Francisco Icaza Fernandez del Castillo – Condesa

¿Quién?  Francisco Icaza Fernandez del Castillo

¿Dónde estaba?

¿Qué nos cuenta?

Los coches estacionados fuera del estudio de la Condesa se desplazaban aún con las llantas frenadas. La robustez de las cosas se pedió por un instante y todo se movía como si hubiera sido construido con galletas. No podía creer la fecha y no podía creer que hacía un rato había habido un simulacro. Una vecina comenzó a regañar a todos porque dos horas antes nadie salió. Es la hora de la verdad. Llegó lo que tanto esperábamos, el gran terremoto. Luego todo se calmó. Subí en avanzada para revisar el sitio. Cajones abiertos, cosas tiradas. Fue entonces que comprendí la intensidad del temblor, porque nunca había visto semejante tiradero. Pronto empezaríamos a saber, a través de los celulares, poco a poco, del recuento interminable de los daños. Me subí a la bici dos horas después para ver el estado de las cosas. Llegué a Ámsterdam y Michoacán y de pronto me invadió un silencio extraño. Una fila de dos cuadras largas de gente se pasaban de mano en mano pedazos de escombros, sin botes, sin herramientas, sin tapabocas. El orden de la vida estaba revuelto. No había banquetas ni arroyos para separar coches y peatones. Vi decenas de personas, muchos extranjeros, caminando hacia rumbos encontrados y jalando maletas de rueditas como en los pasillos del aeropuerto; sin embargo la mayoría caminaban sin rumbo. El edificio de Ámsterdam y Laredo estaba en el suelo. Había un gentío encaramado en una montaña de escombros comprimidos, de lo que había sido una construcción de diez niveles. Había muertos y heridos debajo. Reinaba la desesperación, el silencio y el desorden. Enfrente estaba la que fue la casa de mis abuelos, ahora transformada. Desde las ventanas de cuartos blancos y duela encerada contemplaba de pequeño, a través de las cortinas de gasa impecable, un paisaje urbano quieto y silencioso, velado por los rayos de sol de la tarde que se filtraban a través de las ramas de los fresnos. Si aún existía un paraíso en la Tierra, era sin duda ese. Los abuelos y su mundo sólido, eterno e inamovible, apuntalaron mi frágil infancia. Ahora contemplaba ese paisaje transformado. El frente de su casa tenía más personas que la estación del Metro Pino Suárez. Era un hormiguero subido en una especie de maqueta absurda del cerro de Chapultepec. Hubo gente que perdió la vida, que perdió su familia, que perdió su casa. Lo que me arrebató el temblor aquella tarde fue lo poco que quedaba del universo de mis abuelos esgrafiado en mi memoria. Me lo borró a tallones en menos de un minuto. Fue en ese instante que caí en cuenta que mis abuelos y su mundo se habían perdido para siempre, que ya no quedaba de ellos ningún rastro. Ese fue el sitio, días después, donde soldados y civiles cantaron el himno nacional en una noche muy lluviosa, cuando lograron sacar el último cadáver de aquellas ruinas.

¿Dónde estaba?