Eloy Caloca Lafont – Tec de Monterrey CCM

Quién: Eloy Caloca Lafont

Dónde vive: Tec de Monterrey CCM

Qué nos cuenta:

Toso mucho. Mi nariz sangra poco, de vez en cuando. Fuera de eso estoy bien. Muy afligido, probablemente. Al momento del sismo estaba en las instalaciones del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México. Como todos los días, entré, saludé al guardia y mostré mi credencial.

Ese día tenía una junta importante en la planta baja de la biblioteca con académicos y autoridades de la institución para hablar sobre un proyecto que hemos impulsado desde el año pasado: los laboratorios ciudadanos. Los que conformaban la junta, Inés Sáenz, Paola Ricaurte, Pablo Ayala, Juan Freire, Antonio Lafuente, Daniela Jasso, Lourdes Epstein, Miguel Nájera, Enedina Ortega, David Gómez, Mariel Zasso e Itzel Yllescas llevaron un pastel para que todos lo compartiéramos, minutos antes de empezar con la agenda de asuntos a tratar. Un día antes, el 18, había sido mi cumpleaños. Cantamos «Las Mañanitas», comimos, reímos, nos abrazamos y charlamos. Poco después fue el simulacro sísmico de las once de la mañana. Hicimos lo que correspondía, como muchos capitalinos. Desalojamos el edificio, nos ubicamos en una gran explanada al exterior de biblioteca, y esperamos el fin del ejercicio. En ese entonces seguíamos platicando y sonriendo. Caminábamos despacio, sin preocupación.

Dos horas más tarde repetiríamos aquel recorrido, de la biblioteca a la explanada, pero corriendo, burlando escombros, jadeando o gritando. Para las 13:15 ya había comenzado la junta. No escuchamos la alarma sísmica, pero los jalones del espacio visible, los crujidos de las paredes y los trozos de concreto que caían del techo evidenciaron el comienzo de un terremoto. Alcancé a ver cómo Pablo Ayala salió diligentemente del edificio, así como Paola Ricaurte, quien, según me enteré después, se fue valiente y velozmente en ese momento a la escuela de sus dos hijos, Diego e Isabella, por Avenida Miguel Ángel de Quevedo, para abrazarlos y consolarlos. Recuerdo agachar un poco la cabeza, por el polvo, buscar la salida con la mirada y tomar a Itzel Yllescas entre los brazos, motivándola a caminar muy de prisa. Itzel es mi novia desde hace tres años y medio. Antes de salir de la biblioteca ella tropezó, cayendo de rodillas. Las ventanas que circundaban las puertas del edificio estallaron. Itzel cubrió su rostro con ambas manos. Perdió los lentes. No pude ayudarla a pararse, pero la arrastré un poco, hasta la entrada. Ahí logré levantarla. Le prometía que estaríamos bien. Le decía, «ven», «vamos». Me sentía seguro abrazándola. Ambos salimos, entre vidrios rotos. Ya afuera, vimos cómo la biblioteca frente a nosotros se cuarteaba. Al interior, caían algunos ladrillos y cascajo. David Gómez cruzó la puerta de salida. Segundos antes, según me contó después, había sostenido a Antonio Lafuente, quien tropezó entre los escombros, ayudándolo a salir. Ese joven español, David, siempre estuvo a la altura de las circunstancias. «Tengo mucho miedo», me dijo. Yo sentía exactamente lo mismo. Lo abracé y continué abrazando a Itzel. Vi salir a los demás. Estaban bien, pero consternados. Después, llegó un guardia de seguridad del Tecnológico. Nos ubicó en una explanada, fuera de peligro. Ahí, apenas empezarían las horas más difíciles. No teníamos señal de teléfono celular ni Internet. Me preocupé por mis abuelos, quienes viven del otro lado del Periférico, entre Insurgentes y San Antonio. Gracias al teléfono de Daniela Jasso pude contactar a mi madre. Daniela también estaba muy preocupada por su familia. Creo que le escribí a mi mamá «Estoy bien soy Eloy fue desastre» o algo parecido. Inés Sáenz se había herido la mano, Miguel Nájera tenía una contusión en el pie que más tarde resultó ser el peroné roto, y aunque los demás estábamos sin heridas aparentes, nos encontrábamos muy nerviosos y tristes. Los estudiantes del Tecnológico empezaron a organizarse. Se prestaron los celulares unos a otros, los que estudiaban medicina, revisaban a las compañeras y compañeros lastimados, preguntaban a gritos por alguna amiga o amigo extraviado, y se fortalecían entre sí. Alguien pidió apoyo. Del otro lado del campus se requerían medicamentos, material de curación y agua potable. Pablo Ayala y yo acudimos corriendo.

