Mónica Martínez – INBA

Quién: Mónica Martínez

Dónde vive: Coyoacán

¿Qué nos cuenta?

El simulacro ya había pasado. Por fin podía escuchar música y dar play a mi día laboral, sonorizado por Tim Maia. De repente el funk se interrumpió por el grito de Estela «Está temblando!» y todo comenzó a vibrar y a caerse y las chicas de mi equipo sólo daban vueltas sin saber si agarrar el celular y correr, si regresar por la bolsa y correr o sólo correr.

Salimos todas al pasillo, el miedo me pegó en el corazón al darme cuenta que la vibración no paraba y mis compañeras rezaban mientras trataban de correr-refugiarse-entender lo que pasaba. Todo paró y salimos por las escaleras, sólo para encontrarnos a Doña… a una Doña que con bastón y joroba a cuestas trataba de huir del edificio. Podía sentir la desesperación de las 20 personas que hacíamos fila detrás de la Doña y sentí miedo. Sentí miedo de que la ansiedad nublara la razón y alguien hiciera algo imprudente. Salimos.

Ya afuera del edificio mis pensamientos se encimaban unos sobre otros: «Jorge fue a la oficina? ¿Dónde está Alonso? El bebé! Mi Jagger!! Qué bueno que mis papás están fuera» No hay señal. No hay Internet. Hace calor, yo de negro y no puedo lograr ni una pinche llamada.

Después de la desesperación>resignación prendo el «piloto automático» mental. No hay transporte, así que hay que caminar sobre Reforma, entre la gente en pánico, carros chocados, camiones del ejército y una camioneta negra rotulada «Umbrella Corporation» (¿pueden creerlo?) mi estado numb no me da la sinapsis para tomar la debida foto, y sigo mi camino.

Entre la confusión, el cansancio y el calor, Maru nos ofrece su casa como refugio. La Cuauhtémoc es un desastre: vidrios, edificios hechos sándwich, gente atónita, ambulancias, la Diana Cazadora rodeada de autos desesperados y peatones kamikaze. Recuerdo pensar: «Más miedo me da la gente» y no parar de tararear a los Smiths «Panic on the streets… Panic on the streets…»

2-3 horas después (no recuerdo bien) Estela y yo nos «aventuramos» a dejar el refugio y caminar hacia metro Hidalgo, lo que por fin me da un poco de espacio para respirar y pensar. En mi trayecto siento por primera vez algo de solidaridad de un grupo de ciclistas llevando a la gente que iba para la Villa.

Afortunadamente el metro funciona y me dirijo al sur, donde «todo se cayó», donde «no se puede llegar». El vagón va semi-lleno y no puedo sentarme (no quiero sentarme, porque me da miedo que algo pase), ansío que la parte subterránea acabe y cuando por fin salimos, veo un edificio afuera de San Antonio Abad colapsado.

Hasta la terminal Taxqueña experimento una sensación rara: todo es igual pero no es lo mismo. Hay tráfico y gente en la calle, pero el tráfico está lleno de ambulancias y la gente corre. Hay edificios que me son familiares, pero están craquelados.

En el paradero el contraste incrementa: por un lado, hay gente corriendo a sacar a la gente del Soriana y por el otro, la Terminal del Sur está desierta y sin luz. No hay taxis, no hay micros, todos corren al Soriana o tratan de trepar en los pocos camiones que hay. Nuevamente, me resigno y camino hacia el punto de reunión familiar.

Mi objetivo es llegar antes de que oscurezca, ya escuché que andan asaltando. Miramontes se convierte en el camino de peregrinos, cuadrillas de motociclistas con víveres y equipos de la Cruz Roja. Las personas que vamos caminando aplaudimos a aquellos que van en caravanas con palas, bolsas de comida y agua; pero también somos apoyados por los vecinos que nos ofrecen un poco de agua e invitan a descansar en las sillas y bancos que habían instalado en la calle.

Por fin llego a Santa Ana. Las compras de pánico obligaron a todos los locales a cerrar, veo filas de personas esperando comprar en el Extra y el Seven Eleven ya ni da servicio. A lo lejos veo que ya acordonaron las calles contiguas a la casa de mis papás: un edificio se derrumbó y caigo en cuenta que al igual que yo, la pesadilla tectónica recorrió toda la ciudad.

¿Dónde estaba?