Estéfany Villegas – Facultad de Filosofía y Letras UNAM

¿Quién? Estéfany Villegas

¿Dónde vive? Copilco

¿Qué nos cuenta?

Esa tarde yo tenía que estar en clase, sin embargo decidí «saltármela» para ir con José y Caro a una conferencia de Ecofeminismo en la FFyL. Ese día, el martes 19, en el simulacro no aproveché para platicar con mis compañeros o hacer alguna broma, en realidad me sentía triste, ensimismada, con sueño, pues venían siendo días difíciles. Días antes se reportaba en medios, por todas partes, un brutal feminicidio que nos sacudió a muchas mujeres, yo estaba triste por eso, y porque a las 12 pm de ese día fatídico yo leía un artículo con la hipótesis de que la violecia de género era consecuencia de un estado de vida precario en nuestro país, y yo me convencía de que sí, México tiene una calidad de vida precaria para gran parte de su población.

Cuando llegamos a la conferencia de feminismo pensé que estaba donde quería y donde tenía que estar. Le pedí a mis amigos sentarnos cerca del pasillo que conduce a la salida, pues estaba tomando mucho café y seguramente querría ir pronto al baño. Entonces solté una frase que no suelo decir a menudo: «qué bueno estar aquí con ustedes», les dije antes de que comenzara la mesa. Mantuve mi celular en mi mano todo el tiempo, por si quería tomar notas de la conferencia. Una hora después, una fuerza sacudió el auditorio y recuerdo que la escena se parecía a esas películas de ficción donde, para hablar de terremotos, sacuden la cámara violentamente. Yo ya estaba de pie cuando alguien gritó «está temblando» e hice algo que no había pensado hacer en ningún simulacro de mi vida: corrí. Por suerte, traía el celular en la mano.

Al estar fuera, pensé que justo en ese momento era posible que yo muriera, pero esa certeza no me abrumó de inmediato, porque en seguida pensé en mi hermano, que vive en un tercer piso. También pensé en mi padre que padece hipertensión y que estaría peligrosamente preocupado, sobre todo, por mí. Todavía se movía la tierra, todavía salía polvo del edificio principal de la FFyL y las ventanas se estrellaban cuando me contecté a internet para escribir a mi familia por whatsapp «estoy bien». Cuando por fin terminó de temblar, pensé que algo terrible había sucedido en el resto de la Ciudad de México. Mi celular comenzó a vibrar frenéticamente con mensajes de mi familia, con notificaciones de Twitter y Facebook. Yo no podía comprender lo que leía, estaba en shock.

Nos dieron unos segundos para entrar por nuestras cosas al auditorio. Presté mi celular a quien lo necesitó. Observaba el rostro de todas las personas que podía, quizás como un instinto humano, para sentirme acompañada entre mis semejantes. Ciudad Universitaria se puso caótica en poquísimos minutos y entonces me angustié. Caminé rápido hacia mi casa y al llegar ahí, mientras me dirigía a mi cuarto, observé casi con obsesión cada detalle en las paredes, en el techo. Todo bien, tan quieto que parecía irreal. Sólo dos vidrios se rompieron.

Los primeros videos de derrumbes comenzaron a circular en las redes. Sin quererlo realmente vi un par ya ya no pude contenerme, me encerré con llave en mi cuarto, me puse en cuclillas frente a la cama, como cuando era pequeña y mi mamá me animaba a rezar a mi «ángel de la guarda», me tapé el rostro con las manos y lloré.

¿Dónde estaba?