Laura Athié – Puebla

Quién: Laura Athié

Dónde vive: Cuauhtémoc

¿Qué nos cuenta?:

[1]

(#Sismo #Puebla #CDMX Se han caído las cúpulas): Y yo me siento a llorar en una calle extraña.

La torre de la iglesia a la cual entré caminando hace dos meses con Abril, para dejarle mi mascada a San Charbel, se ha caído.

«Que pase el examen –pedí–, que pueda vivir aquí con el hombre que amo. Que estudiemos juntos. Que Abi sea feliz. Que nos reciba Puebla», dije aquella tarde.

Pero Abril se ha ido a Baja California y yo, camino entre las calles de esta ciudad esquivando piedras mientras la gente pregunta desde sus celulares: ¿Cómo estas? ¿Qué ha pasado?

La barda de la tienda donde compro agua, huevos y pan, está derruida.

Se ha caído la cúpula blanca del pequeño fuerte que está a dos calles de la casa en la que vivo aquí.

Se han movido las lámparas y el techo y las paredes de la casa amarilla en donde Jorge, mi compañero del posgrado y yo, hablábamos de los signos. Nuestra escuela.

«Un sonido, una palabra, un gesto, todo puede ser signo –dije–, pondré un ejemplo».

Momentos más tarde, comenzó a temblar. Los pilares que sostienen el techo del pasillo que nos dirige a las únicas escaleras cercanas, brincaban como si no soportaran más el peso de las vigas y yo pensaba: «Mi casa en México se cayó. Ese temblor es inaudito».

¿Cómo estará mi familia?

¿Vivirá la gente de mi edificio?

¿Cómo está mi ciudad?, y el caos reinaba en las escaleras.

¡No bajen!, gritaban los maestros y los conserjes del instituto en el que estudio.

¡Por las escaleras no!, aguarden.

Pero yo no quería aguardar, quería salir corriendo, quería gritar, temblaba igual que las paredes.

Que mi ciudad no se haya caído, que la gente que amo se encuentre bien, pensaba sin poder controlar los movimientos de mis manos.

Salí corriendo a la calle 2 Oriente y junto con todos los que estábamos dentro de esa hermosa casa porfiriana, observé nubes de polvo al final de la calle.

Me dolió el estomago.

Mi celular, mis libros y mi mochila arriba.

Mi familia a kilómetros de distancia y yo ahí, en la incertidumbre, sin señal, sin señales, solo con los ruidos de las patrullas, los bomberos y los rostros de mis compañeros, que, como yo, se preguntaban qué tan fuerte había sido el temblor.

Ahora, sentada en un parque, recuerdo como inicié la exposición de hoy:

– Les pondré un sonido, dije, quiero que lo escuchen y me digan qué significa para ustedes.

Pulsé el icono del YouTube en mi celular, y sobre la imagen de edificios destruidos puse play. En el salón se oyó algo que solo tres de nosotros reconocimos: «Ui uuuo uuuuiiiiiu… Alarma sísmica, alarma sísmica».

– ¿Qué significa para ustedes esto?, pregunté.

– Miedo, temblor, muerte y tragedia, pensamos algunos.

En Puebla no se escuchan las alarmas sísmicas.

Ahora, después de haber caminado entre autos y camillas, socorristas, policías y piedras que han caído a las calles en el centro de esta ciudad que me recibe, no he querido ver los videos que llegaron a mi WhatsApp.

No quiero ver cómo mi ciudad, dónde he vivido desde niña, vuelve a derrumbarse.

No tengo más señal que los rostros aterrados de la gente que corre por las calles y estoy aterrada yo, igual.

Los vidrios de mi departamento se han caído, leo en los mensajes de las vecinas que están en México y que se niegan a entrar, porque huele a gas, escriben. «Parece que sí se lastimó», dice Doña Chelito y se me abre una grieta a mí también. El edificio donde vivo, puede caerse.

