Alejandra Espinoza – Gustavo A. Madero

¿Quién? Alejandra Espinoza

¿Dónde vive? Gustavo A. Madero

¿Qué nos cuenta?
Estaba en mi casa. Tenía que haber ido a trabajar, pero desde la mañana me sentí mal, al parecer tenía la presión baja. Me levanté con mareo y estuve en mi cama hasta medio día. Decidí moverme a la sala para conectar la computadora y hacer home office. Mi mamá estaba en la cocina viendo la televisión, por lo que le pedí que mejor se pasara a donde yo estaba. Apenas había hecho una nota para un portal web cuando sentí una «jalón». Creí que era parte de mi malestar, pero obviamente no. Al mismo tiempo, mi madre me dijo: «está temblando». Ya habíamos tenido la experiencia del 7 de septiembre y la verdad es que no sabía con qué intensidad se dejaría venir este nuevo movimiento. Corrí a la salida de mi casa y sólo percibí como los autos estacionados parecían avanzar, los vecinos salieron, la gente de un tianguis corrió a la avenida. En el momento, lo único que recorría mi cabeza era la situación de mis hermanos, quienes estaban en la escuela. Como pude entré y subí las escaleras para cambiarme de ropa e ir por ellos. Vi cómo se había salido el agua de la cisterna y un cuadro de vidrio estaba roto en el piso. Mientras me quitaba la pijama escuché que mi papá entró a la casa para ver cómo estábamos. Bajé al patio y salimos. Apenas habían pasado unos minutos y el tráfico ya era insoportable, pues no había semáforos. Nos dividimos, mi padre y yo iríamos a la prepa por mi hermano el grande, y mi mamá, por el pequeño. Estuvimos media hora esperando a mi carnal afuera de su escuela, en tanto, los chamacos salían en horda. Como pudo, mi mamá nos llamó para informarnos que ella y mi otro pequeño hermano ya estaban en casa. Al fin vimos a mi pariente salir, sólo sentí que mi alma descansó. Al abordar el Metrobús rumbo a casa por fin pude ingresar a redes sociales. No había dimensionado la magnitud del desafortunado movimiento hasta que vi la imagen del edificio de Álvaro Obregón 286 totalmente destruido. Puse la radio y desde ese momento no paré de escuchar las noticias y trasmisiones. Fui testigo del caso de Frida Sofía y de la perrita Frida, de la mujer que reportó a su madre atrapada en un edificio en Enrique Rébsamen, de la carta de una madre a Cristiano Ronaldo por la muerte de su hijo en una escuela. En todos lados se repetía la escena de personas llorando, sacando escombros, pero también ayudando al prójimo. Amo mi país, a mi México con sus maravillas y tradiciones, pero no soy admiradora de la capital. Siempre he querido mudarme y «largarme» de esta ciudad llena de caos; todavía tengo esa idea, pero mi percepción sobre la gente ya es diferente. Vivimos o, más bien, vivíamos ensimismados; ya no. Nos caracterizamos por ayudar al otro cuando vemos la desgracia, cuando más nos necesita. En Twitter leí una frase muy cierta: «Tengo miedo de otro terremoto, pero me da más miedo que mi país vuelva a ser el mismo que antes del 19 de septiembre». Ahora vivo con miedo, con incertidumbre. Me cuesta trabajo dormir y en ciertos momentos escucho la alerta sísmica. Mi mente me está jugando una mala racha, tengo pánico igual que muchas persona con las que no puedo comparar mi situación de «buena suerte». Estoy bien, al menos físicamente, y mi familia lo está.

¿Dónde estaba?