Gabriela Silva – Periférico Sur

¿Quién?: Gabriela Silva

¿Dónde vive?: Tizapán San Ángel

¿Qué nos cuenta?

Estaba en el Palacio de Hierro de Perisur. Venía de la UNAM de ver a una maestra para preparar mi defensa de tesis que era la siguiente semana. Decidí ir a Perisur para ver vestidos de novia. Pensé ¿para qué regresar a mi departamento? (Vivo en un piso 26 y después del sismo del 7 de septiembre evito estar sola ahí.) Al parecer, me salvó aquel acto de frivolidad.  Después de hacer una cita para probarme esos vestidos empezó a temblar. Una chica más o menos de mi edad, que iba sola como yo, pasó frente a mí y se dio cuenta de que temblaba. Vi cómo su cara palideció. ¿Me puedo quedar contigo? me preguntó, y yo, segura y tratando de transmitirle mi calma, le dije que sí. Yo estaba segura de que no era nada grave. Intenté calmarla, la llevé a un punto seguro cerca de un pilar donde nada podía caernos. Mientras el piso se movía, los candelabros se balanceaban de un lado a otro y a ella le tiritaban los dientes, le apreté la mano y le dije que estábamos muy seguras, que había sido el simulacro y afortunadamente todos sabían qué hacer, que estábamos en zona volcánica y que no pasaba nada. Ella me sonrió justo cuando terminó el temblor. Salimos por la salida de emergencia, entre maniquíes tirados en el piso. Salimos del centro comercial. Me despedí de ella con una sonrisa y en ese momento jamás hubiera imaginado lo que estaba ocurriendo en ese momento. Para mí, lo peor vino después del temblor. Mi mamá y mi papá enviaron mensajes, estaban bien ¿y yo? Contesté. La que no contestó fue mi hermana que trabaja en Bucarelli y tiene dos hijos. Fueron dos horas eternas y angustiosas al esperar su respuesta, pero al final se encontraba bien. A medida de que caminaba por el estacionamiento de Perisur escuché a las personas que decían que se habían caído varios edificios. Mi cuñada, que trabaja en la Condesa vio cómo se cayeron dos edificios y me escribió. Mi corazón se encogió. Asustada, fui al Colegio de México, donde estaba mi novio. En el pesero la gente lloraba, rezaba y las noticias de lo que acontecía en otros puntos de la ciudad sonaban a todo volumen. Una chica, que iba parada a mi lado se mostró muy amable al ver mi cara de desconcierto. Llegué con mi novio. Caminamos junto a muchas personas por Insurgentes Sur y la gente con coche se paraba a preguntarnos a dónde íbamos para darnos aventón. Como íbamos cerca, cedimos nuestro lugar a otras personas.  De camino a nuestra casa, llegó el terrible mensaje de su mamá. «Somos damnificados. Mi casa está destruida», junto con dos fotos que mostraban su casa de Cuernavaca sin paredes, ni techo. No lo podía creer. Mi novio y yo vivimos todo el año pasado en esa casa, que ahora estaba a punto de derrumbarse. Afortunadamente no había nadie a esa hora, cosa rarísima. Con la impotencia de no poder salir de la ciudad nos quedamos en casa muy tristes y espantados. Como la mayoría de la gente, esa noche no dormimos. Al día siguiente les ayudamos a mis suegros a rescatar cosas de los escombros y no creía lo que vi. Fue impresionante ver un lugar donde fui tan feliz en esas condiciones. Mi suegra lloraba desconsoladamente mientras la gente le decía que era una oportunidad para empezar de nuevo. Mi gatita, que vive ahí, salió a recibirme maullando y con una cortada en la nariz. Probablemente le cayó una teja encima. Un día después fue mi cumpleaños. Sobra decir que fue el peor de todos mis cumpleaños, porque ese día avisaron a mis papás que su edificio en la Del Valle podía caerse y tenían que desalojar de inmediato. Cada día me entero de gente que perdió la vida que, si bien no es cercana a mí, sí cruzó palabras conmigo, con mis amigos o con mi familia. No he podido salir a las calles a ayudar porque he ayudado a mis suegros y a mis papás a adaptarse a su nueva vida. Quiero ayudar a más gente pero apenas paso por un lugar cuarteado y me falta el aire. Ahora cuando me agacho me da vértigo y en cualquier ruido cotidiano escucho la alarma sísmica. He llorado mucho y he tenido mucho miedo, pero me he sentido profundamente conmovida por toda la gente que me manda palabras de ánimo o nos ofrece ayuda para nuestros papás. Sé que soy afortunada porque no sentí fuerte el temblor, porque mi gente está viva, porque los daños fueron materiales, pero aún así estoy pasmada y preocupada por lo que viene.

¿Dónde estaba?