Irasema Fernández – Cuauhtémoc

Quién: Irasema Fernández

Dónde vive: Colonia Cuauhtémoc

Qué nos cuenta:

Esta mañana del 23 de septiembre sonó la alarma sísmica a las ocho am., todos salimos de nuestros edificios lo más pronto posible esperando lo peor, un temblor más intenso que el del pasado 19 de septiembre. Afortunadamente el sismo fue menor, pero el pánico en nuestros rostro podría medirse en escala Richter. Hay un clima postraumático en las calles, una sensación de desamparo y orfandad. Entonces recordé que los queridos Marisol y Roberto crearon este espacio para compartir, para conmovernos y abrazarnos en conjunto.

El sismo me tocó en el séptimo piso de la Secretaría de Cultura Federal, subía las escaleras cuando una señora salió despavorida, me miró y dijo «está temblando». Paré en seco y sentí cómo la tierra comenzaba a moverse. Muchas personas –trabajadores de la SC seguramente vivieron el terremoto del 85– comenzaron a gritar y a llorar. Sin embargo, nadie corrió. Todos, pese al pavor, actuaron con coherencia, tal vez por el simulacro que tuvo lugar un par de horas antes o porque entendimos que la gravedad de la situación nos superaba. Intenté caminar nuevamente, pero ya no podía. Alguien me jaló del brazo «quédate aquí, no te muevas» y nos pegamos a una de las paredes del edificio. Nos abrazamos fuertemente con un cariño de protección y terror mutuo. Nuestros cuerpos formaron un centauro de cuatro patas que quería mantenerse en pie. El techo comenzó a desprender un polvo ligero, los plafones caían en pequeños pedazos y las luces comenzaron a fallar de modo intermitente. Los cuadros comenzaron a romperse en el suelo. Las escaleras crujían. No tuve tiempo de tomar mi celular cuando comenzó la evacuación. Salimos a la calle como si el edificio nos hubiera abortado, como una madre lacerada que, a pesar del impacto, no nos devoró dentro de su vientre.

La avenida de Paseo de la Reforma estaba llena de personas, parecía un contingente de celulares y llamadas telefónicas, una marcha estática de gente angustiada con la mirada fija en sus pantallas. Como yo no tenía el mío a la mano, no tuve más remedio que mirar a los demás. Pensé en los departamentos de mi madre y de mi padre, ambos viejos. Pensé que mi familia estaría preocupada por mí y no tenía noticias de absolutamente nada. Privada de la telecomunicación, me sentí en otra época, como si mi terremoto hubiera sucedido hace 32 años. Una chica me dejó entrar a mi facebook desde su celular y envié un mensaje general a mi familia, deseándolos bien y seguros. Después me dirigí a la casa de mi papá, que se encuentra en la misma colonia, porque pensé que desde ahí podía conectarme a internet y llamar a todos; caminé por Paseo de la Reforma desde Insurgentes hasta la altura de la Torre Mayor. El sol pegaba fuerte y yo tenía bronquitis. Me abría paso lento entre esos nuevos árboles enraizados que eran las personas. Me acordé de la película The girl with all the gift donde los zombies más viejos estaban inmóviles y de pie por las calles, dormidos y dejándose balancear con el viento, de ellos salían plantas con esporas que propagarían el nuevo virus.

Llegué a la casa de mi papá caminando sobre vidrios rotos como si se tratara de un rito iniciático. Los vecinos de mi adolescencia estaban afuera «para qué entras, no hay luz, ni teléfono». Aun así entre, para ver si encontraba algo con qué comunicarme. Pasé al baño, guardé mi ropa en una bolsa como si nada hubiera pasado, comí algo del refri y me quedé inmóvil. Se escuchaban los helicópteros en el cielo, las ambulancias y los bomberos. Ya habían pasado 40 minutos del temblor. Noté que seguía en shock y que aún no sabía nada de mi familia. Tomé mis cosas y salí de nuevo a la calle para ir a casa de mi mamá en la colonia Hipódromo Condesa. No había transporte público ni ecobicis, así que caminé otros 40 minutos. A mi paso, crucé por la Roma y la Condesa, hasta ese momento dimensioné la gravedad de lo que había sucedido. Pasé por el edificio caído de Ámsterdam y Laredo y sentí una tristeza absoluta. El edificio parecía un pastel derretido, vomitado sobre la avenida. Me encontré a Felipe, mi amigo, quien también se encontraba en shock. Me eché a correr a la casa de mi mamá esperando que no sucediera lo mismo. Cuando llegué la zona estaba acordonada por un edificio de 11 pisos al que se le quebraron las válvulas del gas y más de 3,500 litros necesitaban volatizarse. La casa de mi mamá estaba en pie. Llegué a abrazarla, por fin sentí que había tocado tierra. Ella me dijo que todos estaban bien. Su celular se había quedado sin pila, así que no pude llamar a nadie, pero todos estaban bien. No había luz en ningún sitio. Salí a buscar comida a la avenida Insurgentes y vi otros edificios gravemente cuarteados. Miles de personas peregrinando la avenida, caminando de norte a sur, ¿hasta dónde irían? ¿Cuánto tiempo les tomaría llegar a casa? El olor a gas se extendió por todos lados, la ciudad estaba colapsada. Encontré unos tacos de mixiote y los llevé a la casa. Me quedé con mi mamá unos minutos, pero sentí que no había más que hacer, así que regresé a la calle, al edificio caído de Ámsterdam.

