Janett Castillo Valadez – Roma Sur

Quién: Janett Castillo Valadez

Dónde vive: Roma Sur

Qué nos cuenta:

Acabamos de mudarnos a unas oficinas increíbles en la colonia Roma Norte, la verdad estábamos muy contentos por el nuevo lugar: más grande, más bonito, el jardín está hermoso y nuestros lugares de trabajo más.

Sabíamos que habría simulacro, sin embargo a nadie le importó mucho. Recuerdo que un amigo y yo, bromeábamos imitando el sonido de la alarma sísmica; lo cual se robó varias carcajadas. Después de una horas la tierra se movió, me levanté de mi lugar, tomé mi teléfono y hasta mis audífonos, camino a la salida el pánico se apoderó de todos, corrían, gritaban, se empujaban. Cuando salí a la calle no entendía que pasaba hasta que un compañero me cogió del brazo y me condujo al Parque Río de Janeiro, acepto que fue una de las caminatas más desconcertantes de mi vida, hiperventilaba y veía como el humo salía de algunos departamentos.

Después de horas, nos reunimos en grupos y nos fuimos caminando, quería irme ya, mi casa está a unas cuadras de la oficina y necesitaba saber que mi novio y mi gato Valentino estaban bien. Caminar hasta él fue un martirio, edificios colapsados, vidrios en el piso, cascajo, más escombros y más edificios que parecían lánguidos, como de papel, gente aterrorizada; yo no sabía nada de mi familia, nada de mis hermanas, de mi casa, de mi gente. Sólo se veía el terror tapizando cada paso que daba. Al llegar, mi chico y mi gato estaban sentados a lado del edificio viendo hacia la nada, los vecinos a fuera y un auto con el radio a todo volumen. Cuando los vi el alma me regresó al cuerpo en un solo sollozo. Él solo me dijo: «Estamos bien, pero acá atrás se cayó un edificio; cámbiate los zapatos y vámonos a ayudar.»

Al llegar lo único que pensé era en que, si me abandonaba a la idea de seguir pensando en mi que no sabía de mi familia y que mi celular estaba muerto, sólo me haría enloquecer. La jornada no fue fácil, nadie nos enseña a ayudar, nadie nos dirige; pero en medio del escombro, el orden se manifestó en 3 filas humanas que recibían botes llenos de escombro para vaciarlos y volverlos llenar. Esas mismas filas humanas eran los pilares del camino de carretillas de civiles que corrían para agilizar el proceso. Cuando volteaba al rededor solo veía personas sudando, gritando, como decimos: en chinga. A veces me reunía con más personas para repartir agua, electrolitos, cubre bocas, gritar que necesitábamos separarnos porque estábamos demasiado junto, a veces se escuchaba: «¡ahí va la carretilla, aguas!, ¡silencio!,¡sepárense, sepárense!» Hasta que los aplausos se dejaron venir, «¡ENCONTRARON A ALGUIEN!» y todo el esfuerzo se aceleró hasta que los aplausos volvieron a manifestarse más fuerte por unos cuantos segundos, porque así como la persona que se logró sacar, seguro había muchos más. No recuerdo en qué momento salimos, sólo sé que nos quedamos sin comida, que visitamos más lugares, que la Roma estaba a oscuras, que mi teléfono no enlazaba y que un teléfono en la calle Monterrey, me regresó la tranquilidad cuando timbró al celular de una de mis hermanas; la cual se manifestó en llanto de alegría cuando escuchó mi voz: «¿Nane?, ¿estás bien?»

¿Dónde estaba?