Mauricio Marín y Kall – Santa Fe

¿Quién? Mauricio Marín y Kall

¿Dónde vive? Coyoacán

¿Qué nos cuenta?

Después de haber escuchado diversos testimonios de quienes sobrevivimos al temblor del S19 en la Ciudad de México y haberlos cotejado con mi propia experiencia de lo que viví atrapado en el 13º piso de un corporativo en Santa Fe, hay algo en común que nos unió a muchos lo largo de esos minutos que nos han hecho cuestionarnos tantos porqués; que redefinieron nuestros miedos y nos infundieron nuevos e inaplacables temores: lo que sentimos la mayoría no fue miedo; no al menos mientras los edificios temblaban, la alarma sísmica sonaba y nuestros ojos se abrían, perplejos, ante la pesadilla inconcebible de lo surreal.

Lo que experimentamos fue resignación.

Anonadado, incapaz de articular palabra, incrédulo ante lo imposible, recuerdo haber estado seguro de algo: no había nada que pudiera hacer para escapar a lo que estaba ocurriendo, a lo que estaba seguro que iba a ocurrir. El piso bajo mis pies palpitaba como insuflándole vida a ese edificio que se estremecía en un vaivén más propio de un barco en medio de la tempestad que de una amalgama de concreto. Las leyes de la física pervertidas, corrompidas por un orden ajeno a nuestros designios.

Mientras los segundos transcurrían y las lámparas se movían como badajos fuera de sí, recordé una situación similar que me tocó vivir a bordo de un avión que fue sacudido con violencia por una tormenta a tan solo 40 minutos antes de aterrizar en la Ciudad de México. La gente gritaba, imploraba, rezaba, pero nada podía modificar lo que estaba ocurriendo. No había a donde correr, ni donde esconderse. No había nada que hacer más que esperar el desenlace, el mejor o el peor. Una señora me tomó de la mano y con una mirada le hice saber que estaba con ella. No pronuncié una palabra, no articulé sonido.

Al igual que ese día, el martes del temblor mi vida no pasó ante mis ojos, no pensé en mis familiares, no pensé en lo que hice ni dejé de hacer. No pensé en nada. Me abandoné al momento, me dejé ir con él, invadido por la sensación de lo irremediable. La única pregunta en mi mente era ¿cómo va a suceder?

Estamos habituados a entender la resignación como un concepto que forma parte del proceso que sobreviene a una pérdida. Olvidamos tal vez que para quienes están próximos a morir, la resignación es algo que llega con la conciencia de saber que no hay mucho más que hacer; de un peldaño más en el proceso anticipado de la propia pérdida. Aún en esos casos, por dramáticos que sean, suele haber un periodo de gracia para entender ese sentimiento y poder abrazarlo. Es la única manera de irse en paz, ahora lo veo.

Esta experiencia me ha ayudado a entender a todas esas personas a las que he visto en la ficción, y fuera de ella, asistir al drama de su propia finitud. Confieso que en cada uno de los casos me mostré suspicaz ante lo que me parecía una tranquilidad imposible de comprender, impostada, algo fingida. Algo más parecido a la indiferencia. ¿Cómo podían estar así? ¿Por qué no lloraban, no gritaban? ¿Por qué podían hablar así, con ese desprendimiento de su propia muerte, de su propio drama?

Una vez más, ahora lo entiendo.

Haber enfrentado la inminente posibilidad de morir y no haber sido presa de esa angustia desgarradora me ha reconciliado un poco, al menos un poco, con la idea de mi propia muerte. Después de todo, me alegra saber que en el borde mismo entre este estado y el otro, la resignación cobra un sentido real y se convierte en un absoluto que trasciende el concepto.

¿Dónde estaba?