Noemí Villa – Ciudad Universitaria

Quién: Noemí Villa

Dónde vive: Coyoacán

¿Qué nos cuenta?

Mi día comenzó normal. Mientras me preparaba para salir, repasaba lo emocionante que sería el resto de mi semana en la escuela principalmente. Acudí a mi entrenamiento de voleibol en las canchas de ingeniería en Ciudad Universitaria y nuestro entrenamiento tenía el ritmo de siempre, cuando de pronto, sin sospecharlo en lo más mínimo, todos los presentes sentimos un movimiento abrupto en la tierra. Por un instante creímos que se trataba del paso de algún camión pesado o algo por el estilo, pero al sonar la alerta sísmica con su retardo, apresuramos nuestros pasos al centro de la cancha. Transcurrían los segundos y el movimiento que comenzó como trepidatorio, pasó a ser oscilatorio. Vimos los árboles de los alrededores moverse un tanto violentamente mientras algunos estaban asustados y otros comentaban lo inusual del retardo de la alerta. Al terminar el siniestro corrimos en busca de nuestros celulares para marcar a nuestros seres queridos, algunos tenían señal, otros la habíamos perdido. Al calmarse el furor de minutos atrás y tranquilizarnos con la idea de que en ese sitio, a no ser que se abriera la tierra, no corríamos peligro, retomamos muy brevemente la actividad, solo esperando que esos minutos de más que pudiéramos permanecer en la universidad sirvieran para que el caos que seguramente había afuera pasara.

Cuando nos evacuaron y me dirigía hacia mi casa fue que comencé a percatarme, de poco en poco, de la gravedad del asunto. Tuve señal en el camino del campus a Copilco así que tuve la oportunidad de comunicarme con mis padres, quienes me contaron que en casa el pánico cundió más que en CU: nadie alcanzó a salir del edificio donde habitamos y muebles y cosas comenzaron a moverse y caer, el ruido atemorizó a todos e incluso les hizo pensar que ya no iban a salir de ésta; nuestras mascotas tampoco habían alcanzado a ser evacuadas, quedándose dentro del inmueble, lejos de mis papás. Al saber esto me apresuré a llegar, al tiempo que mensajeaba a otros familiares e iba viendo las multitudes de personas reunidas en espacios abiertos y también cerca de los locales con televisor para ver las noticias. Yo sólo quería estar en mi hogar. Al abordar el camión perdí la señal y mis mensajes a amistades no alcanzaron a salir.

El recorrido en transporte fue de lo más largo y mi batería estaba también muriendo. Cada tantos metros podía ver detalles que me indicaban que éste no había sido un terremoto cualquiera como el de la semana pasada, pues en los sitios con semáforos que no servían había ciudadanos colaborando con los policías de tránsito para hacer lo más eficaz posible la circulación de vehículos y entre más cerca de mi casa estaba más estragos, aunque leves, comenzaban a hacerse evidentes: escaleras de entrada derrumbadas en las casas, ventanas caídas, transporte público que circulaba en otra ruta debido a que la suya estaba imposibilitada, lo más grave fue un negocio acordonado por avenida Santa Ana cuya planta baja había sido medianamente aplastada y que se encontraba ladeado.

Al arribar a mi destino me esperaban mis padres que se encontraban en mayor calma, y quienes me contaron nuevamente el temor de su experiencia y seguían si duda asombrados. Ellos ya habían vivido el terremoto del 85 en el mismo sitio, así que temieron lo peor con más razón puesto que no se sentían seguros de que la edificación pudiera resistir otro estrépito de la tierra igual de fuerte. Todo el día no tuvimos luz, ni gas o agua con la cual lavar algo, nos servimos de la radio de los celulares para enterarnos de la situación. Mi angustia no era realmente tan grande ese día, fue hasta el día siguiente que comencé a presentar una ansiedad con la que apenas y podía. Quizás esto ya cabe en una situación mucho más personal, pero comenzar el día con electricidad y percatarme de que ninguno de mis amigos se había preocupado por mí a pesar de ver que ellos si habían tenido señal en sus teléfonos (o luz, no estoy segura cuál de las dos) y a pesar de que, por suerte, tampoco se encontraban en una mala situación, me deprimió bastante, y tener a la mano las noticias de la televisión que solo podían girar en torno a los escombros y víctimas atrapadas en ellos, todos los contactos en Facebook compartiendo noticias y mensajes sobre albergues, recepción de víveres…todo eso superaba cualquier desastre que hubiese vivido antes (porque ninguno había causado inconvenientes en la ciudad y llevo una vida relativamente corta y sedentaria como para haber experimentado otro evento de esta magnitud en otro sitio). Mi mayor preocupación recaía en que hubiera una réplica, no dejar a mi familia una vez más, y muy especialmente a mi gato. Tener tres mascotas hace que situaciones imprevistas de este tipo sean más complicadas de manejar, temía que quedaran solo una o dos personas en casa a cargo de sacarlos a ellos, no me imagino la vida sin ninguno de mis seres queridos y mis perros y gato son parte de ese grupo. Así que solo pude sentir la impotencia y la ansiedad de no salir y estar saturada de información de la gravedad del asunto, y aun cuando trataba de consolarme con la idea de que mucho ayuda el que poco estorba y de que a mí no me había pasado nada grave, no podía evitar sentir que estaba siendo egoísta y me castigaba con más cargas de angustia por ello.

Ahora solo deseo poder formar parte de la ayuda que se seguirá necesitando más adelante, cuando el furor pase y probablemente queden menos manos para apoyar, cuando mi ánimo se recupere pues pese a sufrir ansiedad y depresión sé que puedo cooperar cuando mi estado es sereno. Quiero saber que todos nos repondremos lo mejor posible.

¿Dónde estaba?