Alan David – ESIA Zacatenco

¿Quién? Alan David

¿Dónde vive? Cuchilla Pantitlán, Venustiano Carranza

¿Qué nos cuenta?

Hoy no fue un día como cualquier otro. Sorprendió a la cotidianidad con un impulso violento y feroz; pasaba el tiempo en una clase de Mecánica de Suelos -irónicamente- y aquel movimiento comenzó, de inicio todos se movieron de sus bancas de forma súbita, y como sí fuera necesario el permiso del profesor para abandonar el aula, todos lo miramos fijamente y con el temor que generó la primer sacudida. Así iniciaron los segundos más largos para todo capitalino en los últimos años. La masa enorme de estudiantes se dirigió a las escaleras más próximas, y entre gritos de terror, risas sin sentido y un amplio desconcierto de lo que pasaba, se daban pasos largos hacia la salida. El crujir de las paredes, la vibración de las ventanas, la oscilación de las lámparas, y a lo lejos otra masa de gente abandonando la unidad habitacional PEMEX II de Lindavista. No hay nada más atemorizante que el hecho de saber que tienes 3 pisos por bajar, mientras los muros de retuercen y las columnas parece que van de un lado a otro. La evacuación, a mi parecer, demoró demasiado; tratándose de una situación de vida o muerte que parece no todos comprenden. Ya a las afueras, se encontraba una auténtica psicosis colectiva: automóviles con la radio a todo volumen que daba a cuenta gotas la última hora del suceso, estudiantes tratando de efectuar una llamada que colapsaba cada vez más las redes telefónicas, profesores que pedían prudencia y evitaban el reingreso a las instalaciones. Sin embargo, hubo un gran común denominador: las miradas perdidas y los rostros desencajados. De pronto despierto del letargo generado, y me encuentro caminando como muchas personas por el Circuito Interior, la causa no es otra más que la falta de servicio de metro. Todos acudiendo a la radio para darse cuenta de que esta no va a ser una simple tarde con labores suspendidas, a partir de esta tarde se tendrán que librar batallas contra la muerte, el miedo debe quedar de lado pues mientras la ciudad más se colapsa a sí misma, cada vez necesita más ayuda. Logro llegar a una estación del metro que me llevará a casa, y experimento lo que puede llegar a ser un mexicano solidario, que cuando se propone ayudar, es todo un torrente de bondad y civilidad, un mexicano que a pesar de que hoy, como millones, está teniendo un día difícil, me dice: «Ánimo, ya casi llegas a casa. El metro viene llenísimo, veo que vienes cargando tu mochila, déjame te ayudo, total, vamos en la misma dirección.» Al llegar a casa, empiezo a recobrar la memoria de todo lo que viví en este día, 19 de septiembre de 2017, 32 años después de que la mayor tragedia de nuestra historia derrumbara miles de edificios y vidas; hoy estamos viviendo una historia tan similar que pareciera que regresamos en el tiempo. Me quedo sentado escuchando a mi abuela narrando su versión de los hechos, mientras en cadena nacional se cubre un derrumbe en la calle de Ámsterdam, u otro más en Álvaro Obregón, y llueven noticias de última hora desde un colegio en Coapa. Es en ese momento, en el que comprendo que acabo de vivir una de las experiencias más duras de mi corta vida, al menos lo más duro que he vivido como estudiante de 5to. semestre en ingeniería civil. Comprendo que hoy debo estar agradecido por estar a salvo, agradecido por estar contando sólo una anécdota del miedo que muchos experimentamos a las 13:14 hrs., agradecido por tener a mi familia con vida; ya que, desafortunadamente hoy otros tantos, están esperando noticias frente a un derrumbe, o en un hospital, o en cualquier lugar en donde la angustia se apoderó en esa hora fatídica. Queda agradecer, y agradecer mucho por estar bien. Queda ayudar a como de lugar. Queda recuperar la conciencia, la civilidad, los valores, la empatía por el que se encuentra a lado tuyo, el orgullo de vivir en este territorio. Queda sentirse orgulloso de ser mexicano, no sólo hoy, ni los meses que dure la emergencia; sino todos los días que queden de nuestra vida. Es momento de darle la mano a quien lo necesita, quitarnos el pan de la boca para compartirlo con nuestros semejantes, regalar una sonrisa al angustiado y al enfermo. Queda… emprender la mejor versión de cada uno de nosotros, con el polvo que nos cubre la cara, porque después de todo, hoy no fue un día como cualquier otro.

¿Dónde estabas?