Mariana Magdaleno – Chapultepec

¿Quién? Mariana Magdaleno
¿Dónde vive? Narvarte
¿Qué nos cuenta?
El 19 de septiembre desperté, tarde como siempre y me comencé a arreglar para ir al trabajo. A las 11 de la mañana sonó la alarma sísmica. “El simulacro” pensé. Acabábamos de pasar por un temblor fuerte la semana pasada, esa vez a pesar del susto, hubo memes, anécdotas graciosas, y el chilango siguió su vida como de costumbre. No salí al simulacro, como sí hicieron otras personas. Al salir de la casa, le alcancé a decir a las señoras que venden flores a la entrada de mi edificio: “espero que no se hayan asustado, la alarma de hoy era un simulacro por el temblor del 95”. En lugar de ir a mi oficina de todos los días en la Escandón, fui a un pequeño taller que daría una amiga en las oficinas de Televisa de Chapultepec 18. En parte fui porque tenía poco trabajo y porque todos mis amigos irían a ese taller. Podría ser divertido, pensé. Nos citaron a como 10 personas en el tercer piso de la torre más nueva, en una pequeña cafetería con paneles de cristal que daban a la calle. Al llegar varios de mis amigos estaban despotricando “por qué nos van a dar un curso ahorita, si estamos atascados de chamba”. Yo callé mis culpas. Estábamos tranquilos, bromeando en la cafetería. Repasamos una presentación de Power Point cuando de pronto las cosas en la mesa comenzaron a saltar, rápido intercambiamos miradas de desconcierto y susto. Uno de los que estaban sentados en la mesa frente a mi dijo lo obvio “¿está temblando?”, alguien más lo corroboró con las mismas palabras “¡Está temblando!”. En ese momento no sé que me ocurrió. Todos salieron disparados a las escaleras. Yo no conseguía tomar todas mis cosas en la mano. Las tres plumas que había dejado sobre la mesa seguían resbalando, y yo, aún ignoro por qué, continuaba tratando de tomarlas. En ese momento el movimiento ya era muy fuerte. Traté de seguirlos. Tenía dos opciones, las escaleras o una rampa. La rampa azotaba contra la estructura, las escaleras tenían paneles de vidrio que permitían ver hacia afuera como caía el agua del techo. Yo pensé que se estaba desmoronando el edificio. Todo se movía demasiado. También mis piernas. Un amigo, Pepe, que tampoco había podido bajarse me dijo “‘¡Hay que buscar un marco!”. Buscamos la ilusión de la seguridad en el marco de la puerta de los baños que estaban justo afuera del edificio. En ese momento pensaba mil cosas al mismo tiempo: “¿Por qué me había detenido por unas plumas?”, “¿Por qué en 19 de septiembre?”, no recordaba la última vez que me temblaron las piernas en ese momento. De haber tomado las escaleras, seguro habría caído, pero no por el movimiento, sino por la debilidad que sentía en las piernas en ese momento. Imploraba que Pepe se mantuviera cerca de donde yo estaba. Tener una cara familiar en un momento de miedo hacía toda la diferencia. Pasó lo que para mi y para la mayoría en esta ciudad, parecía una eternidad. Una vez que se calmó el movimiento bajamos por la escalera sólo para encontrar a otro grupo de caras conocidas que se quedaron en el segundo piso. Tampoco alcanzaron a bajar y permanecieron ahí. Evacuamos el edificio. Apenas el día anterior había revisado una nota de los edificios que habían caído en el 85. Uno de esos era el de Televisa. Esa imagen aparecía intermitentemente en mi cabeza. Salimos al camellón que está enfrente de la puerta principal. Estaba repleto de toda la gente que trabaja en el plantel. Nunca me imaginé que fuera tanta. Busqué la cara de mis amigos. Caminé hacia ellos y nos abrazamos. Estábamos bien, asustados pero bien. En ese momento no teníamos idea de qué había pasado en el resto de la ciudad. Inmediatamente envié mensajes a todos para avisar que estaba bien. Los chats grupales de amigos se empezaron a llenar de “no mamen”, “qué susto”, “¿todos bien?”. Poco a poco, twitter empezó a revelarnos la realidad de lo que había pasado: se cayó un edificio en la Condesa, se cayó un edificio en la Doctores. Inmediatamente llegaron dos sustos más: No podemos entrar aún porque hay posibles fugas de gas, fue el primero “¡Nadie fume!”. El otro llegó minutos después cuando a unos metros vimos gente correr. Después nos enteramos que en el edificio de justo enfrente se empezaron a quebrar los vidrios. A los 20 minutos comenzaron a regresar al edificio. Tenían que reportar lo sucedido. Todos asumieron que ese momento era el principio de largas jornadas de trabajo. Yo fui con ellos un rato, no quería estar sola. Sin embargo, al comenzar a enterarme de la magnitud de lo ocurrido, me llené de desesperación y claustrofobia. Tres horas después decidí caminar a mi casa con Pepe. Quería saber cómo estaba mi casa, mi gata, mi ciudad. Cruzamos la Roma, la Doctores y la Narvarte. Zigzageamos para asegurarnos que los edificios de conocidos se encontraban bien. En el camino nos encontramos con varios edificios derribados y varios a punto de. De la nada habían aparecido montón de civiles que controlaban el tráfico. Las tiendas estaban cerradas. Llegué a la casa y vi a las señoras de las flores, y pensar que en la mañana les dije “no se asusten, era un simulacro”. En la casa había un par de vidrios rotos y en mi cuarto todo mi librero se había venido abajo. Había vómito de gato en varios punto y no había señales de la gata. Al fin la encontré, nerviosa. La abracé un rato y después acompañé a Pepe a las calles de Yacatas y Concepción y después a Eugenia y Escocia. La primera estaba totalmente acordonada. Los pisos parecían un pedazo de pan blanco, cayendo suave uno sobre el otro. Al acercarnos a Eugenia empezamos a ver decenas y decenas de personas ayudando. Era un caos y sin embargo todos cooperaban. “Necesitamos cubrebocas, agua, cubetas, cuerdas”, conseguimos lo que pudimos, donde pudimos. No nos pudimos acercar mucho, pero la escena que vimos desde lejos era aterradora. Una montaña de escombro. La gente levantaba los puños y pedía silencio. “Están tratando de ver si hay alguien con vida entre los escombros”, me explicaron. Ese día no dormí en casa. Tenía miedo de mi edificio, de estar incomunicada, de estar sola. Me fui a casa de un amigo. Varios dormimos ahí. El día siguiente estaba todo sigiloso, salvo por brigadas de ciclistas o ambulancias que de repente atravesaban la ciudad. No he podido dormir bien desde ese día. Cada día me encuentro grietas nuevas en mi edificio. El día de hoy 23 concilié el sueño a las 5 de la mañana. A las 7 sonó la alarma sísmica. Desperté de golpe. Todo lo que pensé que iba a hacer, lo olvidé. Me dominó el pánico. Me puse unas pantuflas, un suéter y salí con mi celular. Al lado de mi cama se quedó mi mochila de emergencia. En la tarde caminé por mi colonia. Cada cuadra me parecía hostil. Miraba con recelo las paredes, los techos, los balcones. Me daba miedo que algo cayera sobre mi. No sé cuánto tiempo va a pasar antes de que me sacuda esa sensación.