Eugenia Salas – Narvarte / Poniente

Quién: Eugenia Salas

Dónde vive: Narvarte / Del Valle

¿Qué nos cuenta?

Esa mañana me aseguré de avisarles a mis hijos (10 y 4 años) que a las 11 de la mañana sonaría la alerta sísmica y habría simulacro, que no se asustaran. Se conmemoraba el 32 aniversario del mítico terremoto del 85. En particular me preocupaba mi hija mayor, pues después del temblor de 8.4 (dos semanas antes) había estado con mucho miedo y soñando que temblaba muy fuerte, temía perder sus juguetes, sus peluches y libros. Pasaba del medio día y buscaba concentrarme para trabajar en un informe que debía entregar esa tarde, pero me sentía muy conmovida por el alarmante número de mujeres asesinadas, me sentía muy vulnerable, sensible e impotente, así que decidí salir de mi departamento e irme a trabajar al “café de siempre”. Preparaba mi mochila, justo había metido laptop y celular, cuando sentí una gran sacudida, volteé la mirada hacia atrás y recuerdo ver todo borroso, escuchar crujidos… Aún con la mano en la mochila, la tomé y corrí a la puerta, tomé las llaves y salí del departamento, por fortuna en primer piso. Ya en el pasillo me topé con los vecinos de enfrente, tratando de bajar por las escaleras, nos costó mucho trabajo bajarlas, se sentía un movimiento pendular, apenas podía apoyarme en el barandal, al dirigirme a la puerta principal, trozos de mármol se desprendían y caían de las paredes. Dentro de mí pensaba “esto es real, esto está sucediendo, necesito salir de aquí…” Sentía que el edificio caería… Llego a la puerta y mi vecina intentaba abrirla, no podía por el movimiento, se le caen las llaves… Era como estar atrapada en un espiral invisible. Nuestros cuerpos eran jalados de un lado a otro… Por fin logré hacer coincidir llave y cerrojo, y salimos a la calle. La gente comenzaba a ocupar la avenida Gabriel Mancera, rostros blancos, gritos, polvo y trozos de yeso desprendidos de nuestros hogares, nuestros techos, de los muros entre los que nos sentimos acobijados. Mi pensamiento inmediato fueron mis hijos, mi hija mayor, su miedo a otro temblor… La imaginé llorando, asustadísima… Y también temía lo peor, la escuela de mis hijos está en la colonia Roma… Estaba a punto de hiperventilar, sólo podía decir con voz entrecortada “Mis hijos, mis hijos…” Lloraba, todos llorábamos, mi vecina y yo nos abrazamos, nos decimos incrédulas “justo este día”. La historia se repite, la Tierra eligió sacudir a México nuevamente un 19 de septiembre, pero esta vez no soy una niña de 4 años, esta vez soy una mujer de 36. Otra vecina, en toalla, está en shock, intento calmarla, sólo atino a decirle “Estamos bien, estamos bien”, cuando lo que más me urgía era correr a la Roma. Unos minutos después del temblor, la acompaño a su departamento para buscar su celular y entro al mío. Descubro el caos en mi hogar, libros en el piso, cuadros caídos de la pared tanguera, puertas de alacena abiertas… Recuerdo que en la pesadilla de mi hija ella temía perder sus peluches consentidos, aún muy nerviosa voy corriendo a su recámara y guardo en la mochila los peluches favoritos de mis hijos, sabía que serían útiles para devolverles calma a lo que se venía… No veo a mis gatitas, pero no puedo perder más tiempo en el departamento. Salgo del edificio, siguen mis vecinos en la calle, yo no dejo de decir “Mis hijos, mis hijos…”. Camino todo Gabriel Mancera, de prisa, con la boca seca y los ojos húmedos, con el corazón acelerado. Para cruzar Xola, dos hombres buscan contenerme, “¿Estás bien?” No puedo responderles, sólo sigo repitiendo “Mis hijos están en la Roma”… Tengo una crisis nerviosa, quiero correr pero los autos están avanzando, me advierten que cruce la calle pues hay fuga de gas y en la esquina está la gasolinera. Cruzo y sigo por Gabriel, intentando inútilmente hacer llamadas, enviar mensajes… Las calles llenas de gente… Por fin comienzan a llegar mensajes por Whatsapp, se que mi esposo se encuentra bien, y mis papás y hermanas también. En los chats de la escuela todos preguntan por los niños, aún no sabemos nada. Al cruzar viaducto por Monterrey, descubro una espeluznante imagen… un espectacular reposa inclinado sobre una montaña de escombro. No lo puedo creer, mi corazón y respiración se aceleran aún más, “Esto es real, esto está pasando…” Pienso en la gente pidiendo auxilio debajo de esa montaña, en su desesperación, en su dolor. Pero también oigo voces gritando “1, 2, 3!!!!” No alcanzo a ver, pero sé que ya hay gente ayudando a rescatarlos. Me