Rolando Vázquez Mendoza – Colonia del Valle

¿Quién? Rolando Vázquez Mendoza

¿Dónde vive? Gustavo A. Madero

¿Qué nos cuenta?

Regresaba del centro de la Ciudad, de aquel lago extinto que antes representara un referente de la sociedad que fuimos. Las oficinas de la revista en la que trabajo se ubican en la Colonia del Valle Centro, en el primer piso de un edificio viejo y de fachada carcomida por los años. No tiene ni un mes que nos mudamos de un séptimo nivel muy cerca del Parque Tlacoquemecatl, y aún quedan varios libros por acomodar e infinidad de papeles por archivar. Abrí la puerta que da hacia la calle —ésta siempre permanece cerrada— y subí al departamento que funge como oficina. Pasaron ¿diez? ¿Quince minutos?, revisábamos una publicación reciente que acabábamos de editar con gente de otra institución, cuando la tierra dio el primer jalón. Los segundos iniciales los tengo algo nublados, como si no recordara puntualmente todo lo que siguió, nublados como quedarían algunos puntos de la ciudad minutos después. Estoy seguro de que escuché a C., una de mis compañeras, avisar que temblaba, pero ella afirma que ninguna de las presentes, tampoco V., dijo nada, sino que se limitaron a tomar algunas de sus cosas que tenían a la mano como llaves y teléfono —yo hice lo mismo—, al momento de caminar rumbo a la salida. Bajé de pocos saltos cada uno de los tramos que conforman la escalera y llegué a la puerta. Todo se movía: los cristales, las paredes, mis manos y el llavero que sostenía. Abrí, y seguido de mis tres compañeros —el último, F., nos alcanzó en cuanto escuchó que le avisamos que temblaba—, salimos de inmediato. Una vez afuera hicimos señales para que un carro se detuviera, y nos alejamos del edificio, de los postes que se mecían. Los habitantes de la construcción de enfrente salieron —o eso creo—, junto con una nube de polvo que se extendió entre los presentes. Más vecinos se precipitaron a la calle. Algunos se limitaron a asomar entre el marco de la puerta, mientras que otros, al parecer extranjeros, estaban extrañados de aquel particular fenómeno. Nadie podía creerlo: nuestro propio 19 de septiembre, la catástrofe se repetía, treinta y dos años después la tierra nos avisaba que seguía, y sigue, tan implacable. El sismo, que sentimos tan largo, tan fuerte, tan inconcebible, nos demostró nuestra propia fragilidad. Pasados los minutos no queríamos volver al edificio. Cuando se nos unieron Y. y B., dos integrantes más de la revista, alcanzamos a dimensionar la situación: varios edificios colapsados en la Colonia del Valle, Roma y Condesa. Los mensajes tardaban en salir, en tanto que las llamadas se cortaban. Poco a poco, uno a uno, nos fuimos contactando con los seres queridos, los familiares, los amigos, los conocidos que no veíamos que actualizaran algún estado de sus redes sociales, redes que, ahora sabemos, pueden ayudarnos frente a la catástrofe. El regreso a casa fue largo, desolador. La avenida Insurgentes se llenó de trabajadores, estudiantes, padres, personas sobre los carriles del metrobús que dejó de dar servicio desde Parque Hundido. Todos seguíamos haciendo llamadas entre un río inusual, entre vidrios rotos que estaban sobre las banquetas y fragmentos de paredes que se amontonaban en distintas esquinas. Los primeros voluntarios emergían de cualquier lado para que, en conjunto con la policía de tránsito que no se dio abasto, coordinaran el flujo vehicular entre las calles que permanecía abiertas. La normalidad se había quebrantado, y sigue transformada: decenas de edificios colapsados y cientos de muertos, muchos más damnificados. La vida después de este otro 19 de septiembre no podrá volver a ser normal. Nos vemos obligados a modificarla, a movernos más incluso que el terremoto mismo, en una marea colectiva.

¿Dónde estaba?