Gre Hz – Copilco

Quién: Gre Hz

Dónde vive: Copilco

¿Qué nos cuenta?:

Ayuda de sobra

(Escrito el 21/sep/2017)

Ayer anduve por algunas zonas de desastre y comprobé que este es un país de peregrinaciones y muchedumbres. Ríos de gente inundando las calles para llevar botellas de agua, tacos, tamales, tortas, hamburguesas, panes de dulce y demás, para los policías, soldados y brigadistas. Pero es taaanta la gente que hace esto, que no hay ya a quién dar la comida. Vas por la calle y te encuentras gente ofreciéndote «¿no gusta una torta?, ¿una hamburguesa? ¿arrocito?, ¿cafecito?, ¿un agua?» Por cortesía y por antojo, agarré un pan de dulce y una torta de jamón.

Por otro lado, fui al albergue de Villa Olímpica en la noche muy noche, y estaba llenísimo de gente clasificando cerros (literal) de víveres, medicamentos, botellas de agua de todos los tamaños, comida, etc. Me acerqué con una señora a preguntar por el albergue y de inmediato me agarró de transporte para llevar una brigada de rescatistas a Portales. Dije, «órale!, pero traigo un cochecito». «No importa, ahí se van apretaditos», me dice. Eran cuatro chavos muy chavos, ataviados con cascos, chalecos, guantes, palas, picos y lámparas nuevecitas que ahí mismo desempacaron con unas tijeras. Nos dijeron que había que ir detrás del hotel Holliday Inn que está en Tlalpan, cerca de Portales.

Ahi vamos, apretaditos en el Atos, bajo la lluvia nocturna. Los chicos muy entusiasmados platicando en el asiento trasero y el que iba junto a mí, muy alto, muy joven, y muy serio, en silencio. Les pregunté si eran compañeros de escuela o si se acababan de conocer. Los de atrás dijeron que eran del ITAM (órale!, pensé) y que al de adelante lo acababan de conocer. Le pregunté al jovencito y dijo que era del Colegio Madrid («en seriooo?», le dije), «sí, de la prepa». Le dije, mi hija estuvo ahí en la secundaria. «Ah sí?», me dijo, y se puso muy platicón, mientras circulábamos por periférico rumbo a Viaducto Tlalpan. Que estaban en clase en el 2º piso cuando empezó el temblor, que sólo salieron del salón pero no pudieron ir ya ni a la escalera porque se movía mucho, que unos de más arriba quisieron bajar corriendo y nomás se tropezaron y se lastimaron, que fue todo un caos y griterío, que el plafón del salón estuvo a punto de caerles encima, etc.

Le pregunté cuántos años llevaba en el Colegio Madrid. “Desde primero de primaria. Ya es mucho, quería salirme, ir ya a otra escuela, pero me dijeron que si termino aquí la prepa, me dan un certificado que vale en España para estudiar después allá; entonces aquí sigo”. Qué bien, le dije, y siguió: “Ahorita es la primera vez en todo el día que voy a estar en la sombra, porque tengo ya quemada toda la cara y la espalda de estar en el sol en los centros de acopio. Estoy cansado, pero creo que esto es algo que se debe hacer”. Conmovido por la sinceridad en el tono de su voz, sólo atiné a decirle, mientras me recordaba a mí mismo hace 32 años brigadeando en el terremoto de 1985, “sí, es una experiencia en todos los sentidos, y nadie te la va a quitar”. Estuve a punto de decirle: “pasa una sola vez en la vida”, pero me arrependí cuando en mi mente saltó esta frase: “no es cierto, pasa al menos dos veces y en la misma fecha: 19/sep”.

Los de atrás dijeron que eran de Actuaría y de Computación (pensé: “yo conozco a varios actuarios, nunca pensé verlos en estas cosas”). El caso es que iban súper entusiastas y cuando nos topamos con el primer retén, no dudaron en decir “¡pónganse el casco para que vean que somos brigada!”. Funcionó y nos dejaron pasar. Luego hubo otro retén y nos dijeron: “no hay paso, acaba de haber otro derrumbe y hay una fuga de gas”, nos tuvimos que desviar hacia Miramontes y rodear Taxqueña para entrar por Churubusco y luego Bélgica, para llegar al Holiday Inn por atrás. Me enseñaron el mapa en su celular, y vi que iban hablando por teléfono con sus mamás (“estamos bien, nos estamos moviendo en un vehículo y vamos hacia Portales”). Los de atrás le preguntaron al jovencito de enfrente el nombre y teléfono de su mamá, y le llamaron (como que eran responsables del jovencito apenas 2 o 3 años menor que ellos).

