Coppelia Yáñez – Lomas Altas

¿Quién? Coppelia Yáñez

¿Dónde vive? San Juan, Benito Juárez

¿Qué nos cuenta?
El 19 de septiembre era martes y tenía una junta en «pincheslejísimos»: Lomas Altas, sobre Constituyentes, a las 11:30 de la mañana. «Nos va a tocar el simulacro en el camino», recuerdo que pensé. Iba pensando en mi junta; en un proyecto de trabajo largo y en otro que se nos estaba complicando y sobre el que tenía que platicar con mi cliente. El simulacro nos pescó a la altura de la terminal de Observatorio, pero yo traía el cerebro en otra cosa. Había logrado tener la conversación de trabajo y la junta había salido bien, y justo cuando empezábamos a cerrar el tema, ya con la intención de salir corriendo rumbo a la Narvarte (con mi psicóloga, a tres pasos de metro Etiopía), sentimos que la mesa y las sillas vibraron super fuerte. «Qué camión tan grande» –pensamiento idiota. No duró más de un nanosegundo, cuando todas nos dimos cuenta: era un temblor, tan fuerte que se estaba sintiendo en donde estábamos, que normalmente no se siente nada. Nos paramos y salimos, es un edificio de pocos pisos, con un patio central. Generalmente soy buena tomando mi bolsa de inmediato, pero solo atiné a cerrar la computadora y tomar el celular (o ni eso, está borroso. Traté de entrar por alguna cosa después y recuerdo que no me dejaban). Recuerdo las ventanas abiertas del edificio golpeteando, a las chicas con las que estaba trabajando asustadas; una de ellas, con hijas en la escuela, lloraba. Tratamos de calmarla suficiente, hasta que salió corriendo rumbo a su coche: «Voy por ellas». Me quedé en plan de «adulto responsable». «Tranquilas, recuerden que la señal de celular falla»; «Ahorita tenemos que esperar un poco»; «A ver, vamos a esperar noticias». Empezamos a localizar a familiares. La primera persona en quien pensé fue en mi psicóloga: no iba a llegar con ella. Después, mi marido. Luego, mi padre, que trabajaba en Av. Chapultepec hace 32 años (no puede ser, otra vez el mismo p…che día, que macabro sentido del humor del destino) y que ahora trabaja en la colonia Juárez… El resto de mi familia vive en una zona en la que jamás pasa nada (y ahora no fue la excepción. Gracias, azar). Quedamos un poco más tranquilas conforme fuimos encontrando a los nuestros, hasta que alguien recibió el famoso video de la Torre Mayor. Ahí nos dimos cuenta de que la cosa no iba a estar bien. Cuando por fin nos dejaron entrar de regreso, nos apiñamos en un área de trabajo. Al final nos dijeron que se supendía el trabajo por la jornada; ni siquiera soy empleada, pero estuvimos juntas y sobrevivimos. «Procuren no dejar nada, llévense lo que necesiten para trabajar desde su casa uno o dos días», yo instalada en superviviente, aunque en el 85 tenía 6 años. Empezábamos a calmarnos cuando alguien puso el video de nuevo, lejos. Solo escuchamos la alerta sísmica y nos levantamos como resortes, de nuevo al patio. Después de eso, fue decidir qué hacemos con el resto de nosotras: el tráfico estará imposible, pero no podemos quedarnos ahí, aisladas. Dos de nosotras viven en la Roma Condesa, otras dos en la Benito Juárez. Ya habíamos recibido noticias de las afectaciones en la Roma. Decidimos irnos las 4 en una sola camioneta. Compramos 5 botellas gigantes de agua, «para ayudar». No sabíamos a qué, ni a quién. Éramos un grupo de 4 mujeres asustadas, pero que estaban ahí unas para otras. Hicimos 3 horas de camino. Cada que una entraba en pánico, las demás la calmaban. La gente caminaba en ríos, dispersa. La más chiquita de las que íbamos en el coche preguntaba mucho sobre cómo había sido la ciudad en el 85; le respondía lo que podía (y me callaba algunas cosas: el olor a muerte, los 20 años de lotes baldíos y edificios dañados). Cuando una ya no pudo más y se quiso bajar a la altura de San Miguel Chapultepec, le dijimos que dejara sus cosas en el coche, le dimos dos botellas de agua, dinero en efectivo y una pila portátil para el celular. Las otras 3 llegamos hasta el sur, yo me bajé a 4 cuadras de mi casa y corrí. Llegué a abrazar a mi marido, a llorar. La calma que había logrado mantener con y por las otras chicas se rompió completa. Al día siguiente, fuimos a preparar sandwiches y quesadillas a casa de una chava que conocí en tuiter. La desesperación de no poder hacer nada que implique gran esfuerzo físico (yo tengo la espalda dañada, a mi marido lo operaron tres semanas antes) nos llevó a imaginar cómo hacer algo. Fue una tarde catártica y liberadora: nos sentíamos útiles, estábamos en territorio amigo, veíamos el fruto de nuestra chamba. Después, a buscar cómo más ayudar: en brigadas de entretenimiento con mis amigos de teatro; yo sola, de cuentacuentos. Hasta que se me agotó la energía física, primero, y después la mental/emocional. El sábado me topé sin querer salir de casa, llorando en la cama, sin más motivo que la gente, mi ciudad, el cansancio. Creo que ya estoy mejor. Me apunté para seguir en brigadas de entretenimiento mientras haga falta y el cuerpo aguante. Sigo teniendo mucho miedo de recorrer las calles y ver espacios vacíos en donde había edificios conocidos. Recuerdo las avenidas llenas de lotes baldíos del 85, las fachadas ciegas en la Roma durante toda mi infancia; los jardines que aparecían súbitamente (aquí hubo un edificio, ahora ya no, ahora es un jardín), los «estacionamientos» en el Centro Histórico que tenían siempre un dejo de ruina y tragedia. Amo vivir en la ciudad de México, me duele volver a pensar en los huecos que señalan muertos y pérdidas. Lo que me da esperanza es ver de nuevo a la gente en las calles, solucionando cosas. Ver a los chavos de la edad de mis alumnos tomando el control de la situación, sabiendo que pueden hacerse cargo de las cosas. Ya estoy teniendo que resolver cosas de trabajo, pero no tengo cabeza. Las prioridades del martes se voltearon de tajo y ahora solo logro pensar en mi ciudad y sus temblores y sus daños, en mis vecinos y su miedo y su solidaridad, en mis amigos de siempre y en los nuevos que se han formado en esta red de solidaridades que implica ayudarnos a sobrevivir juntos.

¿Dónde estaba?