César Ambriz – Roma Norte

¿Quién?: César Ambriz

¿Dónde vive?: Narvarte

¿Qué nos cuenta?

Estaba en mi oficina ubicada en la calle de Durango, en la colonia Roma. Hacía apenas dos horas habíamos hecho el simulacro como cada 19 de septiembre; soy parte de la brigada de mi edificio y había salido bien todo. A la 1:10 estaba a punto de salir a comer pero me dije a mí mismo: «traduzco un reporte más y bajo». Justo cuando estaba por terminar, sentí que mi silla brincaba. Tomé mi chaleco de la brigada y el botiquín de primeros auxilios y todos en la oficina se replegaron a las zonas de seguridad. Me recargué en el muro que se supone es más seguro y empezó a resquebrajarse justo arriba de mi cabeza. Una amiga me tenía prensado de un brazo; del otro lado dos chicas lloraban y gritaban «no, no, no». Yo les decía que mantuvieran la calma; no sabían que mis piernas temblaban como nunca lo había sentido y que lo único en lo que pensaba era en qué iba a hacer cuando el quinto piso en el que estábamos se venciera y colapsara.

Cesó el movimiento y bajamos todos. La gente corría y se empujaba en la escalera; no sé a cuántos les grité con un tono de ruego desesperado y violencia que no empujaran. Somos cerca de quinientas personas en todo el edificio de diez pisos. Salimos al camellón enfrente del edificio y empezó a apestar a gas. Todos nos movimos hacia la Cibeles y ahí olía todavía más; nos movimos al parque. Pasamos junto a un sanatorio y sacaban a todos los pacientes como podían. No sé cuántos minutos pasaron en todo esto pero no pensaba en nada; mi cuerpo me movía, me sentía pasivo, sin poder controlar nada, ni mis manos ni mis piernas. Ahora puedo envolver todo en un sintagma: fue un putazo de humildad: sentir en todo el cuerpo y en todo lo que veía mi vulnerabilidad, lo que sin remedio escapa de mi control y mis anhelos; saberme uno más entre tantos, una grieta más en el caos.

Y entonces vino el recuento de las otras vidas de las que mi vida forma parte. Desde el temblor que había sucedido una semana antes, en cuanto cobré conciencia del peligro, brotó en mis pensamientos la mujer que ha tocado mis fibras más profundas en toda mi vida. Le escribí para saber si estaba bien; aunque esperaba que me dijera que estaba a salvo, lo que en realidad deseaba es que ni siquiera hubiera sentido nada, que ni siquiera se hubiera enterado, que no hubiera sentido esas grietas en su voluntad y que esto no la hubiera vulnerado. Pero el wishful thinking es estéril cuando lo evidente te dobla las piernas.

Caminé a mi casa que está a una media hora de la oficina junto a tres amigos del trabajo a quienes quiero mucho. Atravesamos toda la zona de desastre; la Condesa, la Roma, y llegamos a mi Narvarte. Subiendo la pendiente de Monterrey y Viaducto vi desplomado el edificio que estaba justo al lado de mi cuarto. Los escombros los coronaba un pendejo espectacular que seguro influyó en su derrumbe. Me solté a correr para llegar a mi calle. Todavía entre a mi departamento y vi desde mi ventana, a centímetros, cientos de personas tratando de retirar el escombro y buscar algún sobreviviente. Bajamos a ayudar y no sé cuántas horas estuvimos ahí; creo que sacamos dos personas vivas en esas horas. Cuando escuché los aplausos de todos porque habíamos encontrado vida, apreté los puños y me solté a llorar. Sentí lo contrario que cuando veía el caos afuera de la oficina: lo contrario a la impotencia; la voluntad humana arrancándole una vida a la muerte y sus decisiones arbitrarias.

No quiero extenderme mucho; he contado esta historia decenas de veces estos días. Pero sí quiero hacer algo con esto que escribo: quiero darle una disposición a los eventos que he vivido esta semana de modo que pueda darles un sentido para mí, de modo que pueda tomar el pulso a todo lo que he vivido; pasar de la crónica a la revelación. Lo dije al principio, esto fue un putazo de humildad: reconocerme vulnerable, frágil, arbitrario. Pero también me conmovió hasta las lágrimas ver una solidad animal, casi sólo hecha de cuerpos, músculos, nervios, gritos y silencios que eran capaces de meter la mano a las fauces de la muerte y evitar que se llevara tanto. A nivel más personal, di y recibí el abrazo más honesto y desesperado de mi vida. También el terremoto abrió grietas en la psique de las personas. Aunque he visto lo peor de los seres humanos estos días (intentaron saquear mi departamento y saquearon otros en mi edificio; los jefes adoptaron la peor forma de ser jefes; los gobernantes perdieron otra oportunidad de redimirse), personas muy queridas sacaron por ahí lo más profundo de su solidaridad y honestidad: necesitaba la mano de Rafa y él me estiró todo su cuerpo para sujetarme de todo él; pude ser un pilar unos segundos para Vicky aunque mis cimientos se estuvieran cimbrando; los abrazos de Gabriel han sido un faro; Andrea se me reveló como una mujer llena de una fortaleza que quizá ni ella había visto en sí misma; las palabras de Luis han sido terreno firme en este suelo furioso; le he hecho ver a mi mamá lo que cualquier padre desea en secreto: que su hijo se pueda mantener en pie por sí mismo con lo que le ha enseñado; he visto a Chu no parar de ayudar a la gente; Eric no me ha dejado dejar de sonreír; Edith ha caminado a mi lado sabiendo que soy fuerte y, sobre todo, my honey hedgehog has been there for me against her own circumstances; she has convinced me everything will be fine, y eso, cuando uno tiene que reconstruir su vida, no lo encuentra ningún lado.

Side Notes:

-No he parado de escuchar «Times Like These» de los Foo Fighters estos días.

-Sólo rescaté dos libros de mi departamento: los Cuentos completos de Onetti (no sé, supongo que ayuda a llevar las derrotas) y la poesía de Leonard Cohen.

-He retomado mi vida en la medida de lo posible mientras no tengo mi casa. Estoy tranquilo y muy animado y resuena en mí esa frase de Moby-Dick: «I know not all that may be coming, but be it what it will, I’ll go to it laughing».

¿Dónde estaba?