Gilberto A. Nava – Altavista

¿Quién? Gilberto A. Nava

¿Dónde vive? Copilco

¿Qué nos cuenta?
«¿Te vas a quedar ahí parado o quieres sentarte?» Me increpa J., mi compañero de trabajo, al verme cerca de la mesita de café, en el salón donde apenas media hora antes habíamos tenido a varios especialistas en lengua que se encargarían de evaluar una parte de un examen. Ese día citamos a treinta personas para un taller de capacitación en el Ceneval. La sesión fue difícil y mi espalda dolía por estar tanto tiempo de pie, además había tenido que bajar dos pisos durante el simulacro y volverlos a subir para reanudar actividades; por no mencionar las prisas para poder terminar con el plan del taller. Me serví un café y empujé mi silla hacia el escritorio para sentarme con J. «Te toca dar también la sesión de la tarde» Le dije que era lo justo porque el día anterior él dobleteó. «No es por eso, sino para que apliques unos consejos que te voy a dar. Necesitas tomar un taller de oratoria». Era cierto. Comenzamos a charlar sobre otros asuntos laborales, me acerqué nuevamente a la mesa del café para tomar un par de galletas cuando el edificio se cimbró. Los dos nos vimos al instante con cara de incredulidad. En mi cabeza pasó como rayo la idea: «Es un camión. Así se siente. Sería demasiado que temblara hoy». Comenzaba a articular la primera sílaba de la pregunta «¿Fue un camión?» cuando otra sacudida erradicó cualquier duda. «Gil, está temblando, apúrate». Salimos disparados hacia las escaleras de emergencia. Sentí su mano sobre mi hombro entre empujandome, entre siguiéndome el rastro. La alarma del edificio no sonó. Sólo se escuchaba el ruido de zapatos chocando arrítmicamente contra el suelo y las voces del resto de trabajadores urgiendo a evacuar el edificio. Afortunadamente estábamos cerca de las escaleras. Desafortunadamente estábamos en el segundo piso. Cuando bajamos las escaleras, dejé de percibir su tacto. No miré hacia atrás, sólo miré hacia abajo. Jamás había visto a tantos hombres trajeados bajar esas escaleras a toda velocidad. Apenas había bajado el primer piso cuando sentímos toda la estructura saltar y estremecerse. Estoy seguro que no fui el único que lo pensó, que algo se caería, que algo se haría añicos. Me sujeté al barandal. Vi a otros hacer lo mismo, el resto se pegó a la pared y seguimos bajando. Cuando por fin llegamos a planta baja, tuvimos que atravesar de uno en uno el diminuto umbral que da a la recepción, apenas me doy cuenta de que allí hay algo mal diseñado. En la recepción varios redujimos el paso inconscientemente: la fachada del edificio es de cristal y, para poder llegar a la calle, hay que atravesar un puente también de cristal. Carajo. Maldita sea. Quedarse en el edificio o salir. La respuesta era obvia. Una vez afuera, volteé hacia la derecha. Había una polvareda y dos coches mal colocados, pensé que se trataba de un choque fruto del sismo, pero no: dos trozos de dos balcones aledaños se habían desprendido y habían terminado sobre la avenida. Me reencontré con J. una vez afuera, esperamos a que el movimiento de la tierra cesara y buscamos al resto del equipo. La escena era angustiosamente predecible. Todos tratando de contactarse con sus familias. Los celulares sin señal. Incluso la WiFi del restaurante de enfrente había dejado de funcionar. Dos amigas estaban terriblemente preocupadas porque tenían familiares que sufrían crisis nerviosas fruto del 85. Los profesores y especialistas que se encontraban en comité se preguntaban si continuarían con las sesiones, si habría al día siguiente o qué pasaría. Nadie sabía nada de lo que había ocurrido en Portales, Roma y Condesa. Nadie tenía idea de cuál había sido el daño. A pesar de que vimos el vídeo desde un piso alto de un rascacielos que mostraba la ciudad echando polvaredas. Cuando la brigada de protección civil del edificio terminó su primera revisión, nos dejó entrar en grupos pequeños para recoger nuestras cosas e irnos. Varios compañeros sólo esperaron que dieran la orden de salida (porque el jefe se enoja) para partir a pie a casa. Incluso una amiga me dijo: «deja el coche, vete caminando, no te queda lejos». Neciamente entré al estacionamiento en uno de los sótanos para recuperar mi vehículo. Algo me decía que podría necesitarlo después (y así fue). Entré junto con J. y otra compañera para recuperar cada uno su coche. Encendí el motor y la radio y me dirigí a la superficie a tocar base en casa (nunca pasó por mi cabeza la idea de que pudiera haberse dañado, supe de cómo estaba Ciudad Universitaria hasta que fui por K., que ya había caminado un largo rato sin descanso), para ver si había al menos internet e intentar contactar a todo mundo.

¿Dónde estaba?