Adrián López Cruces – Iztapalapa

¿Quién?: Adrián López Cruces

¿Dónde vive?: Iztapalapa

¿Qué nos cuenta?

11 hrs. Como me duermo muy tarde (y desde el sismo del 7 de septiembre todavía un poco más), es aún temprano para mí. Así que cuando R —mi madre— llega asustada a despertarme por la alerta sísmica simplemente le digo, con una mezcla de inmensa flojera y un poco de molestia, «es el simulacro, ¿no recuerdas que hoy es el aniversario?» Y consigo dormir alrededor de una hora más.

13:14 hrs. Generalmente a esa hora me estoy duchando, a las 14 en punto debo salir al trabajo así que ya se me estaba haciendo tarde. Pero mi parsimonia estaba agudizada: me encontraba en el patio contemplando a Kira —mi gatita—, quien estaba plácidamente recostada en una esquina de la azotea. El comienzo fue ese clásico momento donde uno no sabe si está muy mareado o qué. R sale rápido del cuarto y su cara de espanto aún no consigue que entienda lo que está pasando. Todo es borroso y lentísimo. La alerta sísmica hace que aterrice y le digo a R algo como «ahora sí es de a de veras, vamos a salir». El pasillo que nos separa de la puerta que da hacia la calle, que tiene de largo unos seis metros, representó un trayecto inconmensurable; íbamos rebotando entre las paredes, escuché algunos vidrios romperse (no en donde vivo pero muy cerca) aunque lo verdaderamente apabullante era el tronar de la casa —me atrevo a decir: el tronar del centro del país— y sé que eso jamás se me va a olvidar. Cuando por fin salimos ya había mucha gente en la calle. Varias personas en crisis de pánico. Un auto pasó a toda velocidad y casi atropella a alguien frente a nosotros, un chico que trabaja en una vulcanizadora a un lado de mi casa le dio una fuerte patada cuando lo tuvo a su lado. Gritos e insultos. Otro vecino, furioso, tomó su bicicleta y estaba a punto de seguirlo pero sus familiares lo detuvieron. No tenía sentido. Nada de lo que estaba pasando tenía sentido. Tampoco lo tuvo hace justo treinta y dos años cuando (otra coincidencia) R y yo estábamos solos en casa aquella mañana (mi padre estaba trabajando y mi hermana nacería dos años después). Obviamente yo no lo recuerdo pero R me había narrado ese día en el que el Hospital General —en el que ella me había parido poco menos de cuatro meses antes— se desplomó; perdiéndose la vida (en ese solo punto) de cerca de trescientas personas. Mucho menos tuvo sentido lo que le dije a R justo cuando terminó el terremoto y ella se encontraba muy nerviosa por no podernos comunicar con nadie: «tranquila, no sabemos que haya pasado nada malo». ¿Negación, estupidez o ambas?

Al regresar al interior de la casa le grité a Kira pero no aparecía. Llegó una prima que vive a dos calles de distancia y nos confirmó que allá estaban bien. Entonces decidí que lo mejor que podía hacer era ir al trabajo porque, por las características de las actividades que se realizan allá, la planta de luz y el internet tendrían que estar garantizados. Mientras me duchaba R me gritó que Kira ya había regresado. Se supone que los gatos tienen caras inexpresivas pero juro que cuando salí del baño noté en su rostro que estaba muy espantada.

Al salir pude tomar pronto una pesera abarrotada y vi en el trayecto la inmensa cantidad de gente caminando por ambos lados del eje vial. Pasajeros decían que el metro no estaba dando servicio y el chofer comentó que había pocos camiones porque muchos fueron de inmediato a buscar a su familias. Luego, más como hablando consigo mismo que con nosotros, dijo «pero, pues, lo que haya pasado, ¿ya qué va a poder uno hacer?» Bajé en el metro Escuadrón 201, donde extrañamente también pude abordar rápidamente el otro microbús, que me deja a calle y media del trabajo. De tal suerte que pese a todo, incluyendo el hecho de que en todo el trayecto sólo un semáforo estaba funcionando (el de la esquina de La Viga y Río Churubusco), llegue puntual a la chamba. Al saludar a mi jefa me preguntó que cómo estaba y le respondí: «bien, la verdad un poco espantado pero bien». “Espanto”; la palabra que creo que más he repetido. Para los más afortunados en eso quedó todo, simple espanto. Pero entonces le pregunté a un compañero qué sabían. Por él supe que se habían caído edificaciones. «¿En serio?» contesté, no retórica ni irónicamente (como casi siempre que pregunto eso), sino gastándome la última pizca de negación que me quedaba. Pero entonces él me enseñó el video en el que se ven, en una toma desde algún punto alto, las nubes de polvo donde construcciones colapsaron o se dañaron demasiado. Me dirigí rápido a la computadora y pude contactar a mi hermana e ir sabiendo de familiares, amigos y conocidos. Mi espanto se alivió pero ahora estaba ahí el horror por las personas que perdieron la vida, o a seres amados (incluyendo a sus animales) o sus hogares. El horror en Morelos y Puebla, donde no hubo ni habrá coberturas maratónicas de los medios de comunicación masivos; principalmente en las zonas aisladas donde de por sí todo es más oscuro y más difícil.

Desde entonces las ambivalencias no han parado: entre la dicha de seguir vivo y la culpa por no asimilar por qué yo. Entre la felicidad de saber de las personas que se volcaron a ayudar al prójimo y el odio hacia las mierdas humanas que han robado centros de acopio o camiones con ayuda (especialmente políticos, especialísimamente Graco Ramírez). Entre el asombro por lo útiles que han sido las redes sociales (y otras tecnologías de la información) para coordinarnos y la rabia por la forma en la que también se usan para desinformar y difundir estupideces. Entre el respeto por los que realizan crítica y observaciones pertinentes y el asco por quienes critican sólo para satisfacer su sordo ego. Entre el denso duelo y el pesado humor de un pueblo que es conocido en todo el planeta por saber mirar a la muerte con irreverencia. Nada humano nos es ajeno y a la vez nada nos pertenece; ni siquiera lo que llamamos “nuestra” vida. Si enfocamos ese despojo no hacia el nihilismo (eso ya lo hizo la humanidad: fue el fin de la Modernidad) sino hacia la transformación de nuestras formas actuales de formar comunidad en una auténtica comunión —si logramos secularizar ese concepto teológico— quizá podamos darnos una Vida Nueva que sea de todas las personas y que a la vez nadie pueda apropiarse. Sólo la Naturaleza. Sólo la Muerte que ríe siempre al último; no para que nosotros dejemos de reír sino —quizá— para que aprendamos a ser felices, a sufrir, a odiar y a amar con humildad.

¿Dónde estaba?