Alejandro Bejarano Vargas – Colonia del Valle

¿Quién? Alejandro Bejarano Vargas

¿Dónde vive? Martín Carrera, Ciudad de México

¿Qué nos cuenta?

Soy estudiante de la Licenciatura en Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, plantel Del Valle; ese día entraba a la una de la tarde y únicamente tomaría una clase de hora y media. A pesar de todos mis esfuerzos, iba tarde, así que en vez de bajarme en Zapata y caminar cosa de 500 metros al plantel, ubicado en San Lorenzo 290, decidí hacer el transbordo a la línea 12 y bajar en la estación Hospital 20 de Noviembre. Luego de unos minutos vi que fue mala idea, pues el tren tardó más de diez minutos en llegar, mismo tiempo que hubiera hecho caminando. Ya en la parada del hospital, bajé con prisa, enfadado, y salí de la estación directo a un puesto de periódicos que vende cigarros sueltos. Pagué y encendí el cigarro para que, fumando, bajara mi enojo, y la vergüenza de llegar tarde a clase se aminorara. Apenas di unos pasos y exhalé el humo del tabaco, cuando la alerta sísmica sonó como había hecho dos horas atrás.

Pude dialogar rápidamente en mi cabeza: «¿Simulacro? No, es de verdad…» Y mi pensamiento fue interrumpido por el fuerte y primer jalón de tierra (seguramente hubo algunos más pequeños antes, pero entre mi andar, no los percibí); ese movimiento fue acompañado por el ruido de los edificios desafiados por el temblor, los gritos y expresiones de las personas alrededor, las alarmas del hospital que tenía a mis espaldas y los pasos de la gente que aceleraba para colocarse en una zona segura. Frente a mi, un edificio de tres niveles se tambaleaba como si fuera de cartón, mientras su puerta vomitaba gente que corría con una sonrisa de espanto. A mi izquierda, un par de árboles agitados impedían que viera plenamente el movimiento de los edificios del Multifamiliar Miguel Alemán.

Durante varios segundos mi cigarro y yo quedamos estáticos. El movimiento me dejó en claro que no era un sismo cualquiera. Apenas aminoró el temblor, corrí hacia el plantel, quería ver a mis compañeros y a mi maestra y asegurarme de que estuvieran bien. Sorteé enfermeras y enfermeros,  médicos y médicas, peatones y pacientes, vienevienes y ambulantes; todos ellos con cara de espanto y preocupación. Veían los edificios, los árboles, los postes, todo aquello permitían constatar que el movimiento no terminaba aún. Imprudentemente desfilaba entre el desorden con mi cigarrillo en mano.

En la esquina de San Lorenzo y Roberto Gayol, un par de camionetas parecían haber chocado, pero no: el sismo fue tan fuerte que las desalineó del carril. Por medida de seguridad las puertas de la universidad estaban cerradas. Luego de unos minutos abrieron y comencé a encontrar a mis compañeros, asustados, algunos riendo, no por burla, sino como desfogue de angustia. Mis compañeros y profesores estaban bien. Saludé a varios mientras comenzaba a comunicarme con mi familia. Lo mismo hicieron algunos compañeros y fue cuando el rumor comenzó a transformarse en verdad: edificios en el centro habían caído.

Luego de una media hora salí de ahí y comencé a caminar. Iba hacia la Narvarte, mi padre, quien trabaja en esa colonia, no contestaba su teléfono y quería asegurarme que estuviera bien; no tenía más que hacer, pues sería imposible transportarme al norte de la ciudad de manera fácil. La gente en la Del Valle no regresaba a sus trabajos, las banquetas tenían mampostería caída y algunos edificios tiraron sus cristales; aquellas bandas amarillas de precaución comenzaban a emerger, por una esquina, por otra. El tránsito vehicular estaba detenido, lo cual daba un aire tétrico a una avenida paralizada. Algunos de los automovilistas tenían las puertas abiertas y sus radios a todo volumen, para que todos escucháramos, un edificio en la Condesa había cedido y se desplomó. Los helicópteros cruzaban el cielo con prisa, las distintas sirenas comenzaban a inundar la colonia.

Pude ver edificios habitacionales con daños, sus inquilinos, afuera, esperaban a que alguna autoridad se presentara. Todos ellos eran preocupación, miedo y zozobra. Atravesé la colonia, por donde mirara la gente mostraba desconcierto y pena. Nadie sabía qué hacer. Caminé un par de kilómetros y el panorama era el mismo; varios edificios presentaban cuarteaduras, vidrios rotos y pérdidas de fachadas. En algunos sitios el olor a gas dominaba. Empleados de tiendas, grandes y pequeñas, hacían guardia; por medio del celular escuché la radio, no eran pocos los derrumbes que se reportaban, es más, muchos estaban cerca de mi; inconscientemente o por suerte, los fui evitando.

Afortunadamente el edificio donde labora mi padre estaba bien, cerrado y desalojado, pero entero. La pequeña calle donde se ubica no presentaba mayor viso de contrariedad; minutos después lo pude contactar: estaba bien. Tuve que caminar, y me encontré con más daños y heridas. Algunas estaciones del metrobús estaban cerradas y tuve que caminar de más.

Pude ver escenas que sólo había visto en televisión o video, de aquel 19 de septiembre pero de 1985. Los civiles organizando en tráfico, camionetas cargadas de gente con palas y cascos que con prisa se movían prioritariamente; la gente caminando casi en marabunta, buscando dónde poder tomar un camión o el metro. Luego de esas horas de caminata y el transporte colapsado, llegue a mi hogar. Afortunadamente en casa todo estaba bien y en su lugar.

Mientras viajaba en el metrobús a reventar, haciendo acopio de paciencia, comprendí que más que espantado, o asustado, estaba triste porque aquella Ciudad de México, la cual había idealizado fuerte ante los sismos (luego de 1985), me había traicionado; ahora se mostraba de nuevo vulnerable y con muchas debilidades. Pero no, no era ella; fui yo quien, soberbiamente, la había concebido así ante mi falta de experiencia, quien la había construido así en mi mente sin darme cuenta que en realidad era frágil como toda urbe, sólo que la vida no había tomado tiempo de enseñármelo. Fue un golpe a mi ego, a lo que creía saber sobre los sismos y a mi creencia de que jamás vería un desastre así en mi ciudad. Esa sensación me tuvo inmóvil por horas… hasta que llegó el nuevo día y mostró la nueva realidad.

¿Dónde estaba?