Adam Alberto Vázquez – Kwirynów, Polonia

¿Quién? Adam Alberto Vázquez

¿Dónde vive?

¿Qué nos cuenta?

Después de leer varias de las entradas aquí y de la invitación de mis amigos a relatar lo que yo viví, siento que finalmente puedo hacerlo. Digo que después de leer varios puedo escribir yo porque me acompaña esta sensación de bastardía: yo no soy hijo del temblor, yo estaba lejos, lo que yo tenga que decir está en segundo lugar, –dale lugar a los que quieren escribir que están allá, ellos lo necesitan más que tú–. Esto tampoco es una exhibición de sensibilidad, es producto de esa culpa que nos inculcaron aunque no creciéramos en un hogar católico. Yo viví el temblor a través de Whatsapp. Estaba en la computadora leyendo alguna cosa académica porque tengo que escribir un ensayo y a través de una aplicación en la que puedo ver Whatsapp, Telegram y Messenger a la vez, llegó un mensaje de mi hermana al grupo familiar: “repórtense, cómo están?”. Mi sobrino que vive en Chicago preguntó si había pasado algo. Sí, tembló y se sintió muy feo. Mi hermana vive en el Estado de México, más cerca de Lagos de Guadalupe que de ese lago/ciudad en que viví 25 años ininterrumpidamente, de manera que si ella lo sintió fuerte, ahí en Ia Viaducto Piedad donde crecí ha de haber sido horrible. De inmediato le hablé a mi mamá, que estaba en el trabajo en la Vertiz Narvarte, y por un milagro del Whatsapp la llamada entró sin problema: estás bien ma?, sí, háblale a tu papá, segura que estás bien?, sí pero comunícate con tu papá porque yo no he podido. Mientras en el grupo familiar de Whatsapp llegaban los mensajes de mis hermanos y sobrinos, no llegaba el de mi papá. Los que me conocen saben, los que no ahora lo sabrán: siempre me preocupa mi papá. Tiene 81 años, tenemos un departamento en un tercer piso y yo sabía que en el temblor anterior no había tenido oportunidad de bajar las escaleras: a los 81 años eso toma lo que se tardan unos 5 temblores. ¿Cómo estará mi papá en un tercer piso, solo, a sabiendas de que lo único que puede hacer es agarrarse de la pared? Dice un poema que si desatándose va la tierra unida, ¿qué prudencia, del polvo prevenida, la ruina aguardó del edificio? Pues aquella que no tiene otra opción. Fueron probablemente los 10 minutos más largos de mi vida. Finalmente me contestó el Whatsapp. Decía parcamente que estaba bien. Intenté llamarle sin éxito, entraba la llamada pero no se escuchaba bien. Yo quería saber si estaba bien o bajo escombros, no sabía en qué estado estaba el edificio. No pasó nada pues, el edificio y mi papá estaban estaban en pie, mi familia estaba bien. Coincidió con que mi cuñada estaba cerca de mi casa y fue a visitar a mi papá y cuando mandó una selfie de los dos pude respirar mejor. Pero ¿y los demás? Ahí empecé a mandar mensajes a todo el mundo, me metí a Facebook, reabrí Twitter por un segundo para ver si aquellos a quienes no tengo en otras redes o con quienes ya no mantengo contacto habían dado señales de estar bien. Poco a poco fui completando la lista de gente que conozco y que he querido. Me faltaron dos amigas que contestaron el Whatsapp hasta el día siguiente: no tenían batería ni luz. Llegaban las noticias de todos lados. Darse cuenta de la magnitud del temblor por Facebook fue una experiencia solitaria y abrumadora. Ahí la impotencia empezó a habitarme y no se ha ido. Le escribí a mis amigos que viven fuera de México: todos estábamos en las mismas. Hasta el día de hoy no sé bien cómo está la ciudad o los estados, lo único que tengo son las noticias. No pude dormir bien ese día, preocupado por una réplica y por mis dos amigas que no contestaban. Tenía ganas de ir y ayudar, como si mi ayuda hiciera alguna diferencia. Tenía ganas de abrazar a mis papás. En verdad todas mis razones eran espurias de una forma u otra: me sentía culpable de no estar allá y sentía ganas de ayudar, mientras que ni tenía por qué sentirme culpable y mis ganas de ayudar eran síntoma de ese individualismo completamente arraigado en la médula que me hace creer que de algo importa mi ayuda así en singular. Lo único que pude hacer fue donar a los topos, donar a la Cruz Roja, escribirle a la gente que conozco fuera de México para pedirles que ayudaran también. Lo que hice fue hablar con quienes querían hablar, dejar en paz a los que no querían hablar pero quería hacerles saber que podían hacerlo conmigo si querían distraerse. Mis amigos viven en la Narvarte, trabajan cerca de la Condesa, mis amigos han visto muchas cosas que no han podido procesar bien y que les han cambiado la vida. Mis amigos han estado ayudando en brigadas, escribiendo en los medios para los que trabajan, han tenido problemas para dormir, mi papá tiene miedo de estar sólo en la casa y prefiere pasar estos días en un café que quede en la planta baja. Tengo una imagen de la ciudad recopilada de pedazos de lo que me cuenta la gente que ve la ciudad hecha pedazos. Y yo estoy en Varsovia, sin poder abrazar a mi gente y reprochándome que eso no es importante ahora. Voy a estar en México en diciembre, supongo que en ese momento podré ayudar donde se necesite porque además a esas alturas el deseo de las instituciones y empresas de regresar a todos a la rutina se habrá cumplido: ya ven que les urge que regresen a clases en la UNAM, que les urge que se pongan a trabajar para Santillana porque el cliente quiere resultados, que el imbécil jefe de mi mamá obligó a todos a ir a trabajar el 20 de septiembre y que habrá quienes quieran dejar el tema atrás porque están cansados. Por lo pronto tengo problemas muy pequeños como que no logro escribir mi pinche ensayito académico porque no me puedo concentrar, tengo esta voz en la cabeza que me dice “Adam, ¿eso a quién madres le importa?”. Esto ha sido un recordatorio de lo que sí es importante, de cómo la negligencia puede cobrar vidas y de cómo la organización popular también ha podido salvar varias y sacarlas de los escombros. Y nada, así como no puedo escribir ése, tampoco sé cómo terminar éste.

¿Dónde estaba?