Elena Zermeño – Guadalupe Inn

Quién: Elena Zermeño

Dónde vive: Altillo, Coyoacán

Qué nos cuenta:

Vivo en la delegación Coyoacán y trabajo sólo a unas cuadras en Plaza Inn como asistente de una doctora. Por la mañana, durante el simulacro, nos enseñaron las rutas de teníamos que tomar para salir lo más rápido posible del edificio, eran unas escaleras medio escondidas sobre un balcón que yo jamás había visto y de momento sólo me pareció curioso, pero definitivamente más rápido que dar toda la vuelta por adentro de la plaza. Pasado el simulacro le dije a mi mamá, quien también trabaja para la doctora pero como administradora, «Voy a empezar a dejar las llaves del consultorio aquí en vez de en mi mochila, si un día tiembla es más fácil que las tome del escritorio a que tome mi mochila dentro del cajón.» Bueno, quién lo diría.

Pasaron las horas, no había nada que hacer, la paciente de la una ya había entrado a consulta y en eso siento el jalón de la silla pero hacia abajo. Mi mamá dice que ella igual sintió como le movieron su silla de atrás hacia adelante, hasta pensó que era yo molestándola (como de costumbre) pero cuando volteó yo ya me había parado de mi asiento y hago lo de siempre cuando siento que está temblando… «¡¡¡¡ESTÁ TEMBLANDO!!!!»

Soy relativamente nueva en mi trabajo, aún no conozco mucho de los ‘protocolos’ que siguen en el micro consultorio así que le pregunté a mi mamá, «¿Le diré a la doctora o nos esperamos?» En perspectiva fue una pregunta estúpida pero sin saber a que magnitud iba a llegar el sismo, me preguntaba si era prudente interrumpir la consulta. Mi mamá no supo que contestar, pensé que el ligero movimiento que hizo con la cabeza significaba: ‘No, ya sabes que no debes interrumpir a la doctora una vez que entra con el paciente’, bueno, no fue hasta mucho después me enteré que en realidad nunca me escuchó, mi madre estaba completamente en shock. En ese momento sentimos un segundo jalón que casi nos tira al piso, dejé de esperar una respuesta y rápido me dirigí hacia la oficina de la doctora. Todavía toqué la puerta, jajaja, sólo para abrirla de todos modos. Cuando me asomé, la doctora seguía sentada detrás de su escritorio y la paciente atada al escaner como si no pasara nada. Les dije lo que ya era obvio, «¡Está temblando!» y me salí del corriendo sin pensar. Asumí que mi mamá ya estaba lista —ella estaba parada en la puerta, esperando a que yo saliera— y que iba detrás de mí todo el tiempo mientras yo corría por el pasillo, dirigiéndome por la misma ruta que nos habían enseñado ese mismo día.

Fue todo tan su real, medio alcancé a ver de reojo como TODAS las puertas de vidrio de los otros consultorios se doblaban de adentro hacia afuera como una radiografía, pensé que en cualquier momento estallarían y no quería estar ahí para verlo. Una vez en el balcón, volteé por un segundo hacia abajo, hacía Insurgentes, el polvo salía del piso y los anuncios de los restaurantes se agitaban como si fueran de goma, sin mencionar que había mucho polvo y tierra cayendo del cielo, por un momento creí que el edificio se venía abajo. Así como había gente medio tranquila, había otras muy histéricas, de hecho, la señora que venía a lado mio se desesperó cuando vio que aún faltaba mucho para las escaleras de hasta el fondo, rápido le dije que había otras escaleras y sin que le terminara de explicar, ella corrió por esos peldaños hacia abajo con una velocidad de gacela y sin importar el largo de sus tacones.

No fue hasta que ya estaba afuera del edificio que me di cuenta que mi mamá ya no estaba conmigo, mucho menos la doctora y la paciente, no supe en que momento nos separamos pero ya no podía regresar a buscarlas, obvio las autoridades de la plaza restringían el paso. Me pareció eterno mientras me asomaba a ver si por ahí venía mi madre, o la doctora, o alguien conocido en general mas no me moví del lugar que nos habían asignado durante el simulacro.

Lo bueno es que mi mamá tuvo la misma idea. Quien sabe cuanto tiempo pasó hasta que por fin la vi, y con ella, una señora de la tercera edad que apenas podía caminar. Mi mamá me explicó mucho después que, cuando estábamos saliendo del consultorio, vio como un adulto joven empujó a la viejita y le gritó: «¡Entonces ahí te quedas!» y él se echó a correr, maldito. Mi mamá no pudo dejar a la pobre señora estupefacta a su suerte junto a todas esas puertas de vidrio, rápido la jaló de los hombros y se la llevó con ella a paso veloz. Dice que la señora se paraba a cada rato, diciendo «¿Y si no salimos?» pero mi mamá la siguió sujetando hasta que bajaron las escaleras del balcón. Poco después llegó otro señor, igual de la tercera edad, que se reencontró con la viejita y los dos se fueron juntos.

Hasta mucho, mucho después nos encontró entre la multitud la doctora junto con la paciente, aun atada con los brazaletes y cables; tengo que admitir que me dio mucha risa, ahí estaba la doctora quitándole los brazaletes a plena calle, fue un buen y divertido momento de alivio. Aparentemente ambas pretendían quedarse dentro del consultorio hasta que el sismo pasara pero al sentir como el piso las traía de un lado a otro, no escatimaron en tiempo, ni maneras, de salir de ahi, aunque fuera con todo y cables.

Creo que el peor momento en realidad es escuchar todos los rumores en la calle de gente que sí traía sus teléfonos, ah, por que, para esto, olvidé por completo mis llaves, mi celular, mi mochila, absolutamente todo, disque había hecho más fácil el acceso a mis cosas pero en el momento ni me acordé de ellas, y no sólo yo pero también mi mamá y la doctora, estábamos en la calle, sin celulares y con el local cerrado por afuera. En fin, en lo que esperas, vas escuchando, «¡Este y este lugar se cayeron!» y sólo te vas haciendo de ideas pero por horas no hay manera de saber a ciencia cierta. Ya que la plaza resistió más que bien y no había tanto caos en esa parte de Insurgentes, jamás me imaginé la verdadera magnitud del problema. Pensé en mi papá que trabaja en el séptimo piso de un edificio en el centro y en mi tía que trabaja por Xola, otro lugar donde bien se sabe que los temblores son experiencias horribles; digo, hasta pensé en mi perro que estaba sólita en casa y con el ‘cono de la vergüenza’ atado al cuello.

Tengo suerte de trabajar tan cerca de mi casa, diario voy y regreso caminando pero esta vez fue muy diferente. El ambiente en la calle fue algo que jamás en mi vida había visto antes, como una neblina de confusión, ansia y tristeza. Los daños por esta zona fueron mínimos, sólo pintura resquebrajada pero no ayuda al susto, de primera instancia parecía una zona de guerra. Mi papá caminó cuatro horas desde el centro y cuando mi tía llegó a la casa aún seguía muy espantada. Ambos nos dijeron que pensaron más de una vez que no la libraban.

No saben que afortunada fui en realidad, a nuestro departamento no le pasó absolutamente nada, los vecinos dicen que crujió un poco al estremecerse pero ni una sólo grieta, ni muebles fuera de su lugar, ni pintura descarapelada. Gozamos de luz, agua, internet y demás y todos están sanos y salvos.

Es curioso… hace unos días me preocupaban tantas cosas que ahora me parecen tan trivales. Yo no sufrí nada comparado con muchas otras personas, pero definitivamente es algo que me cambió la vida.

¿Dónde estaba?