Susana – UACM San Lorenzo Tezonco

Quién: Susana

Dónde vive: Oriente

¿Qué nos cuenta?

Me encontraba en la UACM San Lorenzo Tezonco, en el tercer piso del edificio A. Una colega nos invitó a impartir cuatro sesiones en su seminario, ésta sería la tercera. C y yo nos preparábamos para impartir la sesión y hacer un ejercicio práctico. Una alumna dice «está temblando», no siento nada. C había salido un momento, así que no puedo mirarla para confirmar, busco la mirada de P, afirma que tiembla. Yo estaba en cuclillas cortando un plástico en el piso, enseguida siento el primer salto que da el edificio luego de aquel movimiento que no sentí. Dejo el plástico tirado y tomo mis cosas, tengo dos bolsas en las manos y no alcanzo las cosas de C, me siento terrible por no sacarlas, la detenemos a la entrada del salón mientras suena la alerta sísmica (siento que jamás podré volver a sentir confianza en eso). Caminamos hacia las escaleras más cercanas, vemos cómo el cubo de las escaleras golpea al edificio principal, ambos son de concreto. El cubo parece gelatina, truena al golpear, vemos algo de material caer entre escaleras y edificio. Volvemos sobre nuestros pasos. Decimos a los alumnos que no bajen. Alguien dice «repliéguense contra el muro». Tomo el brazo de alguien, pienso que es C, luego ella me dirá que no era. Tomo el brazo haciéndonos hacia atrás. Veo el cielo, miro al horizonte y tengo ¿tres? segundos de mente en blanco. Siento el vaivén del edificio. Pienso que ahí hay una gran vista. Era la tercera vez que iba en mi vida, no conocía bien el edificio ni las salidas de emergencia, ni los puntos de reunión, en algún momento lo pensé, pero no en esos segundos, ahora lo recuerdo ahí, pero no fue así. En realidad respiré hondo, miré al horizonte tensamente, cómo extraño el horizonte en la ciudad, nunca puedo verlo ¡Qué vista! El cielo se acerca tanto, suelto algo en mi pecho.

Cuando pasa y todo deja de moverse, siento cómo mi estómago se descomprime. Francamente no sé qué hacer, más que secundar a P en sus acciones con los alumnos, que son mantener la calma y ser la persona responsable. Bajamos. La seguimos al punto de reunión, somos de las últimas en bajar.

Me tiemblan las piernas, pero no digo nada. Hasta que las tres estamos juntas lo confesamos, pensamos que no lo contaríamos. Sentimos algo similar, lo comentamos mientras alguna parte de nuestro cuerpo se siente de hule, pero insistimos en la cordura.

Estamos incomunicados, eso nos pone nerviosas de dicho, seguimos en calma por fuera. Pienso que fue muy fuerte y me pregunto cómo está «la ciudad», eso afuera de la UACM, pienso en mi casa y en mi perra que se ha quedado sola. Los humanos saben qué hacer, saben abrir puertas, algo me dice que todos están bien, pero no sé si mi compañera la ha pasado mal. Desalojan rápido la universidad.

Para volver a casa pasan muchas horas a pesar de que estoy en el oriente, pero accedo a dar una vuelta larga para ir acompañada. Un colega de P nos da un aventón a Taxqueña. Vemos en el camino el piso de una Comex teñido de colores, emana un fuerte olor a solvente, siento que esa imagen la he visto antes. Bardas tiradas, postes. Avenidas cerradas. Por supuesto, la línea 12 del metro no funciona, pienso en el chirrido de sus curvas. Tenemos internet y línea en el teléfono de P intermitentemente, logró avisar en casa que todo bien y ellos bien. Pero no sé nada de mi perra. P y C tienen también esa inquietud, perros solos en casa. Luego de un camino larguísimo y lleno de incertidumbre sobre las cosas en el resto de la ciudad, acompañadas de la voz amarillista de un locutor de radio, el amable colega nos deja en el metro. Vemos el Soriana pero no entendemos qué pasó. Ahí en Taxqueña nos separamos.

Yo me aventuro a llegar en metro a General Anaya, camino a Churubusco y veo que es una gran oportunidad, entre estudiantes de artes y gente que ha llegado desde Mixcoac a pie y ha decidido armarse de valor, pedimos aventones. Una familia maravillosa en una camionetita verde nos da un aventón, somos puras mujeres, una chica me lleva en sus piernas. Esta gente es la mejor, les agradezco tanto. Nos dejan adelante de Prepa 2. Unas calles más adelante nos vamos separando. A pie llego al Foro Sol y me siento cerca. Para entonces la gente había logrado comunicarse conmigo, mi pareja tenía a mi perra. Él me dice que me encuentra en el Velódromo, acepto porque las bolsas ya me pesan. Cuando piso la Ciudad Deportiva tengo ganas de besar el suelo. No lo veo y no quiero parar, sé que si me detengo, me desarmo. Sigo caminando, los veo, veo a mi perra, no sé qué decirle. Él sí sabía, venía diciéndole cosas.

No me detuve hasta hoy. Hoy ya quiero sentarme y contarles esto y decir que me siento conmovida por la generosidad, porque en estos días además de los aventones y la sororidad, he conocido a gente que vino desde otros estados, por pie propio, para ayudar. Confirmé que una puede llamar a las 2:30 am a los amigos para dormir en un sillón y que no importa que vayas con una bola de desconocidos, puedes pasar unas horas ahí. Que las bomberas en día franco, al sentir un temblor así, quieren correr a su estación para reportarse enseguida.

Pero también siento enojo por el nivel de desorganización de las dependencias, por la lucha de egos, por la incapacidad para tomar decisiones. Decían muchos que no estamos preparados, yo dije que no era cierto, luego tuve que reconocer que sí, que no sabemos ni reaccionar y las autoridades no saben qué hacer con tanta ayuda y no nos sale bien la organización, tampoco nos sale bien mantener limpios los sanitarios en las crisis, para mí eso habla mucho de nuestras verdaderas intenciones con el otro. En fin, siento la molestia de ver mucha gente agotada por esforzarse para hacer finalmente poco cuando pudieron haber hecho mucho más. Enojo también con los medios de comunicación y con nuestra propia mala comunicación.

Siento impotencia porque nadie debería morir así. Y también la siento cuando la gente de una zona se resigna porque cree que lo que a ellos les pasa no es tan importante. O cuando otra gente se aprovecha de la tragedia.

Finalmente, sentada aquí, sola, luego de ver a tanta gente por las calles de la ciudad comportándose diferente o muy como siempre, de estar rodeada en estas circunstancias de tanta gente, luego de trayectos tan largos y tan extraños, me ha parecido que han pasado más días. Y hoy siento que esto me sobrepasa. Y sé que faltan más días. No debí detenerme, ahora sí siento algo incontrolable y profundo.

¿Dónde estaba?