quedo unos segundos paralizada ante la escena, una mujer me toma de los hombros y llena de calma me dice “Vamos a estar bien”, nos abrazamos… Y seguimos nuestro camino sobre Monterrey. Por fin llega un mensaje avisando que todo está bien en la escuela de mis hijos, siento por fin una gran luz en mi corazón, aunque sigo andando de prisa y afligida, sé que mis hijos están a salvo. El olor a gas no cesa, siento que en cualquier momento habrá una explosión, toda la ciudad huele a gas. Para cruzar Baja California me encuentro de nuevo con la mujer de la mirada calma, nos preguntamos por nuestra familia, sus hijos están bien, ambas vamos en búsqueda de nuestros hijos, cruzamos Baja California tomadas del brazo como dos hermanas. Sigo avanzando lo más rápido que puedo, pero cada vez con más precaución, trozos de cemento y vidrios rotos decoran ahora las banquetas. Y ese olor a gas… Por fin estoy cerca de la escuela de mis hijos, en el camino me voy encontrando con otras mamás y papás ya de la mano de sus hijos, ojos rojos, apretones de brazos, “todos están bien” es el mensaje común. Llego a la puerta y pocos segundos después aparecen mis hijos, nos abrazamos, mi hija llora desesperadamente, los beso y busco darles calma, “estamos bien, estamos bien”, les doy sus peluchitos, ellos los abrazan.. Pocos minutos después llega su abuela también, emprendemos el viaje de vuelta a la colonia del Valle, vamos escuchando rumores de algunos edificios caídos en la Roma, en el Centro… En San Luis Potosí vemos una gran nube de polvo, la gente corre, y el olor a gas permanece. En el camino escucho a mis hijos, su vivencia del terremoto, los abrazo muy fuerte, mi hija llora y mi hijo duerme en mis brazos. La tarde pasa con angustia, escuchando las noticias, con la intermitente señal en el celular y poca batería. Mi pareja por fin llega, nos abrazamos y escuchamos. Me siento más tranquila pero inquieta, necesito ponerme en acción, salir a ayudar. Decidimos salir a llevar agua y materiales de curación a las zonas de derrumbes en nuestra colonia, dejar a nuestros hijos un rato con sus abuelos y pasar a ver nuestro departamento. La noche es muy oscura, calles sin luz pero mucha gente buscando ayudar. Encontramos farmacias con desabasto o con grandes filas y supermercados que decidieron cerrar más temprano de lo habitual (cuando más se les necesitaba). Es impresionante la respuesta de la comunidad, brigadas organizadas recibiendo insumos de esperanza. Los dos días siguientes busco ayudar de las formas que me son posibles, mi vocación de psicóloga me llama a contener las vivencias, los miedos, los traumas. En mis intentos de ayuda aprendo que sumarse a una red es más efectivo, hay muchos rumores y falsas alarmas que empiezan a desmotivar las ayudas. Camino por las calles de mi colonia, muchos edificios se derrumbaron después del terremoto, muchos otros están en riesgo. Duele ver a gente con su hogar empacado en bolsas de plástico, algunos arrastrando maletas, duele ver edificios acordonados porque ya no son habitables, duele mucho saber que amigos se quedaron sin hogar, duele mucho saber que sigue gente atrapada en las ruinas de lo que antes eran sus hogares y trabajos, duele saber que hay cuerpos que tal vez nunca serán encontrados o reconocidos. Camino por las calles para reconocer la nueva realidad de mi colonia, camino por las calles con lágrimas en los ojos y ambulancias alrededor. Esta tarde me siento a punto de colapsar también, esta tarde siento la profundidad de las grietas que este terremoto ha dejado en nuestro corazón, en nuestra ciudad, en nuestras comunidades. Comienzo a escribir este relato durante la tercera noche después del terremoto. Descubro que la resonancia de los ruidos que vienen de la calle son ahora más agudos. No sólo han cambiado las calles, los muros y edificios, también la ciudad se escucha diferente. Tengo insomnio, los ruidos del edificio me asustan y me siento mareada, muy mareada. A pocas horas del amanecer del 22 de septiembre busco aligerar la carga que siento en mi pecho, dándole palabra a mi vivencia y sentir. El viernes será un día intenso, de más apoyo y contención emocional a la comunidad. Termino mi relato con más calma, las motos y camiones con rescatistas siguen pasando de vez en cuando sobre Gabriel Mancera. A pocas calles de mi hogar, sobre Morena hay brigadas trabajando, hay mucho dolor pero también esperanza. Oigo la respiración de mis hijos y pareja mientras duermen en sus camas. Somos muy afortunados.

¿Dónde vive?