Carlos A. Chávez – Ciudad Universitaria

¿Quién?

¿Dónde vive? CTM Culhuacán

¿Qué nos cuenta?
Cuando mi compañero de trabajo regresó a la oficina, le pregunté si el centro de acopio para Chiapas y Oaxaca en el Estadio Olímpico seguía abierto. La mayoría de las comunidades afectadas aun no recibía ayuda. Habían pasado casi dos semanas, fiestas patrias y la confianza en la desmemoria de México, pero las tragedias no se extinguen, sino que se alimentan con el tiempo. En redes sociales y algunos noticieros se denunciaba el provecho electoral y demagógico de la entrega de recursos para la reconstrucción. Yo confiaba en que la ayuda pudiera llegar mediante instituciones menos interesadas. Por desgracia, el centro de acopio de la universidad ya había cerrado. La noticia hubiera sepultado mi impulso solidario en el cementerio de ruinas y buenos deseos en que descansa la cotidianidad del país; yo hubiera refugiado mi desesperación en la somnolencia de la pantalla, pero empezó a temblar. Salimos de la oficina y nos unimos a la estampida que ya bajaba las escaleras. Nadie corría, ni se empujaba, pero me bastaba el miedo para sentir la violencia de la masa. El pánico nos rebasó tras el ruido de las ventanas rotas y el crujir de las vigas; una vez afuera, lo vimos huir, avergonzado. A la calma siguió un torbellino de llamadas y mensajes de Whats que aún no acaba: la Condesa y la Del Valle eran un desastre; algunos conocidos no contestaban. Me llegó la incertidumbre y un éxodo sin norte, ni oriente, como si todos temiéramos abandonar CU para escapar del desastre y a la vez ansiáramos irnos para confrontarlo. Me encaminé hacia mi casa, hacia Taxqueña, entre rumores de gente atrapada en un supermercado y un multifamiliar derruido. Afuera, numerosos estudiantes combatían el caos de la falta de transporte y semáforos, en un gesto de organización desinteresada y solidaria que sería la tónica de estos días. Por un momento quise creer que los daños habían sido mínimos, pero a medida que me internaba en la ciudad, codo con codo en la masa caminante, me di cuenta de ese mecanismo de defensa tan asumido que nos impide ver que la catástrofe está sucediendo día con día. En Miguel Angel de Quevedo, una señora pedía aventón a pesar de las risas de sus conocidos. Me pareció un gesto de lo más natural, pero la indiferencia de los automovilistas reflejaba que la ciudad vieja (su apatía, su conformidad) todavía no nos abandonaba. Llegué al supermercado entre gente con picos y palas; ya habían logrado sacar a toda la gente. La urgencia la reclamaba el multifamiliar, a unas cuadras. Decidí ir a mi casa, en la CTM Culhuacán, porque no tenía noticias de ella. Llegué gracias a un señor que nos dio aventón a muchos; el mío era su cuarto viaje. Encontré a mi rommie visiblemente asustado: estuvo a punto de quedar sepultado por unos voluminosos libreros. En la zona no había luz ni señal de celular. Oscurecía y nuestra aprehensión aumentaba. Salimos a revisar la colonia: había zonas donde el piso estaba agrietado y las bardas de una primaria se habían caído. Un taller mecánico estaba en escombros, pero fue acordonado rápidamente por la policía y la marina. La noche se resentía en el silencio apocalíptico de calles vacías, de dolorosa oscuridad. Nos llegó el rumor de que estaban asaltando por la ciudad, de que se esperaba una réplica, de que eran muchos los edificios derruidos. Impulsados por el deseo de comunicarnos, llegamos a casa de un amigo en Taxqueña. Yo me fui con otros amigos a Coyoacán, donde una amiga había dispuesto la casa de sus abuelos para quien la necesitara. Iban a pasar allí la noche y al día siguiente organizarían una brigada para alimentar a voluntarios y afectados. La amistad, el sentimiento de comunidad, atemperó nuestro insomnio. Nos contamos dónde habíamos estado, qué habíamos visto: a algunos les tocó presenciar la caída de un edificio a pocas casas de su hogar. Compartimos nuestra indignación ante la gente que aprovechaba la ocasión para la rapiña. Esa misma actitud había colaborado para el colapso de los edificios. Como en el 85, sentimos que la ciudad no se hundiría porque eramos muchos dispuestos a ayudar. El problema ´principal sería la desmemoria y la impunidad. A cinco días de terremoto se ha demostrado que podemos aspirar a una sociedad empoderada, cuya organización prescinda de la estructura partidista y corrupta que ha anegado a la urbe entera.

¿Dónde estaba?