Una llamada de mi tío en Washington quiere entrar, pero no entra. «¿Cómo estás? ¡Por favor, Sabelina, dime!».

Y yo le escribo que lo quiero. Que estoy bien, que tengo miedo, que me siento triste. Que no tengo señal, pero nada de lo que le escribo llega.

En la incertidumbre de no saber, mi corazón se parte cuando comienzo a recibir fotos: se han caído casas en la Colonia Roma, un edificio colapsado en Eje 3, dice mi padre, un hospital, me cuenta Liz. Nonoalco, San Antonio Abad, Rébsanen, Génova. La lista de lugares lastimados en mi ciudad es muy larga.

Me acerco a los celulares de los otros, para escuchar su radio.

Una señora con los vidrios abajo detiene el auto y me dice «pase». No quiero pasar, le digo, quiero oír el noticiario que usted está oyendo.

A mí lado, en este parque frente a la avenida 5 de Mayo, las sirenas de las ambulancias se abren paso. Un niño asustado con uniforme de secundaria espera a su tía.

El celular sigue sin señal y mi compañero Jorge yo, hace una hora, hablábamos sobre las señales y los signos cuando comenzó todo.

Hoy es martes, 19 de septiembre. Hace 35 años un temblor nos obligó a tener piedad de los otros y a reconstruirnos. Vimos nuestros hogares caer, nos mutilaron.

Ahora lloro aquí, sola y con miedo en una banca del parque.

Estoy agotada, triste.

Quiero volar como los helicópteros que pasan sobre mi cabeza.

La cúpula de la iglesia a donde venía a pedir por mi ciudad, se ha caído.

[2]

(#sismomexico): Gracias, a quienes se han dado tiempo de compartir las publicaciones de ayuda, a quienes buscaron arquitectos para nuestro edificio y para muchos otros, a los que han escrito, a los que llamaron por teléfono hoy y me hicieron sentir que me querían.

¡Gracias!, a quienes han preguntado cómo estamos, a los que buscaron la manera de comunicarse por redes, por teléfono, por Whats. A quienes prestaron sus manos y sus autos para cargar cajas, agua, medicamentos; a quienes salieron de sus casas para ayudar, a quienes están revisando nuestros hogares y nos regalan tortas, a los que están recorriendo las ciudades en moto, llevando artículos a los centros de apoyo, a quienes nos informan y a quienes se sientan a orar.

Señor, desde el fondo de mi corazón y con todo lo bueno y malo que tengo, te pido que nos des fuerza, dame fuerza, fe y salud para poder ayudarnos unos a otros y para seguir, aunque se hayan levantado los escombros. Bendice a todos los que han estado y siguen con nosotros. Recibe a quienes han perdido la vida y ayuda a los que intentan sobrevivir.

[3]

(#SismoCDMX #Puebla #Morelos «Rostros de gente que quiere ayudar»): Tres horas de pie. Junto mis manos con las de cientos de desconocidos. Nuestros pies no chocan, se unen. Mis botas pegadas a los zapatos de un viejo de sesenta y tantos años, los suyos unidos a los tenis de un joven que lleva una playera verde de la selección nacional. Frente a mí, más pues se juntan en una larga cadena: mujeres altas con vestido, dos españolas que sonríen, una abuela de cabello blanco repite en voz alta, «no me cansaré», dos hermanas que se empujan una a la otra, «yo soy más fuerte que tú, no podrás con esa caja», dicen. Tres jóvenes con casco de ciclistas, un chico largo como espiga con los cabellos de color.

A mi lado derecho un mesero trae aún el uniforme del restaurante, le digo, «perdón», cuando casi se me cae la caja, él me dice que no me preocupe, que está viene desfundándose, que aquella no pesa, que a esta se le están saliendo las latas.

Yo llevo puestos los audífonos y escucho en volumen bajo el noticiario de la XEW, no logran sacar a los niños del Colegio Rebsamen, han encontrado a una mujer muerta abrazada a su perro, cientos de manos en mi ciudad también están unidas, como las nuestras.