Bueno, llegamos a Portales, el tráfico algo más lento, y desde 2 calles antes del Holliday Inn, ya venían un montón de brigadistas con chalecos y cascos caminando de regreso. Al pasar enfrente se veían unas grandes grúas y una estructura metálica caída. Igual que en todos lados, policías y militares cerrando el paso y diciendo “aquí no hace falta, váyanse a otro lado”. Los chicos no se desanimaron y dijeron “bueno, seguro hay otro lado”. Llamé a la base de Villa Olímpica y me dijeron “sí, cambio de planes, váyanse a Las Torres, donde acaba de haber un derrumbe” (era el derrumbe por el que nos habían desviado de venida). Les dije, y se entusiasmaron. Alguien llamó por teléfono y dijo “nos acaban de cambiar de ruta, vamos ahora a otro derrumbe donde dicen que hay sobrevivientes”.

Fuimos. Era ahí mismo sobre Tlalpan, pero hacia el sur, adelantito de Taxqueña. Llegamos y efectivamente había mucha gente y cortes viales. Los chicos se alistaron, bajaron con todo su equipo y caminaron hacia el puente peatonal, mientras yo me estacionaba por ahí. Caminé hacia el lugar y antes de subir el puente peatonal, decenas de gente con chalecos empezaron a gritar a los vehículos “¡apaguen el motor! ¡Apaguen los motores y los celulares!”, mientras alzaban el puño en señal de que había que hacer silencio. Por primera vez en mi vida oí el silencio en Calzada de Tlalpan a la altura de Taxqueña. Eso fue raro y asombroso. Bueno, se acabó el silencio y todos siguieron su camino. Atravesé el puente peatonal y del otro lado, antes de bajar, tomé esta foto. No se podía ni caminar. Voluntarios por todos lados, además de camiones del ejército, granaderos, ambulancias y demás. Desde el puente iban ya jovencitas y jovencitos con cubetas o charolas ofreciendo tortas, hamburguesitas y demás, pero casi nadie quería. Como que ya había habido mucha comida durante el día. Era media noche y, como dije arriba, por cortesía y por puro antojo agarré un pan de dulce y una torta. Bajé y caminé hacia donde decían que estaba el nuevo derrumbe. Decían que se había caído un módulo de unos viejos edificios de departamentos donde hace muuuchos años tuve intenciones y deseos de vivir. Ya no vi a los brigadistas que llevé, pero caminé a la calle de atrás, donde decían que estaba el derrumbe. La calle estaba oscura y lo único que vi fue, lo mismo, gente ofreciendo tortas y café por todos lados, y luego una bola grande de brigadistas con cascos, chalecos, palas y picos nuevísimos, y un hombre diciéndoles: “les agradecemos su presencia, pero aquí estamos ya saturados, vayan a ver si en Santa Ana o en otro lado se requiere gente”. Oí comentarios de “así nos han traído todo el día, de un lado para otro”. Lástima por mis entusiastas brigadistas, pensé. Ya no los vi, en medio del gentío.

Me regresé al coche y me dirigí de nuevo a Villa Olímpica, cansado y con sueño, con la ilusión de dormir en un bonito colchón azul sobre piso de duela (así se veía la foto que publicaron en Face). Pero no, el albergue era una especie de cancha techada, con piso de frío y descolorido cemento, con tapetitos de fomi, un montón de cubetas para las goteras y sólo dos pares de indigentes ahí acostados. Con razón nadie se ha ido a quedar ahí, pensé, y era cierto porque la primera vez que llegué a preguntar por el albergue me dijeron “¿conoce gente que necesite?, mándela porque tenemos muuucho espacio!”. Era de madrugada, aun llovía y empezaba a hacer frío. Dije, no. Agarré mis chivas y me fui a Copilco, a dormir en mi camita con peluches y guitarras, en el edificio que según los ingenieros “no tiene daño estructural”, aunque el daño «no estructural» es visible por todos lados… Crucé los dedos para que no hubiera una réplica esta noche y caí dormido

¿Dónde estaba?