Ytzel Maya – INERHM

Quién: Ytzel Maya

Dónde vive: Guadalupe Inn

Qué nos cuenta:

¿Así que bien pinche héroe, no?, le dije a Rodrigo, el diseñador editorial, que también era encargado de realizar el simulacro del 19 de septiembre. Esa mañana se la pasó pavoneándose por la oficina con un chaleco verde fosforescente y con un silbato que más bien era un metal chirriante, con una bolita mal soldada al final del tubo que antes era.

La editorial del INEHRM está sobre Barranca del Muerto. Siempre nos reímos con la posibilidad de que éste nombre fuera algún día paradójico. Esa mañana, durante el simulacro, vimos todas las posibilidades de muerte que nos rodeaban. Los cables sobrepuestos en los postes, el anuncio de stripers recargado en el zaguán de un terreno, la curva que hace a la banqueta más estrecha antes de llegar a Revolución. No pude tomarle una foto a Rodrigo con el chaleco verde fosforescente, antes de que sonara la alarma se movió y dijo Tengo que ir a organizarlos. La imagen que queda en mi celular es de un cuerpo borroso, apenas con los brazos en alto, como un superhéroe a punto de despegarse del piso.

Para editar los libros, me gusta tener un espacio hiperespecífico en mi escritorio: la computadora a la derecha, las pruebas de corrección en medio, junto a mi celular, y las notas y la taza de café a medio tomar a la izquierda. Ese día sólo alcancé a desconectar el celular de los audífonos y voltear a la oficina de enfrente. Juanjo se levantó para verme. Confirmamos juntos, con la mirada de sí, está temblando.
Todavía escucho a Carlos, mi jefe, gritando Ytzel no me dejes. Corrimos, entre gritos debajo de los cristales y tratando de salir por la pequeña puerta que forma el detector de metales a la entrada del edificio. Todavía sigo sintiendo la chamarra que alguien me puso encima para que no me cayeran en la cabeza los vidrios rotos, no se me olvidan las manos con pequeños brotes de sangre que la sostenían, ni las paredes crujiendo.

Dije Estoy muerta. Cuando logramos salir lo único que se veía era una gran nube de polvo sepia. No sabíamos por dónde caminar, ni qué estábamos pisando. Se escuchaban las llantas de los coches que frenaban frente a nosotros, yo creo que intuyendo la masa de miedo que éramos entre el polvo.
Vomité sobre la avenida.

Acordonaron el edificio y nos empezaron a nombrar: Ytzel, Rodrigo, Toño, van a tener sólo treinta segundos para entrar y regresar. Nos acomodaron los cascos y, con la mínima luz del celular que podía iluminar los pasillos, entramos. Mi bolsa, por favor, el celular, por favor, las llaves, también mi celular, y el mío, nos dijeron y trazaron un mapa con sus cosas. En mi oficina todos los papeles y los libros estaban en el suelo. Creo que no pudimos recuperar todo. Pensé en mi hermano que iba a su segundo día de universidad, en mi padre y en mi madre que estaban trabajando en casa, en mi tía que vive en una casa tan vieja que cualquier movimiento la cimbra sobre sí misma, en el mensaje que le mandé a José Luis en la mañana. Pensé que si estaba muerta al menos le había dicho lo mucho que lo quería.

José Luis no tiene ni un mes en Nueva York. Llegó aquí diciendo: Me siento dividido. Su ausencia me ha pesado desde antes de que llegara. Sus mensajes empezaron a entrar intermitentemente, pero la desesperación y el terror también subían sobre nosotros así, entre luces que venían y se iban, las lágrimas de Itzel, mi tocaya, que no podía sostenerse y terminaba sobre el pasto del camellón, la mano de Carlos que temblaba al marcar el número que había olvidado.

Güicho está muy preocupado por ti, dijo Daniel. Esas fueron las primeras palabras que pude escuchar en mi celular. Después llegaron los correos de José Luis. ¿Estás bien? Estoy muy preocupado por ti. Te ruego que me mandes señales en cuanto puedas. Te amo. (Aquí, de este lado de la ciudad, desde mi lado del río, algo también está dividido).

Una señora se abrazó a mí en Tacubaya y empezó a llorar. Yo sentí que me moría, señorita, yo dije aquí me quedé porque pues no puedo correr, vea a mi hija, no la puedo dejar, no puede ni caminar, íbamos a la terapia, pero no llegamos, vimos cómo se cayó un edificio y mire a mi hija, se quedó muda, ya no me quiere hablar.
Caminé hasta el ERUM con una pala y las botas que recién me había comprado en el Chopo. En la esquina de Bolívar y Chimalpopoca contaban hasta tres para poder subir el carrito de Aurrera lleno de cascajo al camión. Sólo los que traigan botas pueden pasar de este lado, los otros quédense en las cadenas, dijeron.

Todavía no sé cómo describir el silencio de los puños en alto, los gritos de Sí están vivos, a mi padre diciendo que lo único que podía esperar era ver desde dónde se empezaba a derrumbar nuestra casa.

¿Dónde estaba?