– ¡No se cansen, no se anden!, nos grita un joven fuerte con uniforme negro y casco. ¡Vamos, dice, sólo nos faltan seis horas más, ¡ya saben cómo hacerlo, lo hacen muy bien, ¡vamos!

El centro de la explanada del Zócalo de Puebla por donde paso caminando todos los días cuando voy a la escuela, luce como un campo de guerra. Montañas enormes de cajas de cartón se apilan al centro. Más de 30 mesas largas con medicamentos que son ordenados en bolsas se ubican al rededor hasta llegar a la calle 3.

Nuestras manos pasan botellas, latas, cobijas, tortas de jamón, pastillas como las que me tomo diario para seguir viviendo.

Nos detenemos unos minutos. Reviso el WhatsApp, mi vecina Carolina me escribe sobre el edificio donde vivo en Chapultepec:

– ¿Ya vendrán los arquitectos, Laura?

Estamos buscando uno desde anoche. Mis vecinos no han querido entrar, temen que el edificio se. Siga, están muy asustados.

«Yo he posteado en Face, he pedido ayuda», le digo a Carolina, pero hay muchos otros edificios igual, ya vienen. Tengan paciencia.

– ¡Qué bueno que llegaste, chef!, grita el mesero que carga de mi lado derecho, ponte con nosotros, le dice.

Alguien me da un papel arrugado que ha venido pasando de mano en mano desde la izquierda. Leo: «Cruz Roja Mexicana Puebla. Necesitamos víveres, cobijas, paracetamol, antidiarréicos, material de curación. Urge ayuda para la zona de montaña».

Suena mi teléfono, otro vecino escribe también:

«Los arquitectos de A-001 Taller de Arquitectura revisaron algunos departamentos, lo más relevante es lo siguiente: Los muros de carga de la entrada/pasillos están dañados en todos los pisos. Hay un par de columnas cuarteadas. Algunos balcones se están venciendo.

Hay un edificio de Chapultepec que se encuentra recargado sobre este.

Hay un desfase contra el edificio hermano de aproximadamente 10 cm, no se sabe cuál es el que se encuentra inclinado, si esté o el de al lado.

La sugerencia de los arquitectos es realizar un peritaje y sólo habitar el edificio bajo nuestro propio riesgo».

Tengo miedo, mucho. Quiero llorar.

Alguien comienza a cantar el «Cielito lindo». Las casas se caen y aquí cantamos. Paso mi mano con una caja a la izquierda y nuevo la mano derecha para tomar otra caja mientras pienso y pienso y pienso en todos los años que he vivido ahí, en la habitación de mi hija que está lejos, en esa Ciudad de México que amo. Recuerdo a Juanita que me escribió en la mañana: «¿Estás bien, Laura? Leí tu relato, ¿cómo podemos ayudarte?, en el INEE te queremos mucho».

«Ahora vanos a la izquierda para cargar en otros taxi. ¡No deshagan la fila! Unidos, unidos», nos dice otro chico con pantaloncillos cortos, camisa galardonada verde y paliacate anudado al cuello.

Nos movemos al unísono, caminamos pegados al «unisolo», pero lo estamos solos, no, somos cien de cada lado, una larga cadena que se hermana. No hay malas caras, no hay quejas. Hay cuatro manos o más que se juntan cuando una caja enorme paree caerse o cuando a la chica más delgada se le va el paquete de botellas de agua hacia un lado.

«¡Cuidado!», gritamos, y nos apretamos más para ayudarla.

– ¡Necesito 10 voluntarios aquí, ahora!, grita una mujer con radio.

Varios salimos de la cadena y armamos otra.

¡Bien, bien! ¡Somos mexicanos!, grita alguien. Se me enchina la piel.

¡Estas cajas van para Atlixco!, gritan desde el centro de la cadena.

Pasamos cajas.

