I – Roma Norte

¿Quién? I.

¿Dónde vive? Anzures

Veo un chingo de videos de temblores en youtube. Es un gusto súper culposo. Ahora es súper raro acordarme de cómo se siente estar en un noveno piso, abajo de una mesa, pensando que el triángulo de la vida vale madres cuando ves cachitos de techo que rebotan sobre la madera que te cubre y que te arrastra medio metro para la izquierda y medio metro para la derecha mientras sigue al edificio que cruje. Vidrios rompiéndose, el refri se voltea, el locker rompe la división de vidrio al caer, como diez vatos con los que trabajas apretados contra la pared mirando hacia los ventanales de piso a techo con vista a los edificios de Reforma, dos de tus mejores amigos manteniéndose de pie agarrados uno del otro, gritos ahogados de las otras oficinas y tú nomás dices «verga» cada vez más alto conforme se pone más fuerte. Ni piensas en sacar tu celular y grabarlo, ni piensas en nada la verdad, te vuelves un animal que se aferra a estar atento a todo lo que pueda hacerle daño. Cuando se acaba estás agotadísimo, y lo primero que recuerdo ya bien es la mano de un vato ayudándome a levantar. Luego bajar nueve pisos de llamadas que no salen, de nombres de desconocidos, de «aquí estoy, estoy bien», de «se cayó un edificio aquí al lado we, yo lo vi». Cuando salí a la calle V. me abrazó y supe que estaba bien y fue cuando me pegó el «ay» y la angustia. Pienso que le tengo que hablar a mi mamá, que vivió el 85 bien duro, y que siempre se preocupa un buen. Mamá que por cierto, está en la Anzures, no mames sí es cierto. Estuve a punto de correr cuando un buen de personas salen corriendo del lado de Medellín gritando que se acaba de caer un edificio. Hay nubes de polvo por todo Monterrey. «No no no mames no», lloré y me abrazaron y ahí empezó la solidaridad, pero todavía no sabíamos que iba a crecer tanto. Corrí lo más rápido que pude, cuando llegué a abrazar a mi mamá tuve que comprar omeoprazol porque soy una señora que somatiza en chinga. Luego se puso apocalíptico: filas de coches hacia el estado de méxico, ver los números de muertos subir y subir y subir, platicarle a mi papá cómo estuvo, tomar un té de hierbas para los nervios, más abrazos porque ahí te das cuenta el privilegio enorme que es que todo se quede en un susto, darse un toque para poder dormir y no soñar con ese noveno piso en donde te diste cuenta que la neta no te quieres morir. Los tres días siguientes los pasé en bicicleta, porque mi única forma de lidiar con esto fue sentir que algo podía hacer. Todavía lo es, cuando recuerdo la cantidad de manos que se dedicaron a ayudar. Me quitaron el miedo del noveno piso que no se cayó, porque si se hubiera caído alguien me hubiera sacado, como fuera, así de increíbles podemos ser. He visto todos los videos, por supuesto. Es mi forma de jamás olvidar.

¿Dónde estaba?