Eloísa Carmona – Copilco Universidad

Quién: Eloísa Carmona

Dónde vive: Gustavo A. Madero

Qué nos cuenta:

Estaba en el trabajo, en una planta baja, y aún así se sintió horrible.

Tenía los audífonos puestos y sentí el movimiento en la silla, pero a veces el piso vibra cuando las señoras de intendencia pasan con sus carritos, así que puse las manos sobre el escritorio para corroborarlo.

Ni un segundo con las manos ahí y la pared de vidrio que separa la redacción digital del pasillo tembló como gelatina. Ya me había tardado mucho y casi todos iban ya a la mitad del camino, lo más rápido que podían fuera de ahí.

Tomé mi celular, y salí hacia el patiecito de atrás, que me pareció más cercano. Seguro que no son más de 50 pasos, pero fue horrible, porque las oficinas también están delimitadas por paredes de vidrio.

Lo primero que hice fue intentar llamarle a Aldo, pero ya no salió la llamada. Le escribí para saber cómo estaba. Dijo que bien, pero después, con un mensaje muy confuso, dijo que estaba muy mal; en realidad quiso decir que estaba muy asustado. Después me contó que bajó los cuatro pisos descalzo y que pensó que no iba a salir de las escaleras con vida.

El temblor anterior me agarró dormida y la verdad es que ningún otro me había asustado, en serio. Pero este sí. No sé si fue la sensación de estar sola desde el principio: desde que salí, ningún compañero conocido estaba cerca para hacer cualquier comentario que disipara el miedo.

Nos dejaron entrar por nuestras cosas y vi de reojo, en una computadora, un video en el que un edificio se desmoronaba. «Qué chafa que ya están circulando videos viejos, seguro eso ni es de aquí», pensé, en negación. Para mí, después del 85, la Ciudad de México era indestructible, no sé bien por qué.

Salí del trabajo y ya no había transporte para ir a casa. «No sé qué hacer», le dije a Aldo varias veces, y entonces él me dijo que me encontraría a mitad del camino.

Caminé toda la tarde. Por miedo, por la señal intermitente en el celular, por cautela o por distracción, no consulté las redes sociales.

Mi hermana Marce no contestaba mensajes ni llamadas y ya había escuchado que en Condesa, por donde ella trabaja, había daños. Mi hermano dijo que él caminaría hasta su trabajo para buscarla y eso me tranquilizó un poco, aunque no sé cómo me escuchaba mi hermano, porque cada que me mandaba audios me decía «tranquila, hermana, tranquila».

Tuve un nudo en la garganta desde que salí al patiecito, que se desahogó un poco cuando por fin llegué al punto de reunión y abracé a Aldo. Me dio (me da) miedo estar sola y tan lejos de todos. Caminé desde el sur hasta el centro para llegar a abrazar a mi familia, y en el camino vi el edificio de Álvaro Obregón derrumbado.

Nunca en mi vida había sentido miedo real como el de este martes. Para las 4-5 de la tarde, en Condesa (y en casi todas las zonas de derrumbe) ya había muchísima gente organizada y ayudando, y yo apenas me había dado cuenta de la magnitud del temblor.

Ahora, tres días después, siento un nudo en la garganta cada que llego al trabajo por la angustia que me da estar tan lejos.

Aldo se baña con el radio encendido para escuchar la alerta sísmica y a mí se me olvida encenderlo, pero él me asegura que me va a avisar si estoy bañándome y no la escucho.

Nos dormimos sin echar llave para salir más rápido, y el día que llegué del trabajo y lloré sin razón, Aldo me repitió: «aquí estoy, aquí estoy».

A tres días todavía siento miedo y angustia, pero hasta hoy, comencé a sentir un poco de claridad en la cabeza. El miércoles 20 de septiembre cumplí 29 años y ya conocí el miedo de verdad.

¿Dónde estaba?