Gerardo Farrell – Coyoacán Centro

Quién: Gerardo Farrell

Dónde vive: Coyoacán

¿Qué nos cuenta?

Justamente acababa de llegar a mi casa. Estábamos mi papá y yo esperando a mi tía para comer. Siempre ella llega a las 4, así que pensaba en echarme una pequeña siesta. Justo a la 1:13, oí que tronaba la ventana de mi casa y que se movía. Pensé que era un camión de carga que suelen pasar por enfrente de mi casa pero empezó a durar mas, y a sentirse mas fuerte. La que limpia mi casa, Martha, empezó a gritar: «¡ESTÁ TEMBLANDO!» Mi papá bajó las escaleras, salimos de mi casa y por un segundo todo lo vi como si fuera un video desde un celular. Todo se movía de un lado al otro, todo crujía. Oíamos como se caían cosas y no sabíamos si eran muebles o las fotos familiares o incluso el Cristo que era de mi abuela. Todo se movía y me parecía eterno. Cuando cesó el sismo, entré a mi casa y empecé a acomodar las cosas un autómata. La verdad estaba en shock. No sabía toda la destrucción que había causado o la situación de mi hermano y mis tías-abuelas de 87 años, pero suponía la gran cantidad de daños y también suponía lo peor para mis familiares. Ya se que sueno muy pesimista, pero en esos momentos el pesimismo me daba una tranquilidad peligrosa. Martha en ese momento entró en pánico, ya que su hijo se encontraba en la escuela y no tenía idea que le había pasado, así que entró por sus llaves y salió de mi casa con solo una preocupación. Después de un rato, mi papá entró y sacó un radio de pilas con el que escuchaba las noticias. Lo encendió y sintonizó W FM. El programa que estaba, el de Fernanda familiar, entró en shock al igual que toda la ciudad en esos momentos. No sabían a ciencias ciertas la magnitud del sismo, no sabían si la información que les llegaba era de fiar así que no la podían difundir con facilidad. Todo era un caos, al igual que en esa mañana el 19 de septiembre. Pero esta vez no tuvimos la risa nerviosa de Lourdes Guerrero, ni la increíble narración de Jacobo Zabludovsky, ni los emblemáticos hoteles Regis y Del Prado derrumbado y dañado respectivamente. En esta ocasión el presidente no se quedó petrificado en Los Pinos y el ejército no actuó dos días después. Esta vez todo fue diferente para los mexicanos. Pasé esa tarde tratando de comunicarme con mis familiares y amigos, pero no había internet porque se fue la luz, así que les intenté llamar, líneas saturadas. Después de unas horas volvió la luz y así, la manera de comunicarme con mis tías y hermano. Estaban bien. Mis tías les tocó en el estacionamiento del Walmart de Miguel Angel de Quevedo, pero a mi hermano le tocó en Polanco y vio, justo frente a sus ojos, como un edificio se derrumbaba frente a él. A la mañana siguiente se fue a su trabajo, a reportar e informar a la gente. Esa noche me quedé pasmado al techo de mi cuarto y empecé a llorar sin razón, mientras que en la tele salían las imágenes de todos los edificios dañados. Como había dicho, todo era distinto. El ejército y marina entraron en acción al instante, la sociedad civil se volcó a las calles a ayudar y en esta ocasión tenemos las redes sociales para enviar la información sobre los diversos edificios dañados o caídos, y sobre los diversos centros de acopio. El México solidario del 85 renace, al mismo tiempo que la gente enterrada en los escombros lo hace al momento de que son sacados por gente que arriesga su vida en meterse en los lugares más recónditos de los edificios totalmente destruidos por un sismo que no nos dio cuartel, pero si esperanza.

¿Dónde estaba?