Hay que abrirnos más, decimos, nos estamos pegando con los paquetes. Damos un paso atrás.

No hay un solo policía ni un militar aquí, nadie ha dicho que es el jefe, pero todos hacemos caso a la voz que indica: moverse ahora, otra fila, vamos, rápido.

El señor de los sesenta años sigue a mi derecha. A mi izquierda ya no están ni el mesero y el chef, ahora una estudiante de la BUAP que me saca dos cabezas o más me pasa el agua y las cajas con cloro, los paquetes de atún, el pan, la leche.

¡Con fuerza, con fuerza!, dicen los de la otra cadena.

Ahora nos movemos acá, no deshagan la fila. ¡Esto es para Atlixco, allá hay gente que nos necesita!, nos dice el Boy Scout por el megáfono. ¡Vamos bien, no se cansen!

Mi mano toca otra mano, esa otra mano toca otra, somos una misma mano que pasa y que pasa y que pasa cajas hasta el taxi que va a Atzala y que estacionado en la puerta de la catedral, llena su cajuela, la cierra y arranca.

¡Estas son para Tehuizingo!!, nos dicen, y pasamos más paquetes hacia un Uber que lleva un letrero de «Puebla vive» en el parabrisas.

¡Terminamos está fila, bravo!, gritan unos, ¡vamos juntos!, gritan otros. ¡Mexico vive!, que viva, que viva, ¡qué viva México!, gritan al gobierno y yo siento ganas de llorar.

Pienso en mi ciudad y sigo pasando cajas, en la llamada de mi amiga Mary Galicia desde Mexicali hoy en la mañana: «queremos que sepas que estamos contigo, Laura. Te queremos», y no me puedo limpiar las lagrimas de la cara y no me importa. No puedo entrar a mi edificio y se me aplasta el corazón, pero sigo pasando cajas. Pienso en la familia que bautizaba a su hijo y que murió aplastada en la iglesia de Atzala y mi dolor cae al suelo como cae el de varios que están junto a mí, mano con mano.

¡Y qué viva México!, siguen gritando, y lloro, no soy poblana, pero lloro, porque este es mi país, esta es mi gente. Porque hace una semana escribí que no podría gritar que viva México después del asesinato de Mara, pero sí puedo, y sí vive. Lo estoy viendo.

Mi país vive, ¡vive!, porque así como estoy yo aquí, están cientos de miles, corazón con corazón, brazo con brazo.

Huaraches, zapatos de piel, botines de marca y zapatillas. Manos de viejos, tatuadas, de mujeres con callos de tanto que escriben, de cocineros y de estudiantes. Rostros con ojos verdes, de piel morena, con acné.

Dos muchachas con gorras de estoperoles frente a mí, toman unas botellas de agua y se toman su selfie.

El hombre que amo no tiene luz, mi agua, pero recorre las calles de mi ciudad llevando brigadistas, suero y víveres en su camioneta y yo, y cientos de miles de ciudadanos no sabemos qué hacer, pero aquí estamos, mano con mano.

Arcelia me escribe que un arquitecto amigo va a llegar a ver nuestro edifico, que me quiere, que no desespere. Odette me cuenta que su cuñado, arquitecto también, va a llamarme. Que estamos todos para ayudarnos, dice.

¡Y qué viva México!, gritan, ¡fuerza, fuerza!, más allá.

Paso más cajas, ¡fuerza, mi país!, fuerza mi ciudad, fuerza para mi hogar, no te caigas, edifico, pienso.

Le digo perdón por tercera vez al viejo que está a mi lado, le he pisado sin querer, lo siento.

Él me toma el hombro, con su camisa morada ya húmeda del sudor, me abraza.

– No se preocupe, dice, me llamó Manuel.

– Yo me llamo Laura, digo.

– Y no llore, o llore, estamos aquí juntos.

– Así es, Manuel, le digo, aquí estamos.

