Sergio Ortiz – Iztapalapa

¿Quién? Sergio Ortiz

¿Dónde vive? Barrio San Miguel, Iztapalapa

¿Qué nos cuenta?

Los otros héroes y heroínas.

Ciudad de México a 25 de septiembre de 2017.

Actualmente vivo con mi familia en un departamento de la zona denominada Gavilán en el Barrio San Miguel de la delegación Iztapalapa, soy docente de secundaria en la materia de historia y por tal motivo en la hora previa al sismo del 19 de septiembre de 2017 revisaba materiales y preparaba algunas clases. Como múltiples ocasiones me encontraba sentado con short y en sandalias frente a mi laptop el día que se estrtemecio la tierra. Trabajaba placidamente cuando repentinamente sentí un pequeño movimiento ondulatorio inusual, preste más atención, la tierra parecía mecerse ligeramente; no obstante, no había sonado la alerta sísmica, dudé por un momento; me incorpore rápidamente e inesperadamente escuche la chicharra adaptada en nuestra unidad habitacional con otros fines y que el vigilante en turno hizo sonar. La duda se disipo instantáneamente, comenzaba a temblar con un poco más de intensidad. Mi esposa en esos momentos tendía la ropa en la pequeña azotehuela del departamento y que recién había sacado de la lavadora. Le dije presuroso “está temblando”, sobresaltado y presto corrí a abrir la puerta del departamento, mi esposa parecía haberse retrasado unos leves instantes; la estructura del edifico ya se zarandeaba y crujía con una fuerza brutal, parecía que se vendría abajo, regrese un momento para auxiliarla y agitado vocifere, “ya valió madres”. Salimos trémulos y sin dar crédito de lo que acontecía, mi esposa ya presentaba los signos de una crisis emocional en curso debido al pavor del momento y a la angustia porque nuestros pequeños hijos no estaban con nosotros debido a que habían asistido como de costumbre a la escuela. Atravesamos raudos el espacio que nos conduce al área común de los edificios y no sin antes tropezar y escuchar los gemidos y llantos de los vecinos que con gran angustia y agitación también evacuaban sus departamentos. La tierra se seguía moviendo con gran fuerza, los postes de luz se agitaban y el transformador de uno de ellos parecía que caería, los cables de luz chicoteaban y los instantes de aquel pánico telúrico parecían interminables. Momentos después del sismo que ahora sabemos fue de 7.1 grados de magnitud en la escala de Richter, mi esposa y yo nos dirigimos rápidamente a la escuela primaria Aurora Parra Pérez en el Barrio San Miguel de la delegación Iztapalapa donde estudian mis pequeños hijos Saúl y Daniela de 10 y 6 años respectivamente, misma que se localiza a aproximadamente unos 15 minutos caminando de nuestro domicilio. Al llegar nos percatamos que se encontraban ya allí algunos padres de familia que presurosos habían ido por sus hijos para llevarlos a casa, llegaban otros más preguntando apesadumbrados por sus pequeños. Noté que algunos niños aún lloraban, pedí a sus compañeritos que los abrazaran para mitigar un poco el estrés y miedo que se percibía en sus ensombrecidos rostros. Así, poco a poco y con la ayuda de los docentes se brindó un poco de consuelo a los niños que presentaban crisis emocionales y que por las diversas circunstancias del momento sus padres aún habían ido por ellos. La directora del plantel y los docentes también eran presas de la consternación y la angustia, con el miedo todavía reflejado en sus rostros trataban de consolar y brindar palabras de ánimo y alivio a los pequeños; intranquilas la mayoría de las maestras mantenían para ese momento y en una zona segura a los niños por las posibles replicas que pudieran suscitarse; quizá no era momento para mostrar las debilidades humanas, sino por el contrario, la mayor entereza posible. Tal vez su corazón aún estrujado se sintiera aliviado de que no había daños y vidas que lamentar; hicieron lo propio y actuaron con gran responsabilidad para cuidar de nuestros menores; se mantuvieron firmes aun cuando la tragedia asomaba ya por otros lugares de la ciudad donde ahora sabemos que no tuvieron la misma suerte. Ante ésta catástrofe, nuestros maestros estuvieron ahí y en muchas otras escuelas de las zonas afectadas por el movimiento telúrico, evacuando, confortando y cuidando la integridad física de nuestros infantes; sus rostros pálidos, en crisis, con sus propios ansiedades y temores quizá pudieron sentirse un poco más aliviados de que algunos padres coadyuvaron a mantener el orden y supervisar que los niños fuesen entregados sanos y salvos a sus padres o tutores. En las horas y días posteriores al seísmo y como héroes anónimos, otros docentes de todos los niveles colaboraron en diversos lugares en labores de organización y rescate de otras almas. Sin duda, muchas más personas y organizaciones lo hicieron de manera desinteresada, pero en el instante mismo del seísmo, ellos estuvieron en la estremecida primera línea, salvaguardando en la medida de lo humanamente posible, con sus propios recursos y con profesionalismo la vida de los escolares a su cargo. Sirva éste relato para reconocer a los maestros que hoy padecen la incomprensión social, el feroz ataque de los medios de comunicación y una embestida política que atenta contra sus más elementales derechos laborales. Es un hecho que con su quehacer cotidiano, acciones y experiencia construyen también y aún en los momentos más más convulsivos, el México del futuro. La familia después de éste dramático evento se encuentra con bien, pero aún conmocionada por el luto y dolor que ha empañado los hogares de muchas personas en nuestro país. Ahora como muchos ciudadanos hemos puesto ya nuestro granito de arena para ayudar a levantar a nuestra nación y seguirla construyendo al lado de más mexicanos; al final y con gran orgullo podemos decir que dado el caso de otro infortunio, no nos dejaran bajo la ruina y los escombros, aunque no nos conozcan.

¿Dónde estaba?