Andrés Paniagua – San Rafael

Quién: Andrés Paniagua

Dónde vive: San Rafael

¿Qué nos cuenta?:

Me gusta ir a la barbería.

Siempre que voy tengo en mente que no se trata del corte de cabello per se, sino del placer encerrado en el salir de casa, sentarme en el sillón, platicar con la persona que atiende, chismear con mis vecinos. Tomar un refresco o una cerveza.

Soy una persona de ideas fijas. Me gusta ir por el mismo camino, usar el mismo corte, despertar a la misma hora. Estoy seguro de que en lo cotidiano reside la tranquilidad De ahí que el ritual sea tan importante para mí.

El martes, sin embargo, desperté más tarde de lo acostumbrado.

Salí del edificio alrededor de las doce treinta. Mientras caminaba recuerdo haber enviado un mensaje a Ivonne: “Iré a cortarme el cabello. Igual y después me lanzó a las computadoras de la escuela, es que la mía ya bloqueó el pinche programa que necesito”.

El local está a tres calles de la casa, así que no tardé ni diez minutos en llegar. Me sorprendió, eso sí, que estuviera vacío, pues a esa a partir de mediodía suele haber muchísima clientela. En fin, pronto me atendieron. Bebí dos vasos de agua. Mientras los mechones caían, la plática se animaba.

Poco antes de terminar algo como un zumbido sacudió los espejos.

“¿Sentiste eso?” preguntó el carnalito. “Pensé que fuiste tú” respondí.

En seguida me puse de pie. “Está temblando”. Corrimos hacia la calle.

Afuera las cosas ya eran caos. La gente corría por todos lados. Había humo o polvo o qué sé yo. El edificio de Telmex se tambaleaba. Nuestra visión se partía. Recuerdo a mi vecina llorar y correr hacia el kínder localizado frente a la barbería. Estoy seguro que iba a buscar a su niño. Algo parecido a una explosión nos hizo agacharnos. Silencio súbito.

Corrí a mi departamento. Otro golpe seco. Seguí sin voltear —después me enteraría que el golpe fue una barda cayendo en Rosas Moreno. No sé cuánto tiempo me tomó llegar a mi edificio. En la entrada una mujer ayudaba a mi vecina del 201— una mujer bastante mayor que vive sola—, las vi y esperé a que salieran. La viejita lloraba. En seguida subí corriendo. Dentro del departamento las cosas parecían más o menos normales. En el suelo un bonche de libros hacía compañía a la computadora.

Al poco rato llegaron mi padre y su esposa. Hasta ese momento no conocía la gravedad del asunto. Tuve mucho miedo. Tardé en conectar con mi madre y con Ivonne. El miedo creció. Tomé una mochila. Metí un libro, un cuaderno, agua, cargador de celular, chamarra impermeable y salí a buscarlas.

Cuando llegué a Reforma, el edificio donde trabaja mi madre ya había sido evacuado. Ella estaba afuera, asustada, pero viva. Me quedé con a su lado hasta que su esposo pudo recogerla. Más miedo. Decidí caminar para encontrar a Ivonne. En el camino pudimos, al fin, hablar: estaba sana y salva en casa de sus papás, en Lindavista. No estoy seguro, pero creo que me sugirió no ir hasta allá. Dijo que un edificio se había derrumbado. Es posible que mi consciencia esté distorsionando la brevísima conversación. De cualquier forma, para ese momento ya estaba segura y acompañada.

Caminé sin rumbo. En la Juárez un hombre había saltado de algún piso alto: el cadáver yacía en el suelo. Después sabría de más muertos. En la Roma encontré al Refri. Refri corría detrás de otras personas. Sin detenerse gritó “voy por cascos, se cayó un edificio en Álvaro Obregón”. Vi las ruinas.

Empíricamente comprendí la destrucción.

***

Volví a casa cerca de las 10 pm. Comí poco. No sentía hambre, sentía ansiedad. En redes sociales leí que hacían falta demasiadas cosas en demasiados puntos de la ciudad. Decidí tomar mi bicicleta y salir. Cargué una cobija, agua, latas de la alacena, una lámpara de minero. Ya era casi media noche.

***

Ahora mismo el reloj marca la 1:22 de la madrugada del 24 de septiembre. Se han cumplido cinco días desde que decidí salir de casa y ver dónde puedo servir de algo. Mi oficio es inútil, estoy seguro. Aun así, he tratado de que mis manos sirvan de algo. Desde el 19 de septiembre, solo piso base para dormir y comer. Apenas ayer pude llorar. Pedaleaba sobre Manuel María Contreras y lloré en movimiento. Ahora también estoy llorando, seguramente tiene que ver con el té que una señora me hizo beber. Era de hierbas medicinales o algo así. Me reconforta, sin embargo, ver en las calles un pequeño (gigantesco) ejercicio de anarquía y amor. A pesar de la hostilidad de militares y policías, los de a pie hemos creado una profunda amistad. Cooperamos, nos ayudamos, nos apoyamos. Jugamos con los hijos de otras personas porque, al final, también son nuestras hijas e hijos. Pasamos de mano en mano una tortilla o una botella de agua. Vamos a estar bien.

¿Dónde estaba?