Eran las cinco de la tarde y ya había miles de personas que formaban parte de las filas para levantar escombros y pasar cubetas vacías de nuevo a los militares, para que las llenaran con más escombros. Me formé. Entre todos cuidábamos nuestras manos «cuidado con el alambre», «metal», «tiene astillas», «cuidado que está pesado», y era porque había ladrillos más densos y pesados que otros. Puños arriba, silencio y descanso. «No se desanimen, no rompan filas, están organizando los escombros, tenemos que esperar veinte minutos», «apaguen sus celulares, huele a gas». Estaba atónita con cada pedazo de escombro que pasaba por mis manos: paredes rosas, pedazos de baño, pared azul turquesa, una lámpara aplastada y todo tipo de concreto en la misma construcción. Quería imaginar cómo fue la vida antes de ese momento, quería observar a detalle un pedazo, pero sentí pena de mi morbo. Había gente más acelarada que otra, un tipo que estaba a mi lado me rasgó la mejilla con un tubo de pvc largo que estaba pegado a un pedazo de concreto. Ni siquiera volteaba a mi dirección cuando me pasó el bloque. Grité «¡Ay!». Y lo odié muchísimo, pero entendí que no era momento de hacer reclamos. Él mismo notó el tamaño de su imprudencia y fue muy cuidadoso en adelante. Llegaron unos chicos en motocicleta que gritaban «¡Por favor, necesitamos ayuda! En la calle de Puebla y Valladolid cayó un edificio y casi no hay gente que ayude a quitar escombros.»

La fila de escombros en la que me encontraba se dispersó rápidamente, así que decidí ir a la calle de Puebla. Sin notarlo, iba con un grupo de cinco personas. Platicábamos entre nosotros. Muchas calles estaban bloqueadas y tuvimos que rodear el doble para llegar a la calle de Puebla. Cuando estábamos muy cerca nos dijeron que no podíamos pasar. «Váyanse. No se pueden acercar si no tienen máscaras de gas, porque el edificio era un laboratorio químico y hay gases tóxicos en el ambiente». Así que nos fuimos de vuelta a Ámsterdam. A nuestro paso pedían sábanas para envolver a los cuerpos que sacaban de los escombros. Pasamos por el edificio caído de Álvaro Obregón, el primero en ser reportado, dicen. Nos unimos a una fila de medicinas y víveres. Era impresionante ver la cantidad de ayuda que la gente entregó en unas cuantas horas. Sleeping bags, sábanas, medicamentos, comida, agua. Estábamos conmovidos. Por un momento tuve una regresión a la infancia, parecía que jugábamos al teléfono descompuesto. «¿Qué hace falta?» Preguntaban las personas que habían improvisado un centro de acopio en la calle a tres kilómetros de distancia, y el mensaje se pasaba a gritos hasta el otro lado, donde ya se encontraban los médicos «Alcohol y gasas, alcohol y gasas, que alcohol y gasas.» «¿Qué más?, ¿qué más?, ¿qué más?» «Pilas y medicamentos», etc. Éramos hormigas que tocaban sus antenas con la voz del otro por primera vez. Me impresionó mucho ver que casi todos teníamos la misma edad, éramos millenials, los jóvenes apáticos quienes nos pasábamos de mano en mano las cosas. La fila cumplió su función en menos de 15 minutos. Éxito. Ya no necesitaban más por el momento, los médicos estaban cubiertos. Llegamos de nuevo al edificio de Ámsterdam y me formé en la fila de cubetas vacías. Al parecer, casi todos preferían estar en la fila de escombros, tal vez tenían el mismo morbo que yo. Les grité «si alguien está cansado de cargar escombros podemos cambiarles lugar por la fila de las cubetas», respondían «gracias», pero nadie dejaba de cargar. Pronto nos dieron agua y sandwiches, tal vez en exceso. Se hacía de noche y era difícil poner atención a los fierros de los escombros. Pedían lámparas, sierras, extensiones y más cubetas. Recordé que mi papá tenía algo de eso en su casa. Pasaban de las nueve de la noche cuando decidí ir por las herramientas.

Cuando llegué mi papá me estaba esperando. Quería volver de inmediato pero él me dio calma. «Tranquila, come algo, descansa y te llevo en una hora». Eso hice y también me llevó a la farmacia para comprar medicina para la tos que se había agravado con el polvo. Regresé a las 11 pm. Entregué las herramientas y quería seguir ayudando, pero me di cuenta de que era completamente inútil. Las filas se habían reducido porque ya no había que depositar los escombros hasta Parque España. Habían llegado unos camiones de carga por lo que sólo había que trasladar los escombros 50 metros. La gente se amontonaba, había más mirones que colaboradores. Después de un rato me regresé caminando a la casa de nuevo. Hace mucho tiempo que no caminaba tanto. Sentí cansancio. El terremoto nos movió muchas cosas internamente. Llegué a casa y me senté a ver las noticias. Ya había luz. Vi los videos de cómo la gente experimentó el terremoto, me enteré de lo que había pasado en otras colonias, la escuela Enrique Rébsamen, la marina, los topos, los perritos rescatistas, los edificios caídos, etc. Mi papá me prestó un celular, entré a las redes sociales y comencé a leer, como ahora, a todos mis amigos y el trabajo tan hermoso que desde ese momento se estaba ejecutando. Me conmoví hasta las lágrimas.

¿Dónde estaba?