José David Torres Martínez — Ciudad Universitaria

Quién: José David Torres Martínez

Dónde vive: Iztapalapa

Qué nos cuenta:

Me encontraba en la Facultad de Filosofía y Letras, en el edificio de Posgrados en el último piso y en el último salón. La clase transcurría con normalidad hasta que el piso comenzó a brincar, en ese instante todos nos replegamos en una pared de madera que se movía de su lugar con el temblor (no pudimos acercarnos a la pared marcada con el letrero «zona de seguridad» porque había mesas recargadas a ella). En el momento del temblor lo único que pensé es que iba a morir, así que comencé a orar el «Padre Nuestro» y a ver a mis compañeros y a la profesora, la cual se había tirado al suelo por no poder soportar el movimiento de pie. Miré a la ventana y parecía que el edificio se impactaba contra lo que había al lado y expulsaba montones de tierra.

Lo que creía que era mi última oración de la vida terminó al mismo tiempo que el movimiento trepidatorio de la tierra y posteriormente todo mi grupo recogió sus cosas y salió. En el estacionamiento todos hablábamos de que nos salvamos por suerte, de pronto reaccionamos: «Se supone que en Ciudad Universitaria no se sienten los temblores, ¿verdad? Entonces la ciudad ya no existe». En eso me encontré con dos amigas que comparten mis creencias religiosas (Metodismo) y nos consolamos mutuamente y buscamos la forma de contactar a nuestros familiares, los cuales se encontraban bien.

Tras tres horas decidimos acercarnos al metro y regresar a nuestros hogares (claro, teniendo fe en que seguían de pie), por mi parte tuve que tomar un pesero en la estación Zapata porque la línea 12 y 8 estaban cerradas. Estuve tres horas esperando en la fila. En el camino vi muchos edificios desalojados, un ambiente de tristeza general, pero también solidaridad: la gente ofreciendo sus automóviles para transportar al extraño y dentro del camión la gente estuvo dando su lugar a los que los necesitaban y cargando a niños ajenos. Al llegar a mi casa me encontré con más solidaridad, pues, debido a que unos edificios cercanos se dañaron, los vecinos abrimos nuestras casas para recibir a estas personas.

Hoy es el sábado siguiente al seismo y me ha tocado ver de todo, gente ayudando y gente dañando. La solidaridad y amor pareció crecer a través del voluntariado, pero en las calles han aumentado los asaltos a mano armada, al igual que en el transporte público y la policía se niega a levantar las actas de denuncia.

¿Dónde estaba?