Deyanira L. – Extremadura Insurgentes

Quién: Deyanira L.

Dónde vive: San Pedro de los Pinos

¿Qué nos cuenta?:

Llegué a vivir a la Ciudad de México hace poco más de 9 años. Quizá por esa misma razón es que durante los primeros 3 o 4 años mi cuerpo era incapaz de detectar indicios de movimientos telúricos. Quizá también porque mis padres jamás me advirtieron bien a bien de esos riesgos: sus principales preocupaciones eran la delincuencia, las zonas inseguras, que no me fuera a «exponer». Yo venía de un lugar que hasta hace unos años era considerado increíblemente seguro, y poco a poco tuve que enfrentarme a experiencias poco gratas, así como a habitar y desplazarme por la ciudad aprendiendo a controlar el estrés y la paranoia.

Llegué aquí en el 2008, no obstante el primer terremoto que sentí fue hasta finales del 2011. Estaba terminando una trabajo final para la escuela cuando comencé a sentir que algo se movía. Supuse que era un camión, un metrobús, cualquier cosa. Cuando me percaté de que los cuadros en la pared se movían y algunas cosas del librero amenazaban con caerse, me levanté y caminé a la cocina, donde se encontraban el primo de mi roomie y mi entonces novio, para decirles «oigan, creo que está temblando». Los encontré lívidos, echados contra la pared. Yo no tenía miedo. «Calma», recuerdo que les dije, «ahorita termina». Pocos meses después, en marzo de 2012, en uno de los salones de la Torre de Humanidades de la FFyL, sentí el primer temblor que me puso en estado de alerta. Estábamos terminando una clase cuando uno de mis compañeros susurró «está temblando». Acto seguido, salió disparado hacia las escaleras. Segundos después, todos sentimos una sacudida que hizo que las paredes de madera crujieran y el ventanal gigantesco del pasillo comenzara a vibrar. Terminamos todos abrazados a unas columnas situadas frente al elevador de la Torre mientras por el ventanal observábamos a la gente salir de los edificios y concentrarse en el estacionamiento de la facultad.

Por alguna razón, yo vivía con la certeza de que a partir del terremoto del 85 la Ciudad había cambiado completamente, y que desde entonces se habían tomado las medidas necesarias, se habían instaurado los protocolos y regulaciones que aseguraran que jamás se volvería a repetir una tragedia de esa magnitud. Al menos, eso es lo que algunas personas aseguraban cada que salía a colación el tema. Y eso nos trae al incidente que nos atañe.

Trabajo en uno de los edificios en frente del Parque Hundido, en una oficina ubicada en el primer piso. El día anterior, la agencia de traducción había recibido un correo en el que nos informaban del simulacro conmemorativo, en el cual todos debíamos participar. Así que a las 11, en cuanto sonó la alerta sísmica, todos nos levantamos de nuestros asientos y salimos obedientemente para bajar las escaleras y dirigirnos al exterior. Recuerdo que una de mis compañeras jugaba conmigo: «No corras, Diana». Una vez afuera, la misma chica preguntó por la zona de seguridad. Resultó que ninguno de nosotros sabía cuál era, hasta que nos indicaron colocarnos en el camellón. Una vez que todos los oficinistas hubieron desalojado el edificio, inició el reingreso a los pisos.

