alumnos preguntando si estaba bien, si estaba en el Tec, me causó extrañeza pues acababa de cumplirse un año desde que había dejado de trabajar ahí. Más tarde entendí que el campus había colapsado. Vi los vídeos de los puentes y los muros caer. Ese lugar había sido mi casa, a diario recorría esos pasillos, sabía de memoria cada rincón, ahí crecí, ahí conocí gente extraordinaria, ahí hice amigos, ahí quise a mis alumnos como si fueran hijos. Vi mis salones, mis ventanas, hacerse añicos. Busqué entre las listas de los muertos y los heridos, tratando de reconocer los nombres de mis niños. Caminamos a casa de la familia de mi esposo. La escena seguía siendo de devastación. El edificio de enfrente parecía listo para venirse abajo. Un poste tirado más allá y escombros por todas partes. En casa de la familia también levanté vidrios y la pantalla de más de 50” que había dado un triple salto invertido y se había destrozado. Nos reunimos para comer pero no había comida, ni tiendas abiertas ni apetito. Conversamos un poco pero éramos frecuentemente interrumpidos por nuestro silencio y por las intermitentes sirenas de ambulancias, policías, grúas, bomberos. Escuché en la radio que una escuela se había derrumbado, sepultando a muchos niños. Sentí pena por ellos y sus padres. Sentí pena por la demás gente que no volvió a sus casas y por las que se habían quedado sin casa. Por momentos tenía ganas de llorar, pero no quería que mi hijo me viera flaquear. Vi un pueblo hermanarse. Atestigüé verdadera grandeza. La necesidad de estar pendientes e informados se tomaba bajo el riesgo de ver cuerpos entre escombros, de adentrarte en el dolor y la pérdida ajenos. Justo cuando empezaba a recuperarse la calma, vino otra alarma y otro sismo. Era definitivo: había perdido la paz para siempre. Hasta el mínimo ruido sobresaltaba. Se me incrustó el eco de las alarmas. Quise guardar mi miedo y mi tristeza, quise ser fuerte, estoica. Y todo se acumuló en mi pecho, convirtiéndose en opresión. Y cuando rebosó, me faltaba el aire. Aún no salen mis lágrimas completas, aún cargo pesar. Aún no he logrado conciliar el sueño. No era un infarto, ni un ataque de ansiedad, es mi corazón roto que aún duele. Ya caí, ya me sacudí el polvo. ¿Cómo muevo un pie tras otro para empezar a andar? ¿Cómo se sigue desde aquí? ¿Cómo se vuelven a pegar los pedazos?

¿Dónde estaba?