Isazkun Díaz – Narvarte

Quién:

Dónde vive:

¿Qué nos cuenta?

Desde hace alrededor de dos meses había tenido en las noches una imagen recurrente. En esta me encontraba parada en una parte alta y bajaba lo que parecían los escalones de una pirámide y de repente comenzaban a caer piedras, se me iba el pie y caía hacia el frente. Unas semanas después tuve una visita de Italia, fuimos a las pirámides de Teotihuacán, subí, bajé y no pasó nada. Creí que era prueba superada, pero no fue así. La sensación todavía seguía ahí una que otra noche. A la semana siguiente ocurrió el terremoto del 7 de septiembre. El combo de emociones en ese momento fue muy mezclado, no ocurrió nada en casa y ayudamos a Chiapas y Oaxaca por medio de amigos oaxaqueños. La sensación no había desaparecido del todo. El martes se perfilaba para ser un día de mucho acelere. Tenía que acabar de armar material para un taller que impartiría el sábado y faltaban muchas cosas. Trabajo en casa, por lo que me encontraba realizando actividades aquí. Estaba en uno de los cuartos cuando de repente sentí que el suelo golpeaba y todo comenzaba a moverse con mucha fuerza. Mi primera reacción fue tirarme junto a la cama, mientras escuchaba como golpeaba uno de los cuadros a la pared, caían objetos, se azotaban puertas, se abrían cajones, crujían las paredes y se escuchaban pequeñas piedras cayendo en el espacio entre edificios. Margarita, la señora que nos ayuda me gritaba que saliéramos del edificio mientras estaba parada junto a la puerta de la entrada. Yo le gritaba que dejara la puerta y se viniera a la recámara a acostarse del otro lado de la cama. Por mi mente asustada y paranoica pasaban todas las posibilidades: ¿debía permanecer estirada o hacerme bolita?, ¿qué sería lo mejor para no morir aplastada? Me recriminaba haber dejado cargando el celular en otro cuarto, porque ¿qué tal que lo necesitaba si quedaba atrapada? El movimiento no paraba; los segundos se hacían eternos; la señora seguía gritando. De repente redujo la fuerza. Me paré, busqué a Margarita y me preguntó si bajábamos. Le dije que todavía no. Intenté hablarle a mi mamá, a mi hermana, a mi abuela. Todo muerto, no había luz, no había teléfono, no había señal de celular, no había internet. Me empecé a desesperar. Comenzaron a sonar ambulancias por todos lados. Me asomé por la ventana, todo parecía estar bien. Después de un rato, le dije que bajáramos a dar la vuelta para tranquilizarnos un poco. Bajamos. En su desesperación, Margarita insistía en que fuéramos a comprar bolillo para el susto, que no comiera nada que tuviera azúcar porque me daría diabetes y que no tomara agua porque no fuera a aguadarse mi sangre. Con el pretexto de comprar bolillo para que estuviera más tranquila, fuimos hacia una panadería a unas cuadras y aprovechar para ver el panorama. Al bajar, toda la gente de la colonia estaba en las calles. Nadie podía comunicarse, nadie sabía a ciencia cierta qué había pasado. Conforme caminábamos, se escuchaban rumores de la zona: que se había caído un edificio en La Morena, que habían colapsado dos pisos en Rebsamen, que Gabriel Mancera en varias zonas era un desastre. Me asusté. Al haber nacido después del ’85, la frase “caída de edificios” no estaban en mi diccionario mental fuera de la paranoia del momento. Reinicié el celular esperando poder abrir Twitter para saber qué había pasado, nada. Margarita estuvo más tranquila al comer su bolillo y me hizo embutirme medio bolillo de golpe sin beber agua “por eso de la aguadez sanguínea”. Sentí el impulso de caminar hacia Rebsamen, pero al llegar a Cuauhtémoc y ver decenas de ambulancias y paramédicos en moto en todas direcciones, me entró el sentimiento de prudencia y mejor volvimos a casa. Lo primero que hice fue arrepentirme por no tener una radio inalámbrica, pero se me ocurrió bajar al coche y prender la radio. Ahí fue cuando empecé a enterarme del caos que imperaba en todos lados. Margarita se fue y me quedé sola. Decidí bajar al lugar donde estaban los vecinos. Por fin comenzaron a entrar de golpe decenas de mensajes después de horas. Todos estaban histéricos: mi mamá, mi hermana, mi abuela, varios amigos. Había caído un edificio en Petén – yo vivo en esa calle- pero no había sido en nuestra zona, fue mucho más al sur. Intenté contestar mensajes, no salían. Fueron cuatro horas de estar incomunicada, con el estrés de no poder decirle a mis seres queridos que estaba bien, que este edificio no había colapsado y que no se preocuparan. Pasaban las horas, mi mamá y mi hermana no llegaban aunque ya había podido mandar un mensaje informándoles que estaba bien. Después de 5 horas llegaron y vimos los pocos daños que ocurrieron alrededor de nuestra cuadra. Cada vez que anunciaban otro edificio caído se me hacía un nudo en la garganta; quería llorar pero no podía. Miércoles y jueves alimentamos voluntarios, formamos parte de cadenas humanas para mover agua y la clasificación de medicamentos. Hice corajes al encontrarme con decenas de medicamentos caducos. La ayuda no paraba de llegar. Se comenzaba a mandar camiones a otros estados. El jueves nos enteramos de primera mano que había una conocida atrapada en el edificio de Rebsamen. Logramos contactar a gente que conocía a la señora y nos informaron qué necesitaban. Pedían herramienta de cierto tipo para el rescate, por suerte pudimos conseguir varias cosas. Seguimos en centros de acopio para trasladar víveres a automóviles. Miles de personas en todos lados, de todas las edades, de todos los niveles socio económicos, en todas las condiciones incluso de salud. Solidaridad pura. Al movernos de una locación a otra caminando, fue horrible ver muchos edificios extremadamente dañados, ya desalojados pero a nada de caerse. Esos edificios pronto no estarán más. No puedo evitar sentir un vacío en el corazón al saber que son lugares que, aunque a lo mejor no tengo registrados con exactitud en mi memoria en las cientos de veces que he pasado por esas calles, ya no estarán. Siempre sentiré que falta algo. Siempre extrañaré a esas personas que seguramente me crucé con ellas más de una vez por la calle. Nada será lo mismo en mi bella Narvarte. Y realmente espero que esa sensación de caer entre piedras desaparezca de una vez por todas.

¿Dónde estaba?