Horas después, con el pretexto de estirar las piernas, me dirigí a la cocina para prepararme un té. No llevaba ni un minuto de vuelta cuando sentí cimbrarse el piso debajo de mi silla. Mi compañera de escritorio y yo reaccionamos de inmediato. Segundos después, en el instante en que mi mano alcanzaba la perilla de la puerta, comenzó la alerta sísmica.  Durante los pocos segundos que nos tomó llegar a la planta baja sentí que pasaron muchas cosas: las escaleras comenzaron a moverse frenéticamente; la chica que hace unas horas bromeaba conmigo se aferró a mi brazo mientras llegábamos a la salida; la puerta que daba al lobby (siempre abierta y atrancada con uno de esos topes de puertas de plástico) resultó ser pesadísima y casi se cierra en nuestras narices; al pasar el umbral de la puerta de entrada miré a la derecha: los oficinistas del edificio de a lado estaban amontonados, no podían salir porque caían ventanas y pedazos de la fachada de su edificio. Ya en el camellón, caí en la cuenta de que había olvidado mi celular (de todos modos, no tenía crédito para llamar, y debido a experiencias pasadas, supuse que no habría señal). Había una señora que gritaba, completamente aterrada, a varios edificios de distancia. Los siguientes minutos fueron de incertidumbre. La sensación del movimiento seguía, pero igual supuse que era algo del inconsciente. Comencé a observar a mi alrededor: el tráfico en Insurgentes estaba completamente parado. La gente seguía saliendo de los edificios. Yo seguía calmada.

Permanecimos cerca de una hora en el Parque hasta que se acercaron a informarnos que cerrarían el edificio para inspección. Para ese entonces yo comenzaba a recriminarme por no haber traído conmigo el celular («necesitas aprender a reaccionar mejor, a prepararte», decía para mis adentros). Protección Civil del edificio nos pidió que, por seguridad, sólo subieran unas cuántas personas por piso para bajar todas las pertenencias y entregarlas a sus respectivos dueños. Finalmente, llegan mis compañeros con todas las mochilas. Uno de los jefes nos dice: «Mañana todo normal». Yo lo miro con cierta incredulidad, pero asiento con la cabeza y me despido de todos. Uno de los traductores más jóvenes me pregunta que cómo me voy a regresar a mi casa. Para ese entonces ya muchos sabemos que no hay servicio en algunas líneas del metro. «Me iré caminando», le digo. Él me dice que quiere subirse al Metrobús para llegar a la línea 9 (vive en Pantitlán). Decidimos emprender el camino juntos, él intentaría subirse al Metrobús en la Nápoles y yo me seguiría caminando hasta Poliforum para pasar por mi perrita a la pensión. No habíamos avanzado ni 100 metros cuando caí en la cuenta de que la ciudad estaba paralizada. Los autos estaban detenidos sobre Insurgentes hasta Eje 6. Ahí, algunas personas intentaban manejar el tráfico con las paletas que he visto utilizar a los voluntarios que colaboran en el ciclotón. Pasando ese cruce, los Metrobuses completamente detenidos, formando una fila roja interminable. «Creo que tendrás que preguntar si sí hay servicio, Irvin», le digo a mi compañero. La gente avanzaba torpemente sobre los carriles de la avenida. Antes de llegar al cruce de Eugenia confirmamos que el Metrobús no estaba dando servicio: los camiones detenidos habían abierto sus puertas y comenzaban a bajar a la gente. Le ofrezco a Irvin mi tarjeta de Ecobici para que avance más rápido y llegue a Chilpancingo acortando camino por entre las calles de la Del Valle. «Gracias», me dice, «pero creo que de todos modos me seguiré caminando».

Nuestros caminos se separan al llegar a Metrobús Poliforum. Intento acercarme a una cafetería para ver si puedo conseguir señal de internet y utilizar el Whatsapp. «Sin servicio», dice un anuncio escrito en hoja de papel pegado a la puerta. Las luces están apagadas. Conforme cruzo la Nápoles veo más edificios cuarteados, vidrios tirados, gente abrazando a sus perros y a familias sentadas afuera de sus departamentos, esperando. Sumarle los escombros que llevan meses en las banquetas a causa de las obras de remodelación de Insurgentes y otras calles vuelve la escena mucho más caótica. El tráfico sigue. En Patriotismo tampoco hay semáforos y el tráfico está completamente detenido. La gente se cruza por entre los autos como puede. Es la segunda o tercera vez que pienso para mis adentros, desconcertada: «esto es una locura».

