Mara del Ángel – Polanco

¿Quién? Mara del Ángel

¿Dónde vive? Coyoacán

¿Qué nos cuenta?

Me encontraba en Polanco, trabajando en un séptimo piso. Fue apenas dos horas después de un simulacro en donde no había entendido cuál era el lugar más seguro para replegarme en caso de un sismo, pero al fin de cuentas era un simulacro, ¿no? Entonces el escritorio comenzó a moverse violentamente, volví a ver a mi mejor amiga que estaba trabajando a un lado y lo confirmó: está temblando. Bloqueé mi máquina en un reflejo ridículo y tomé mi celular. En ese momento pensé: no puedo creer que justo hoy esté temblando, ¿cuáles eran las posibilidades? ¿Y la alerta sísmica? Mi amiga se había adelantado por el pasillo, pero al intentar sujetarse de una gaveta y encontrarla aún más inestable que ella, volvió a verme con una cara de completo horror, se quedó parada en shock. Apuré el paso para sujetarla y entre otro chico y yo la hicimos avanzar. El edificio se movía violentamente, pero por suerte nada crujía (gracias gatos hidráulicos). Sentí que estaba durando una eternidad, no tenía de dónde agarrarme y las columnas ya estaban ocupadas por muchas personas, que en su desesperación, comenzaban a abrazarse esperando lo peor. Mi amiga seguía con crisis nerviosa, lo único que se me ocurrió fue abrazarme de ella intentando mantener la calma y el equilibrio. En mi mente ya sentía el edificio desplomarse, pero entonces el movimiento comenzó a menguar. Consciente que las líneas estarían saturadas, mandé un WhatsApp al grupo de mi familia (ése que tengo silenciado por un año) informando que estaba bien y preguntando por mis parientes que vivían en las ciudades afectadas. Por suerte, soy la única que vive en la CDMX. Nos hicieron regresar a nuestras áreas de trabajo, pero no pasaron ni 5 minutos cuando dieron la orden de desalojar con nuestras pertenencias. Yo ya estaba calmada, no podía ver las noticias porque el internet no funcionaba, pero confiaba en que todo hubiese quedado en un susto como el sismo del 7 de septiembre. Estuvimos esperando horas por indicaciones de la empresa, no tenía caso regresar a casa pues había escuchado que el transporte público estaba colapsado. Las sirenas se escuchaban por toda la ciudad y entonces decidí echar un vistazo a twitter. El horror. No podía creer que los edificios se hubiesen colapsado, pero como que aún no me caía el 20. Fue hasta que llegué a mi casa (en donde casi todo parecía normal) que empecé a dimensionar el tamaño de la tragedia y cuando una amiga me comentó que había brigadas en la UNAM no dudé un segundo en ir. Los días siguientes no podía dejar de llorar, me sentía impotente. Tenía esta idea imprudente y algo egocéntrica de querer ir a quitar escombro con mis manos desnudas, sin ningún equipo de protección; y me enojaba mucho cuando los organizadores pedían a «las damitas» sólo ayudar con las cubetas vacías. Porque sólo podía pensar en las personas enterradas bajo los escombros, en las familias incompletas, personas sin casa, mascotas perdidas… y yo ahí estaba, con todos los privilegios del universo, sólo acarreando cubetas vacías y víveres. Entendí que no era una lucha de egos, que ya había personas mucho más capacitadas y profesionales haciendo su trabajo. Por supuesto me conmovió muchísimo lo que a todo mundo: la ayuda que llegó a borbotones, el sobrecupo de voluntarios, la solidaridad, el apoyo y el amor que se demostró una sociedad que ya daba por perdida. Hasta entonces un Goya no había salido tan emotivamente de mi garganta, nunca el Himno Nacional me había parecido tan hermoso. Nunca había amado tanto a México.

¿Dónde estaba?