[4]

(#TerremotoCDMX #Puebla #Morelos #Oaxaca): “Este sí es mi país, no el de las balas”

– ¿Traen mucho?

– Algo, decimos.

– Den la vuelta sobre Álvaro Obregón y acá los recibimos, dijo un voluntario con chaleco naranja que hacía señales a los carros con víveres para el centro de acopio de Jardín Pushkin.

Comenzamos a girar.

Mientras esquivábamos la ambulancia que estacionada al frente encendía la sirena, escuché que un joven largo como nuestra esperanza daba indicaciones a dos señoras y a varios chicos y chicas más: «Cuando lleguen, hacemos la cadena, comenzamos a bajar lo que traigan y al terminar, aplaudimos», dijo.

Entramos en sentido contrario sobre la calle flanqueada por cuatro policías.

Pasamos una hilera de bicicletas. Un ciclista con tatuajes y barba de Robinson Crusoe esperaba para salir cargado de latas donadas hacia los albergues.

Colocamos el auto a la entrada del centro de acopio. “¡Ahora!”, dijeron. Se formó la cadena humana, los voluntarios comenzaron a bajar el papel de baño, las latas, el agua, los desodorantes, los frijoles.

En mi celular, un mensaje de Agueda G Abraham compartiendo una invitación: “¿Te gustaría hacer algo para los niños en los albergues? Ven a cantar, a leerles cuentos. Llama a este celular y únete a la brigada”.

Treisy y Juan Luis, amigos del INEE, me avisan por WhatsApp que ya terminaron de recoger la ropa que llevarán a los damnificados de Morelos.

Pienso en Annie Amezcua, que en lugar de hacer fiesta, convoca en Metro Xola hoy a las 2 para celebrar su cumpleaños llevando ayuda.

Echo una mirada a las fotos de Landysh Ziyatdinova, mi compañera rusa, que ha organizado brigadas de apoyo para la zona serrana en Puebla.

Mis vecinos, en el edificio en el que no quiero dormir, me cuentan por mensaje que todo está bien: “Se sintió, sí, pero no como el sismo del martes”, dicen, frente al temblor de la mañana con epicentro en Oaxaca de 6.1 que nos despertó a todos.

Ciclistas y motociclistas con bolsos y paquetes en las espaldas, brigadas de estudiantes arquitectos revisando edificios maltratados, letreros de “Centro de Acopio”, trabajadores llenos de polvo con costales y palas pidiendo aventón, todo eso y más pudimos ver a lo largo del camino para llegar a la Colonia Roma, no sólo hoy, sino los dos días que llevo aquí desde que volví de Puebla.

Los voluntarios han terminado de bajar las cosas. Les damos unos paquetes de pan. Orejas con azúcar, son para ustedes, les decimos. Ellos nos dicen gracias y enseguida, aplauden como si hubiéramos hecho algo prodigioso.

Nosotros hubiésemos querido traer un tráiler lleno de cosas, ir a cada pueblo a dar ayuda y consuelo, levantar todos los escombros y encontrar gente con vida, ayudar a reconstruir las casas, abrazar a quienes llevan más de 90 horas sin dormir apoyando a todos, y llorar, con todos aquellos que aun lloran, pero sólo hemos venido a traer algunas latas y quienes están aquí, aplauden.

Subimos al auto con esa sonrisa que no es sólo del rostro, sino del corazón y andamos a casa. El hombre que amo enciende el motor, da velocidad, arranca. Con los ojos como los ha traído desde que tembló: húmedos, llorosos, me mira y sigue por Cuauhtémoc.

Sin prender la radio, vamos mirando en silencio por la ventana.

Esta es mi ciudad –pienso todavía con esa alegría enorme que me vuelve sol, que me revive, aún con los aplausos de los jóvenes sonando en mi mente al igual que el mareo constante que no se quita– y este es mi país, el de la gente que ama de verdad y lo demuestra.

Mi país es este que veo hoy, no el de las balas.

¿Dónde estaba?