Conforme cruzábamos el Tecnológico fuimos testigos de la magnitud del desastre: el Salón de Congresos estaba un poco descarapelado, los edificios de Aulas tenían boquetes, ventanas rotas y derrumbes, y la preparatoria había sufrido graves daños. Pero lo peor estaba por venir. Sacamos del Servicio Médico de la universidad algunas gasas, jeringas y sueros, y las juntamos con varias botellas de agua en un carrito parecido a los de un supermercado. Llevamos el carrito hasta una gran fila de alumnos. Ahí nos enteramos que los puentes entre la cafetería y el edificio contiguo habían colapsado, dejando varias personas atrapadas al interior. Lo que alcancé a mirar fue una pila de escombro, hormigón y enormes andamios metálicos. Me desplomé. Lloré un poco, por todos los que estaban extraviados. Las alumnas y alumnos, solidarios, buscaban la forma de retirar trozos de construcción. Vi a uno de mis profesores, Uriel Caballero, cubierto de polvo, con un tapabocas, apoyando en la labor de rescate. Sin embargo, los esfuerzos aún no eran suficientes. Un alumno filmó la zona con su teléfono celular. Decía, «Tec de Monterrey, Campus Ciudad de México…Tec de Monterrey. Difundan, difundan». Vi a algunos policías ingresar a las instalaciones y apoyar retirando escombro. Más tarde, lo mismo harían elementos de la Cruz Roja Mexicana y Protección Civil.

Ante lo que ocurría, los presentes hicimos una oración, muy angustiados. Después, llegaron elementos de la Marina y nos evacuaron ordenadamente del campus, pues iban a ingresar maquinaria pesada. Me reuní en la explanada posterior con Itzel y David. Salimos del Tecnológico y encontramos un taxi que generosamente nos llevó lo más lejos que pudo, hasta la Avenida Popocatépetl, cerca de la Cineteca Nacional. Acompañamos a David a su casa por ahí. Luego, caminamos desde ahí hasta Insurgentes y San Antonio, con mis abuelos. En el camino observamos gente con letreros con mensajes de ánimo. Otros, decían «¿Necesitan transporte? ¡Los llevamos!» Y otros más, preguntaban si estábamos bien. Pasamos por el exterior de Plaza Universidad, avanzamos por la Avenida Félix Cuevas y caminamos parte de Insurgentes. Los expendios estaban cerrados y en las calles no había luz ni transporte. Finalmente, nos reunimos con mis abuelos y pasamos ahí la noche. Vimos en la televisión muchas otras historias: edificios desplomados, testimonios y llantos, pero también gestos solidarios y generosos. Al día siguiente, apoyamos un poco en un centro de acopio de la zona y caminamos por las colonias Condesa y Roma, hasta llegar a la Tabacalera. De ahí tomamos un tramo de Metrobus y llegamos al norte de la ciudad, por La Raza. En todo lugar había personas apoyando, repartiendo víveres, cargando palas y picos, llenando camionetas y camiones. Así lo vivimos.

¿Dónde estaba?