Paulina del Collado – Metro Niños Héroes

Quién: Paulina del Collado

Dónde vive: Narvarte

¿Qué nos cuenta?:

19 de septiembre: memoria del subsuelo

Lo primero en extinguirse fue la luz. Todas las mujeres que íbamos en el vagón pusimos cara de hartazgo: otra vez el metro se apagaba y pensamos que estaríamos ahí, esperando una eternidad, hasta que se reanudara la marcha. Yo iba tarde a mi trabajo así que me uní a la mueca de desaprobación colectiva. De pronto, sin más, el tren se hizo látigo y se estremeció con nosotras en su vientre. Escuché el gemido del metal y me supe mínima. Sentí mucho miedo. Después todo se llenó de gritos; uno en específico puso en palabras lo que ya sabíamos todas: Está temblando. Fueron los segundos más largos que he vivido y cinco días después es la imagen que más me asalta antes de conciliar el sueño: Una mujer golpeaba, desesperada, el cristal del vagón con el puño. Alguien, ¿quién? (alguien que también sintió miedo), se tardó en abrir las puertas. Salimos en estampida. Seguí los pasos de una mujer joven que llevaba en una bolsa etiquetas y carteles para una fiesta de cumpleaños. Antes de que comenzara el temblor vi sus bolsas; las etiquetas imitaban las de la cerveza Corona. Recuerdo haber intentado leer lo que decían y fallar. Recuerdo haberme preguntado a quién le podría parecer simpático hacer sus invitaciones de una cerveza que sabe a pipí. La tengo grabada a ella, la chica cuya historia pasé más de diez estaciones inventando. Ella leía After, esa novela juvenil que he visto en la mesa de novedades de cada Sanborns de México y que nunca he hojeado. El último libro en el que iba a pensar si moría sepultada entre los escombros.

Apenas llegamos a los torniquetes, el policía de la entrada —uno voz dubitativa contra la manada—, gritaba que era más seguro permanecer debajo. Me pegué entonces a uno de los muros del metro Niños héroes. Junto a mí, una pareja de ancianos se daba la mano y una señora rezaba. Seguí cada una de sus palabras en mi mente: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Hacía mucho que no rezaba pero seguí y repetí cada una de sus palabras en mi mente. Luego todo se detuvo. Algo en la superficie se colapsó. Pudimos escuchar el impacto del concreto vencido sobre el asfalto, volvió a cimbrarse la tierra, esta vez el golpe venía desde arriba.

Subí a la superficie como pude. Me temblaban las piernas y me costaba trabajo enfocar el peldaño siguiente. Afuera la gente se arremolinaba en direcciones opuestas. Todos éramos una manada de animales asustados, desorientados, sin nadie que nos pastoreara y nos dijera a dónde ir. Miré mi celular y comprobé que estaba sola. Miré las calles que me rodeaban. Tardé unos segundos en trazar el mapa que me separaba de mi casa. Pensé nimiedades: no traigo los zapatos adecuados, estoy sudando como cerdo, voy a faltar hoy al trabajo. Una niña que vendía chicles y cigarros lloraba desconsoladamente en la esquina de Dr. Velasco. Me acerqué a decirle mentiras: todo va a estar bien, no te preocupes. Me dijo que ella estaba en el edificio que se había desplomado. Luego llegó un imbécil a pedirle un cigarro suelto y ella tuvo que comerse su llanto y regresar a su trabajo.

Seguí caminando, sorteando gente; niños, ancianos y oficinistas. Los coches aceleraban y tocaban la bocina. ¿Sabrían a dónde estaban yendo? La caminata fue el momento para el inventario mental: mi tía, el hombre al que amo, Nina (mi perra), mis amigos. Nina estaba sola. Me sentí culpable de haberla dejado así y recalqué la ruta hacia donde estaba ella. Minutos después comenzaron a llegar los mensajes: una lluvia de “bien”, “ayuda”, “dónde”, miraba la pantalla del celular de vez en cuando. Itzel, mi amiga, estaba cerca. Quedamos de vernos en el Jardín Pushkin. Ahí presté mi celular unas tres veces: “tengo que avisarle a mi marido”, “mi hermana está atrapada en Centro Médico”, “se necesita una ambulancia para Álvaro Obregón”.

Itzel y yo avanzamos sobre Cuauhtémoc hacia el Viaducto. Vimos pasar gente corriendo, vidrios rotos, ambulancias y helicópteros. Fui reconociendo los daños en una avenida que formaba parte de mi día a día. Una de las primeras que aprendí a reconocer recién llegué a la Ciudad: El edificio a un lado del estacionamiento en la calle de Chiapas, las ventanas del hotel Fleming, la fuga de gas en Casa de Toño. Mi cotidianidad estaba encendida en llamas.

Abrí la puerta del departamento de mi tía. Le hablé a Nina pero no respondió. Itzel empezó a llamarla conmigo. Entonces inició otro tipo de inventario: las macetas caídas, los libros de historia en el suelo. Encontré a Nina enroscada debajo de la cama. Intenté que se acercara a mí pero estaba temblando. Me tiré al suelo y la jalé de las patas. Apenas la abracé, se orinó encima. Le dije que todo estaba bien, la abracé más fuerte y salimos sin mirar atrás.

23 de septiembre: el despertar y la huida

El link para escribir sobre mi experiencia me llegó el mismo día o un día después del temblor. Cuando Marisol me lo hizo llegar pensé que todavía no estaba lista para hacer un ejercicio de memoria al respecto. Me expliqué a mí misma que necesitaba más distancia, tanto emocional como temporal. Desde el día del sismo me desconecté de lo que sentía. La Narvarte, la colonia donde he vivido más de diez años, se está desmoronando ante mis ojos. La Narvarte, la colonia de edificios viejos donde venía cada Navidad a ver a mis abuelos, está muy herida. No tuve tiempo de sentir angustia. Salí, como todos los que salieron, moví escombros, clasifiqué víveres, acompañé a los niños de un albergue y busqué cansarme físicamente para no tener que lidiar con todo el dolor que estaba sintiendo y el que me estaba rodeando. Hoy, antes de que sonara mi alarma del despertador, sonó la alerta sísmica. Me arrancó de tajo del sueño. Tomé mi maleta de emergencias, unas botas y salí corriendo descalza del edificio. Pensé que me iba a caer de las escaleras y que merecía morirme por no estar preparada. La angustia que no me había permitido sentir en los días anteriores se apoderó de mí. Tuve una crisis nerviosa y reconocí que puedo nombrar mi dolor, que pueden dolerme las pérdidas de la gente que quiero, que puedo sentirme cansada y, sobre todo, que puedo decirlo: yo también tengo miedo.

¿Dónde estaba?