Finalmente llego a la pensión donde se queda mi perrita. Los trabajadores y el dueño están fuera del edificio. Antes de cruzar la calle, veo a una señora y una camioneta pasar a toda velocidad, gritando. Buscan a su perro, que salió disparado de su casa cuando sintió el temblor. «Todo bien», me dice el dueño de la pensión. Me entregan a mi perrita y caminamos hacia mi casa. El no verla alterada me hace sentir tranquila. En la entrada del edificio me encuentro con los vecinos. Dicen que al edificio no le pasó nada. Todos dicen encontrarse bien. Entro al departamento: sólo hay una cámara y un adorno que se cayeron del librero. Lo demás, intacto. Es entonces cuando comienza a entrar la marejada de mensajes a mi celular. 27 llamadas perdidas de mi hermana, otras tantas de mis papás. Mensajes de mis tíos: «Repórtate, tu papá está muy angustiado». Llamadas perdidas y mensajes de mis amigos más cercanos: «¿Estás bien?». Llamadas perdidas y mensajes de mi novio. Respondo uno por uno. Apenas cuelgo con mi mamá y a los pocos instantes vuelve a marcar mi papá. No sé por qué están tan preocupados… hasta que abro Facebook y comienzo a enterarme de todo lo que en realidad pasó.

Sobra decir que a partir de entonces comprendí la magnitud del acontecimiento, y que las siguientes horas sólo me la pasé pegada a mi celular intentando localizar y asegurarme de que la gente que quiero y que también vive en la ciudad se encontrara bien. De inmediato comencé a sacar cosas de la despensa para echarlas en una bolsa y llevarlas a un centro de acopio. Fueron horas que pasé en trance. Me volvió el acento norteño (como diría el célebre personaje: tengo miedo).

No fui a trabajar al día siguiente, ni al que le siguió, ni tampoco el viernes. Me dediqué a llevar víveres a un centro de acopio y a ayudarle a un amigo médico a verificar información en redes para que supiera a dónde dirigirse para formar parte de las brigadas. De la oficina nos pidieron que hiciéramos home office. Yo no había podido dormir. Me dolía la espalda y la cadera, pero se lo atribuí a haber cargado bolsas con despensa. De tanto en tanto creía escuchar nuevamente la alerta sísmica. Al despertarme por las mañanas, me sentía como si hubiera tenido cruda. De repente, me sentí terriblemente sola.

Es sábado por la mañana. Mi novio ya está despierto, preparándose café y alistándose para ir al diplomado que toma en el CIDE. Yo permanezco, entre sueños, dando vueltas sobre la cama. Estoy deliberando entre quedarme dormida un rato más (es la primera noche que no alucino la alarma sonando de la nada) o levantarme a pasear a mi perrita. Es temprano, adivino, seguro todavía ni dan las 8.

Entonces suena otra vez. Alerta sísmica. Me levanto ipso facto. De la puerta del baño, cerrada, escucho el agua cayendo de la regadera. Está temblando, le grito a mi novio, esperando que no esté ya dentro del baño. Tomo mi mochila. Lo escucho gritar «la Gorda no trae su collar». Por buscar el collar no me da tiempo de ponerme zapatos y así nos bajamos, yo descalza y él con la Gorda pescada del cuello. Atrás de nosotros vienen todos los vecinos. Todos apurados, todos pensando lo peor. Al llegar a la puerta del edificio esperamos en silencio. Por primera vez en la vida siento el corazón latiendo como si fuera a salirse de mi pecho. Rodrigo intenta sacar su celular para revisar Twitter pero le tiemblan las manos. Cuando regresamos al departamento, vuelvo a sentir ese dolor muscular en el costado. Mi novio se va. Abro Facebook y lo primero que aparece en mi newsfeed es un video de los niños del Rébsamen a quienes pudieron rescatar por entre las bardas que colapsaron. Los veo salir, todos empolvados, aterrorizados, llorando. Con las manos temblando pauso el video y ahora yo también comienzo a llorar.

¿Dónde estaba?